CAPÍTULO 22. Un hombre preparado
—¡Para muy pronto! —La respuesta de Lynett provocó una sonrisa en el rostro de la presentadora, pero Elijah no tuvo tiempo de hacer ni siquiera un gesto de sorpresa—. No creo poder aguantarlo más de treinta años, aquí entre nosotras, es demasiado protestón.
La audiencia comenzó a reír de inmediato y el ambiente se relajó tanto como era posible.
—La razón por la que mi esposa no se ha cambiado el apellido es porque no lo necesita —agregó Elijah con firmeza—. No me necesita o tiene que estar a mi sombra para nada, es lo suficientemente inteligente como para conquistar cualquier puesto que quiera en cualquier empresa… aunque si le soy honesto… estoy a punto de ponerle guardaespaldas.
—¡Uff! ¡¿Es celoso!? —se burló la periodista.
—¡Como un perro de presa! —aseguró Lynett con un suspiro dramático y la periodista le hizo a Elijah dos o tres burlas más sobre la posesividad de los magnates texanos.
Elijah hacía todo el esfuerzo del mundo por no parecer incómodo. Toda su postura era de afecto hacia su esposa, tal como la publicista los había hecho ensayar, pero aunque él mismo no se diera cuenta, a medida que las preguntas de la presentadora se hacían más agresivas, su postura iba siendo mucho más protectora, hasta que en aquel sofá tuvo la espalda de Lynett pegada a su pecho y uno de sus brazos rodeándola.
—Ahora, sé que estas preguntas suelen ser incómodas, pero el público quiere saber. ¿Podrían explicarnos el origen de las fotos que dieron lugar al… escándalo sobre ustedes? —los increpó la periodista y Elijah sonrió abiertamente.
—Claro. No hay niños en la audiencia ¿verdad? —preguntó con un puchero inocente.
—Este… no —respondió la periodista.
—Perfecto. Entonces, ¿qué es lo que necesita que le expliquen sobre el sexo? —replicó Elijah y la mujer casi escupió el agua que se estaba bebiendo—. Porque espero que se entienda que eso era lo que estábamos haciendo ¿no?
—¡Señor Vanderwood…! —tosió la presentadora aparatosamente—. ¡Eso no fue lo que le pregunté…?
—Pero esa es la respuesta —intervino Lynett encogiéndose de hombros—. Estábamos en un hotel, acostándonos, como cualquier pareja regular que quiere tener un momento íntimo de desahogo y paz en medio de una crisis. No entiendo qué tiene eso de escandaloso. ¿El resto del mundo no folla o solo somos nosotros?
La audiencia estalló en carcajadas estentóreas y la periodista miró a Lynett con mala cara, como si acabara de dejarla en ridículo cuando se suponía que sería al revés.
—No, señora Evans, el resto del mundo también folla, la cuestión es que usted lo hizo mientras todavía era novia de Edgar Masrani. ¿No es así?
Elijah sintió la tensión en el cuerpo de Lynett solo un instante y la abrazó contra él con un gesto posesivo.
—¡Y encima de cornudo, chismoso! —exclamó poniendo los ojos en blanco y una nueva oleada de risas se extendió entre la audiencia—. Esto no lo vamos a negar: Lynett terminó su relación con el señor Edgar Masrani para estar conmigo, pero eso fue antes, mucho antes de todo esto, solo que el pobre Edgar no lo ha podido superar —dijo Elijah con sorna—. Y para la próxima vez le aconsejo que no reciba informes de hombres despechados, son muy parcializados, señorita Brennan, y se supone que el periodismo tiene que ser objetivo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana