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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 26

CAPÍTULO 26. ¡¿Dónde está Lynett?!

Nadie iba a verlas. Nadie iba a ver jamás aquellas lágrimas simplemente porque Lynett no las derramó. La cabeza le dolía horriblemente cuando abrió los ojos, y debía reconocer que era la parte de su cuerpo que menos dolía.

Sentía como si una planadora hubiera pasado sobre su vientre, apenas sentía las piernas y por más despacio que respirara su corazón parecía el motor de un coche de Fórmula 1.

Alrededor de su cuerpo estaba un brazo de Elijah. En algún momento él los había cubierto a los dos con una manta, pero Lynett no sabía cuándo. El cuerpo de aquel hombre estaba pegado a su espalda, con el aliento delineando suavemente la curva de su cuello, y la muchacha agradeció que estuviera lo suficientemente cansado como para no notar que ella se levantaba.

Miró por todos lados buscando su vestido o mejor dicho: lo que quedaba de su vestido, pero no pudo encontrarlo, así que solo alcanzó la camisa de Elijah y se vistió en silencio, saliendo de allí, no sin antes llevarse la nota que había escrito para sí misma: “No le preguntes qué te hizo. Tú quisiste. Lynett”.

Y precisamente por eso no tenía derecho a llorar.

Le gustara o no era una mujer adulta que había tomado una decisión y tenía que vivir con ella, asi que se dio una ducha y salió de allí hacia su trabajo, intentando contener el mar de emociones que amenazaban con abatirla.

Por suerte McGregor estaba de mejor humor que nunca ese día, y tan ocupado que apenas tuvo tiempo para saludarla antes de seguir al teléfono respondiendo llamadas. Media hora después y aun con el celular contra la oreja le hizo una indicación para que lo siguiera y Lynett se puso al volante para que él pudiera seguir trabajando mientras ella lo llevaba al sitio de construcción del rascacielos.

—¡No, no te dije que esos materiales no me sirven! —vociferaba su jefe al teléfono—. ¡Pues no sé por qué demonios los mandaste pero la arcilla no es buena!... ¡Escúchame bien! —exclamó Kenneth bajando del coche, con tanta autoridad que Lynett pensó que quien estuviera del otro lado del teléfono debía estar haciéndose en los pantalones—. ¡Eso no fue por lo que yo pagué! ¡La arcilla es una porquería y la arena no sirve, y…! —de repente se detuvo, como si se diera cuenta de algo y miró alrededor antes de girarse hacia Lynett—. Señora Evans, ponga el auto hacia el otro extremo, está demasiado cerca de las balsas de construcción —le ordenó y Lynett corrió de regreso al coche.

Hacer un rascacielos era asunto de cuidado, y las bases de balsas apiladas eran tan grandes y profundas como para soportar el peso de un edificio de más de trescientos metros. No se había dado cuenta de lo cerca que había estacionado de los agujeros, ni tampoco de lo cerca que estaban las grúas o las mezcladoras hasta que un grito lejano alertó al operario demasiado tarde.

—¡Espera…! ¡Weller! ¡Espera, hay un coche en medio, no…!

Sin embargo todo el ruido alrededor opacó aquella voz y la compuerta de la mezcla de los cimientos de abrió de golpe.

Lynett ni siquiera comprendió lo que pasaba, solo el golpe lateral de mezcla que lanzó el auto al pozo de los cimientos, con ella dentro, en medio de un griterío de gente asustada. La caída no fue sueve, sintió la punzada feroz en uno de sus tobillos, como si un látigo se hubiera enredado en él, y luego la oscuridad lo cubrió todo, porque para cuando fueron capaces de cortar la mezcla, el auto ya estaba completamente sumergido en ella. Su cabeza golpeó contra el volante, y su respiración se hizo lenta y pesada mientras perdía el conocimiento.

No pudo escuchar las órdenes de Kenneth o las prisas de los constructores mientras llamaban a los bomberos, y definitivamente no imaginaba que alguien se pondría de inmediato en comunicación con la transportadora para darle la noticia a su recién estrenado esposo.

—Es… están llamando… hubo un accidente… la… constructora… la niña Lynett…

—¡¿Qué tiene?! ¡¿Qué le pasó a Lynett?! —exclamó Elijah levantándose del asiento mientras su corazón se desbocaba.

—En la constructora… llamaron… ella.

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