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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 29

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 29. ¡Me lo quedo!

Michelle sentía un nudo en el estómago difícil de describir, incluso para ella que tenía un lenguaje tan… pintoresco. Sabía lo que aquello significaba, que le dirían la verdad a Sebastian y se lo llevarían, que él la acusaría de no decirle la verdad y que todas esas semanas se convertirían en… ni siquiera lo sabía.

—Mi desorden mental es la rebeldía, señor Vanderwood —suspiró finalmente acariciándose los muslos con un gesto repetitivo y nervioso—. Venía escapándome de una boda cuando encontré al príncipe. Mi padre quería casarme con un viejo con el que pretende hacer negocios, así que me escapé y vine a pedir la protección de mi abuela… pero cuando supe que Sebastian no se acordaba de nadie pensé… pensé que si llegaba casada, ella me defendería más, y así mi padre no podría obligarme a que me casara con el adefesio, viejo verde, panzón cervecero, asalta cunas…

Rufus apretó los labios porque sabía que estaba mal reírse, pero de verdad que aquella chica era todo un personaje.

—Voy capando tu lógica —murmuró Rufus—. Entonces ¿no están casados en serio?

La vio negar y mostrarle el anillo de bodas que llevaba.

—Esto es lo más oficial que hay entre nosotros, pero él no lo sabe. De verdad cree ahora que es mi esposo —contestó Michelle—. Yo… imaginé que tenía alguna familia así que le pedí a una amiga que investigara, pero ella no encontró nada. Sé que debí ir a la policía pero… ¡maldición, no quise! ¡Fue egoísta, ya lo sé! ¡Pero mírelo como unas vacaciones terapéuticas! ¡Aquí se estaba curando de la paliza en lo que encontraba a su familia o se acordaba de algo!

Max despegó los labios y Ranger le torció los ojos porque ya se imaginaba que iba a preguntarle a Michelle si ofrecía más vacaciones de esas.

—¿Y se está curando bien? —preguntó Ranger preocupado—. ¿Lo está viendo un doctor?

—No, lo ve el veterinario de la finca cuando viene, porque ya ves que él entra en la categoría de semental… ¡Pero claro que lo está viendo un doctor, ¿qué clase de pregunta es esa?! ¡¿Qué te crees que no le puedo conseguir a mi príncipe el mejor…?! —Michelle se interrumpió con un puchero y pareció encogerse sobre sí misma—. Lo siento. Otra vez me olvidé.

Rufus y Ranger se miraron con curiosidad, parecía que ella olvidaba más seguido de la cuenta que Sebastian no era de verdad algo suyo.

—Miren, ya sé que tienen que decirle la verdad, pero quiero que sepan que no lo traje aquí con mala intención, solo lo cuidé y… —de repente aquella duda que ella misma se había encargado de mantener controlada salió a flote—, y no creí que estuviera esperándolo una familia con… ya saben, con una esposa e hijos, porque no tenía un anillo. ¿Él… él tiene a alguien? —balbuceó con la voz entrecortada y Ranger dejó escapar un suspiro de resignación.

—De hecho…

—¡No! ¡A nadie! —exclamó Rufus levantándose y Ranger trató con todas sus fuerzas de disimular lo mucho que le sorprendía que el señor Vanderwood asegurara aquello—. Sebastian es libre como el viento, no tiene a nadie.

Ella se puso de pie también, pero antes de que pudiera decir algo, vio que Merci le daba la vuelta a uno de los setos del jardín, buscándola.

—¡Pero niña, qué forma la tuya de entretenerte con todo! —la regañó Merci llegando junto a ellos—. ¡La exhibición ya va a empezar y tu marido no quiere empezar sin ti! ¡Algo sobre un beso de la suerte o algo! ¡Vamos, vamos todos! ¡El evento ya va a comenzar! —los invitó a todos con emoción, no sin antes por supuesto, hacerle un guiño coqueto al señor Rufus, que carraspeó caminando detrás de ellas.

Michelle apretó los labios, pero aunque sus ojos se humedecieron involuntariamente, sabía que no tenía derecho a inmiscuirse en lo que estaba a punto de pasar.

Caminó aprisa hasta el ruedo y se subió en uno de los travesaños para alcanzar los labios de Sebastian con un beso dulce y terriblemente lleno de sinceridad.

—Te quiero mucho, príncipe —le dijo intentando que la voz no le temblara—. Ahora sal ahí y hazme sentir orgullosa —susurró y fue a sentarse junto a la abuela, porque sabía que era la última vez que iba a disfrutar de ver a aquel hombre sonreírle.

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