LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 21. Un defecto de fabricación.
Con personas como la abuela Constance no había mucho que discutir. Ella parecía haber tomado su decisión y para acabar de rematar el señor Fischer parecía más que contento de poder retirarse por fin. Así que cuando llegó el lunes y Sebastián se presentó a trabajar, lo que se encontró fue aquel nombramiento implícito esperándolo y al señor Fisher saturándolo con toda la información que según él debía hacerle saber antes de marcharse.
La conclusión fue que en los tres días que siguieron Sebastián estuvo ahogado en documentos, informes, estados de cuenta, y una gran parte de las finanzas de la hacienda. Y no sabía cómo demonios lo entendía, ¡pero lo entendía!
—Esto se te da muy bien, muchacho. No sé por qué estabas nervioso, honestamente — le sonrió el señor Fischer con amabilidad—. Se nota que has hecho esto mucho tiempo y que lo has hecho bien, así que estoy completamente seguro de que darás la talla.
—¿Y usted está seguro de querer retirarse, señor Fisher? —le preguntó Sebastián preocupado—. Porque créame que yo no vine aquí con ninguna intención de ocupar su lugar.
—No, no muchacho, tranquilo, al contrario, yo mismo fui quien le sugirió a la señora Dalton que te ofreciera el puesto, porque ya estoy en edad de retirarme, y creo que este es mi mejor momento para empezar a vivir como debería.
Sebastian arrugó el ceño, porque el señor Fischer debía pasar de los sesenta años, pero se notaba que era un hombre fuerte, de campo, recio como un roble y sin ninguna dolencia al menos a la vista.
—¿Quiero saber de qué se trata? —preguntó Sebastián achicando los ojos con sospecha y de repente fue como si al señor Fischer se le soltaran todas las emociones.
—¡Pues claro que sí! Las relaciones jefe—empleado no están bien vistas en ningún lugar —aseguró echándose hacia adelante y mirando a todos lados porque aquello era una evidente confidencia—. Pero te garantizo que en el momento en que firme la terminación de este trabajo, voy a pasar por las flores más bonitas ¡y me le voy a declarar a Constance!
Sebastián se quedó mudo de la impresión, pero finalmente solo pudo sonreírle con la mayor amabilidad. No era como que no hubiera notado esas miradas que el señor Fisher le daba a la abuela, o como que no se hubiera percatado de que la abuela estaba más que apurada porque él dejara de ser uno de los empleados de la hacienda.
—En ese caso, mucha suerte, creo que usted también la va a necesitar —se rio estrechando su mano y luego los dos se volcaron por completo en la preparación de la hacienda para esos coleccionistas que vendrían.
Michelle, por su parte, ya había dejado de lado toda su natural ecuanimidad y estaba que se tragaba a Eva por el teléfono.
—¿Cómo que nada? ¡No puede ser que no hayas encontrado nada, tú eres literalmente la criatura más chismosa de la Tierra! ¡Si el Pentágono te hubiera contratado para encontrar a Osama Bin Laden tú lo hubieras descubierto antes que los espías!
“¡Ya cállate, estúpida, no puedes decir algo así por teléfono!” rezongó Eva, pero al final ella también estaba bastante molesta por eso de que no había podido conseguir información. “¡Tu hombre es un fantasma! ¡A lo mejor el espía es él! ¿No te has puesto a pensar eso?”
—¡Pero claro que no...! —intentó replicar Michelle, pero finalmente terminó dando vueltas por toda la cabaña—. Joder… joder… ¡Sí que me lo encontré en la carretera todo mal herido! ¿Y si de verdad es un espía internacional y trataron de matarlo por eso? ¿Y si no ha perdido la memoria de verdad y solo me está usando? —Michelle hizo un puchero porque no quería creer aquello, pero luego negó con insistencia—. No. ¿sabes qué? ya voy a dejar de hacerme estas películas, a lo mejor es simplemente que no tiene nada en las redes… ¡Hay mucha gente que no tiene nada en las redes! ¿no es cierto?
Los sonidos raros que hizo su mejor amiga del otro lado del teléfono y que ya Michelle conocía tan bien, solo le confirmaron que no creía mucho en eso.
“Tienes que ser honesta: el tipo es un bombón, alguien como él estaría exhibiendo esos cuadritos en las redes tanto como pudiera”.
—¡A ver, estúpida, ¿ y tú cómo sabes que mi marido tiene cuadritos?!
“¡A ver, tarada, no es tu marido, y lo sé porque tú con los panzones cerveceros no ligas! ¡¿O crees que no te conozco después de tantos años?!”
Michelle solo bufó con fastidio porque no tenía nada que replicar a eso, así que solo decidió que era hora de probar qué tan espía podría ser aquel condenado vaquero.
Por suerte o por desgracia no había casa, cabaña, rancho o hacienda en todo Colorado donde no hubiera al menos un par de armas, y para el momento en que Sebastián entró por la puerta de su casa esa tarde, lo primero que se encontró sobre la mesa fue un par de revólveres y dos cajas de balas.
—¡Jesús, dime por Dios que no estás planeando a ninguna estupidez! —exclamó azorado porque la sonrisa de Michelle era todavía más preocupante que las propias armas.

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