LA TRAMPA PERFETA. CAPÍTULO 23. Un par de rastreadores
Tres semanas. Tres semanas era lo que había pasado aquella familia en la más absoluta desesperación.
Sebastián debía llegar a su boda, solo había hecho un fastidioso desvío para pasar por la casa la familia de su futura esposa a recoger no sabían qué recuerdo o regalo de su infancia, porque quería hacer aquello lo más romántico posible.
—¡Esa era una burda… estupidez! —espetó Asher, su gemelo, caminando de un lado a otro sin poder evitarlo—. Yo sé que nadie quiero oírlo, pero la verdad es que Sebastián es el puto tipo menos romántico de toda la puñetera Tierra. ¿¡Qué carajos tenía que hacer recogiendo nada?!
—Pues yo tampoco lo entiendo —gruñó Nate, su hermano mayor, con impotencia—. Además está visto y comprobado que Ivanna es más prosaica que un billete de cien dólares. Por alguna razón ella y Sebastián se entendieron tan bien, y es porque los dos son un par de leños sin un ápice de romanticismo!
—¡Bueno, pues yo tengo a una llorona crónica en mi habitación que dice todo lo contrario! —rezongó Asher y sus tres hermanos mayores se le quedaron mirando con un gesto acusatorio—. ¡No, no, a mí ni me miren, que yo ya estoy a punto de irme a dormir a la casa de Elijah y Lynett solo para escaparme de ella!
El señor Rufus respiró pesadamente, tratando de justificarla porque el buen corazón de aquel anciano solo intentaba ver lo mejor de la gente.
—No digan eso, Ivanna debe estar destrozada porque su novio no llegó a la boda —los regañó—. Es normal que esté asustada.
—¡Pues sí, pero no es normal que después de tres semanas de la desaparición de Sebastián, ella todavía no haya querido irse de la hacienda, y me persiga a mí moqueando por todos lados! —gruñó Asher y aunque el resto de sus hermanos lo tomaba como su natural forma de quejarse de todo, había alguien en aquel reducido grupo que sí estaba poniendo mucha atención a sus palabras.
Desde la desaparición de Sebastián, se habían puesto todas las denuncias posibles en la policía, incluso el FBI lo estaba buscando porque era una desaparición entre dos diferentes Estados, pero ninguno de ellos había logrado localizar a Sebastián o saber qué había pasado con él.
Lo único que había aparecido era el Lamborghini que Sebastián estaba manejando ese día, sin embargo lo habían encontrado muy lejos de la ruta que debía seguir para volver a casa: En medio de una redada de drogas en uno de los casinos de Las Vegas la matrícula de aquel auto había saltado, pero ninguno de los hombres que habían ido a la cárcel ese día podía decirles cómo era que aquel auto había sido usado para pagar una deuda de juego, o podía describir al tipo que lo había entregado.
Sin embargo mientras todos estaban intentando entender qué demonios era lo que había pasado con Sebastián, Ranger, el mejor amigo de la familia, hermano mayor autodesignado, y protector implícito de los chicos Vanderwood, les pidió a todos amablemente que salieran para poder hablar con su padre, y ninguno de ellos se atrevió a decirle que querían quedarse a escuchar.
El viejo Rufus se mesó a los cabellos con un gesto cansado y Ranger lo miró con preocupación, porque el pobre señor ya había pasado por más de un infarto y sabía que su corazón estaba débil.
—¡Tienes que hacer algo —murmuró Rufus al borde de las lágrimas— , tienes que hacer algo para encontrar a mi hijo o me voy a volver loco! No estamos en peligro, hace mucho tiempo que no lo estamos, así que no puedo entender qué demonios fue lo que pasó. ¡Sebastián no es el tipo de muchacho que se largaría solo a Las Vegas, mucho mensos a perder un auto que yo le regalé en una deuda de juego! ¡Mi hijo no es así, tú lo sabes! —exclamó desesperado y Ranger lo hizo sentarse para darle aquellas noticias en la mayor tranquilidad posible.
—Lo sé, créeme que lo sé, por eso estoy aquí, y vengo a comentarte un par de cosas que no puedo decirles a los muchachos porque sé que se van a mandar solos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana