Sebastián bufó como si fuera un semental mal atendido y solo un segundo después soltaba el teléfono para ir hasta aquella caballeriza donde Michelle se peleaba con Emperatriz.
—¡Si es que las dos son iguales! ¡No sé ni para qué lo intentas!
—¿¡Estás diciendo que me parezco a la yegua!? —siseó ella furiosa.
—¡Jamás diría algo como eso! ¡El pobre animalito no se merece una ofensa semejante! —espetó Sebastián y solo unos segundos después esquivaba aquella rodilla como todo un experto.
Alcanzó uno de los antebrazos de Michelle y le dio la vuelta, sujetándola con fuerza mientras pegaba su espalda a su pecho y la inclinaba contra uno de los postes de la caballeriza.
—¡No, no, no, lobita feroz! ¡Esa maniobra ya me la aprendí! —gruñó en su oído pero definitivamente había demasiadas maniobras de Michelle de las que él no estaba ni enterado. Aquella manera de forcejear solo hacía que el trasero de la muchacha se restregara descaradamente contra su entrepierna, y Sebastián era un hombre lo bastante inteligente como para reconocer que aquello podía volverlo loco y mucho más.
—¡Suéltame si no quieres que esto se nos vaya de las manos! —lo amenazó Michelle, pero solo obtuvo en respuesta aquella voz ronca y feroz en su oído.
—¡Maldición, condenada, no sé qué demonio traes metido en el cuerpo, pero si no te calmas te juro que te voy a nalguear en serio!
Y no era que ganas no le faltaran, sobre todo porque Michelle andaba por la casa con un pequeño pantaloncillo de mezclilla que le dejaba ver al menos medio cachete de cada nalga.
—¡¿Disculpa?! ¿¡Tú quién te crees que...?! —La primera nalgada interrumpió la protesta y Michelle gritó, girando la cabeza para mirarlo con los ojos muy abiertos.
Tenía las dos manos sujetas delante de su cuerpo por una de las manazas enormes de Sebastián, y con la otra le acababa de dejar caer una segunda sonora nalgada.
—¡Suéltame, príncipe, o te juro que lo próximo que te va a tocar es el drag...! ¡Ah! —chilló cuando la tercera nalgada le enrojeció el trasero, pero de alguna forma cuando escuchó aquel cinturón abriéndose, supo que no era precisamente para lo que estaba imaginando... ¿O sí?—. ¡Joder! ¿Qué estás haciendo? —lo increpó mientras el deseo y la lujuria comenzaban a vibrar en su voz de una sola vez, en el mismo momento en que él le rodeó las manos con aquel cinturón y lo amarró al poste que tenía enfrente—… Sebastian, no te atrevas, yo te mato, ¡te juro que te mato...!
Pero aquella lengua invadiendo su boca la hizo callarse sin remedio. Las manos de Sebastián estaban por todo su cuerpo, acariciando, jugando, sometiendo. Michelle jadeó desesperada cuando sintió la forma deliciosa y violenta en que le quitaba aquellos pantaloncillos y luego metía las manos debajo de su camiseta para acariciarle los senos. En solo unos segundos sus pezones estaban tensos contra sus dedos, y cada nervio en su sexo latía dolorosamente esperando por él.
—¡Eres... la criatura... más desafiante... desobediente... caprichosa... —gruñía él en su oído a medida que iba deshaciéndose poco a poco de la ropa de los dos—... que he conocido... en mi vida...!
E increíblemente aquello que era lo que lo estaba volviendo loco por Michelle. No tenía filtro, no tenía freno, y no tenía fronteras la condenada, pero en el mismo momento en que se tocaban las chispas se volvían incontrolables.
Ni siquiera se tomó el sencillo trabajo de explorarla porque sabía perfectamente cómo estaba, y la humedad entre sus piernas lo recibió en el mismo momento en que la embistió casi con violencia.
—¡Grita nena... Ah... Grita... Ah...! ¡Si quieres pelear ahora es cuándo...! ¡Si quieres... Ah... Si quieres gritar yo te voy a dar motivos...!
Y nadie podía discutirle a aquel hombre la sinceridad, porque la embistió como si quisiera romperla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana