CAPÍTULO 28. Una operación riesgosa
Elijah sintió que su corazón se detenía a la par del de Lynett. Los segundos fueron angustiosos mientras rezaba para sentir su pulso, y solo escuchó los gritos de McGregor llamándola tras él hasta que sintió aquel latido opaco contra sus dedos.
—¡Está viva! —gritó apresurado—. ¡Está viva, hay que sacarla de aquí!
Se inclinó hacia adelante, metiendo medio cuerpo en el auto y tratando de quitarle el cinturón de seguridad, pero apenas intentó tirar de ella se dio cuenta de que, de alguna forma, estaba atrapada.
—No puedo sacarla… ¡McGregor, no puedo sacarla!
Elijah no lo veía, pero alrededor de ellos ya los bomberos estaban lanzando enormes pedazos de plástico ligero sobre la mezcla para poder llegar al auto sin hundirse.
—¡Lynett! ¡Lynett despierta, oye…! ¡Oye chiquilla, despierta! —la llamó golpeando suavemente su mejilla, y durante un segundo, uno solo, la vio abrir los ojos, con la mirada perdida, y enfocarla en él.
—E… ¿Elijah? —susurró con un tono hueco de incredulidad, justo antes de perder el resto de la fuerza, y él ya no pudo hacerla reaccionar de nuevo.
—¡Sí, soy yo, chiquilla, abre los ojos! ¡Oye, no te duermas! ¡Lynett! —gritó con impotencia, pero otra vez se alzó tras él.
—¡Sal de ahí, Vanderwood! ¡Los bomberos están aquí! ¡Deja que ellos la saquen!
—¡No…!
Pero si Elijah quería o no, nadie el preguntó. Un instante después sintió el tirón de la polea, levantándolo, mientras tres bomberos comenzaban a trabajar con sus equipos sobre el metal del coche.
Diez agónicos minutos pasaron hasta que por fin pudieron liberarla, y Elijah solo escuchó los gritos de los paramédicos mientras la inmovilizaban en aquella camilla. Pero lo peor de todo quizás fue ver el rastro de sangre que iba dejando tras ella.
—¡Llevamos una fractura expuesta, en mal estado! —anunciaba un paramédico en su comunicación con el hospital más cercano—. Controlamos la pérdida de sangre con plasma, signos vitales débiles. Tengan listo un equipo.
Y para cuando Elijah logró soltarse del maldito arnés, ya aquella ambulancia estaba avanzando a toda velocidad lejos del sitio de obras.
—Te sugiero que no dejes que la mezcla se seque —siseó Elijah mirando a Kenneth—. Porque si algo le pasa, más vale que tengas un hueco como este en el que enterrarte tú mismo.
Le dio la espalda y se subió al auto de Sebastian, que ya lo estaba esperando.
—¿Qué diablos haces? ¡Tenemos que ir al hospital! —gruñó Elijah cuando lo vio desviarse un par de calles.
—¿Y crees que te van a dejar entrar así? —espetó Sebastian estacionando apresurado frente a un pequeño hotel cerca del hospital—. Estás destilando mezcla, idiota. ¡Ve a bañarte, apúrate, voy a buscarte algo de ropa!
Sebastian era rápido y efectivo, pero no más que Elijah. Mientras se bañaba a toda prisa se dio cuenta de que la mezcla le había hecho quemaduras ligeras en la piel, pero nada de eso le importaba. Salió de la ducha cinco minutos después y se vistió sin mirar mucho lo que su hermano le había llevado.

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