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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 3

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 3. Una señal de Diosito

—Sebastian… ¡te llamas Sebastián, príncipe! ¿No te acuerdas? —exclamó Michelle adelantándose con preocupación, porque no podía ni imaginar lo terrible que debía ser despertar en la cama de un hospital sin conocer a nadie, sin recordar nada, ni siquiera su propio nombre.

Sin embargo aquel gesto desesperado fue malinterpretado por el doctor, que de inmediato pidió que la sacaran y la tranquilizaran.

—Por favor, señora, todo estará bien —le dijo una enfermera con voz afable—. Estas heridas en la cabeza dejan secuelas muy complicadas, y sé que es difícil que alguien a quien usted ama no la recuerde, pero… hay posibilidades de que se recupere… tal vez…

—¿Tal vez? —la increpó Michelle azorada.

—Bueno… —La enfermera se rascó el cuello con gesto nervioso, pero no podía mentirle—. La verdad es que algunos pacientes con este tipo de traumatismo no se recuperan.

Michelle se llevó las dos manos a la cabeza y se sentó donde la enfermera le indicaba, con aquel café que le había puesto en las manos. No tenía idea de por qué la idea de irse y dejarlo allí la hacía sentir tan culpable, quizás por el hecho de que él no tuviera a nadie más.

—Bueno Michellita, ya lo decretamos, que no haríamos nada más que nos hiciera sentir mal, y si lo que nos hace sentir bien es quedarnos, pues nos quedamos. ¿Nos quedamos? ¡Nos quedamos! —sentenció hablándose y respondiéndose a sí misma, al punto de que las enfermeras la miraron preguntándose si ella no tendría alguna contusión en la cabeza de la que nos les había hablado.

Finalmente media hora después el médico a cargo salió con expresión de profunda tristeza.

—Lo siento mucho, señora Dalton, pero es un hecho, su esposo tiene una amnesia retrógrada global, causada por el traumatismo craneoencefálico moderado que sufrió, y que puede haberle afectado el hipocampo. Esencialmente lesiones en su lóbulo temporal —le explicó.

—Perfecto, ahora dígamelo en cristiano —siseó Michelle.

—Que no se acuerda de nada —suspiró el médico.

—¿De nada de nada?

—De nada. Cero. Niente. Nothing...

—¡Vale vale, ya entendí! Que está en blanco —suspiró Michelle.

—No tiene ningún recuerdo de su nombre, ni de quién es, ni de dónde nació… La verdad es que si usted no hubiera estado con él en el momento del ataque, ahora mismo ese pobre hombre estaría solo en el mundo y sin tener ni la más mínima idea de quién es o cómo se llama —sentenció el médico con dramatismo controlado, uno que perdería muy pronto cuando despegó los labios otra vez—. Y sé que es una situación más que difícil, señora Dalton, pero tampoco puede recordarla a usted, ni su historia, ni su boda. No recordará que usted es su amada esposa ni…

—¡No, no, si tampoco es que haya tanto para rec…! —empezó a decir Michelle pero de repente se cortó, y la idea que pasó por su cabeza le aflojó las rodillas.

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