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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 30

CAPÍTULO 30. La primera vez

Nadie hablaba con ella, los médicos pasaban por el pequeño cuarto y revisaban sus constantes, le hacían preguntas sobre cosas que debía recordar o si sentía algún dolor, pero lo único que sentía era dolor de cabeza por un golpe que se había dado a un costado de la frente y dolor en aquel tobillo que se había fracturado.

Así que los siguientes dos días Lynett los pasó en una nebulosa de analgésicos y de cansancio, y en completa soledad. Elijah ni se había molestado en ir a verla, y de su madre no sabía, aunque si era honesta tampoco quería saber.

Aquel sentimiento de desamparo se hacía cada vez mayor hasta que una de las enfermeras se acercó a ella para decirle que ya podían darle el alta.

—Su esposo la está esperando afuera. Ya le entregamos todos los medicamentos que debe tomarse —le dijo ayudándola a acomodarse en una silla de ruedas para empujarla afuera—. Intente por favor no hacer ningún esfuerzo con ese pie, no apoyarlo en absoluto. Su lesión es muy delicada y ya que no podemos hacer nada más…

Lynett frunció el ceño porque no entendía lo que aquello significaba, pero estaba demasiado aturdida como para preguntar, así que solo se dejó llevar hasta el estacionamiento, donde la Elijah la estaba esperando en una de camioneta.

No le escuchó ni una palabra, ni un sonido, solo pudo percibir aquella mirada gélida sobre ella que le causó un escalofrío.

Si era honesta, Lynett no había esperado nada de él solo porque se hubieran acostado, pero tampoco le veía el motivo a aquella mirada de odio.

Respiró pesadamente y cerró los ojos mientras el atardecer pegaba sobre el cristal de auto, y Lynett frunció el ceño cuando vio que fuera de la casa había unos cuantos periodistas.

Elijah la sacó con el mayor cuidado, pero apenas la puerta de la casa se cerró detrás de ellos, soltó su silla de ruedas en medio del salón y se largó, dejándola allí sin comprender nada y obviamente sin ningún ánimo de ayudar.

—¿Elijah? ¡Elijah! —Lynett lo llamó cuando se dio cuenta de que no tenía a dónde ir.

Su habitación estaba en el segundo piso, como todas. En el primero solo estaban los salones de uso común y el despacho, así que no tenía forma de llegar hasta su pequeña cama.

—¡Elijah! —lo llamó, pero muy pronto se dio cuenta de que se le podía caer la lengua y él no llegaría jamás a ayudarla.

Lynett contuvo las lágrimas mientras se acercaba a la encimera y tomaba un analgésico, pero tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse de la silla sobre su pierna sana, porque no alcanzaba literalmente a ningún lugar, ni a la nevera y mucho menos al grifo de la cocina.

Estaba tan cansada y el cuerpo le dolía tanto que no alcanzó más que a llegar al sofá y dejarse caer en él con una manta, porque no tenía fuerzas para hacer nada de comer, y el pie le dolía tanto que a veces solo quería que alguien se lo quitara.

Pasó la noche en un desvelo atormentado y lleno de dolor, pero al día siguiente solo la despertó el portazo de Elijah largándose y el sonido del motor de su auto.

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