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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 25

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 25. Una sospecha peligrosa

Káiser había sido entrenado para muchas cosas, y una de ellas era saber reconocer cuándo un soldado estaba en pánico, lo cual no era muy diferente de lo que le estaba pasando al pobre Rufus Vanderwood después de saber que su hijo había pasado por aquel hospital, con un traumatismo craneal y unas cuantas costillas rotas.

Así que mientras Ranger lo sentaba en un sofá de aquel hotel a donde lo había mandado a buscar, Kaiser se subió a su lado y apoyó la cabeza en el regazo del anciano, haciendo de catalizador y de agente de paz.

—Pero… ¿cómo es posible, Ranger? ¡No entiendo cómo pasó todo esto! ¿Y están seguros de que es Sebastian? —preguntó Rufus desesperado mirándolo a él y a Max indistintamente.

—Hackeé las cámaras que están en la recepción del hospital el mismo día que le dieron el alta —le contó Max—. Llevaba la cabeza vendada pero sí, las imágenes coinciden con él.

—Y si eso no fuera suficiente, Kaiser lo confirma —le dijo Ranger con seguridad—. Te garantizo que a esa nariz nada se le escapa.

—Mírelo por el lado bueno: salió vivo de aquí, salió por sus propios pies, y la mujer con la que salió es, por decirlo de alguna forma, localizable —añadió Max encogiéndose de hombros porque solo en unos pocos minutos había encontrado todo lo que se podía saber de Michelle Dalton, y definitivamente no parecía peligrosa.

El señor Rufus acarició la cabeza del perro en un gesto de mudo agradecimiento y trató de ordenar sus ideas porque todo aquello era demasiado enrevesado.

—Entonces… lo atacaron… —intentó concretar—. Y una mujer lo encontró y lo trajo al hospital. Lo atendieron, perdió la memoria y… se fue con ella a… ¡Por Dios, esto se oye como una locura! ¿Y cómo es que esa mujer es su esposa? ¡Sé que encontraron el auto en Las Vegas pero…!

—No, no, señor Vanderwood, cuando el auto llegó a Las Vegas, era porque ya se lo habían robado a Sebastian —lo interrumpió Ranger y arrastró una silla para sentarse frente a él—. Mire… a lo mejor es muy pronto para decirle esto, pero tengo que ser sincero con usted sobre lo que pensamos, porque de eso dependen las medidas de seguridad que tomemos.

Rufus frunció el ceño, porque él solo quería ir de inmediato a recoger a su muchacho donde fuera que estuviera, pero Ranger no parecía precisamente apurado con eso.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que están pensando? —lo increpó.

Durante un minuto los dos exmilitares se miraron y Ranger carraspeó antes de soltarlo.

—No creo que le hayan querido robar a Sebastian. Creo que fue un atentado —declaró.

Los ojos del señor Rufus se abrieron de par en par, y Kaiser se levantó de inmediato, acercándose a su pecho y restregándose despacio como si supiera que con eso lo calmaría.

—¡¿Un… un atentado… con… contra su vida…? ¡No puede ser…! —Pero la resolución en la expresión de Ranger no admitía lugar para las dudas—. ¿Por qué piensas que…?

—Señor Rufus, ¿cuántos Lamborghini podría comprarse Sebastian con su patrimonio? —preguntó y el anciano bufó encogiéndose de hombros.

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