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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 20

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 20. Una propuesta peligrosa

Michelle se sopló el mechón de la frente, apoyando los codos en el asiento del sofá mientras a su lado Sebastian se ponía más rojo que una cereza. Ninguno de los dos había esperado que alguien se acercara a la cabaña en los días de descanso, menos habían esperado que ese alguien fueran las dos señoras más alborotadas de la hacienda, o sea la abuela y Merci.

Y lo que definitivamente ninguno de los dos había imaginado era que escucharan aquel concierto de gritos con deseos que habían armado justo unos segundos que golpearon la puerta.

—¡Ya voy! —gritó Michelle envolviéndose en una manta, pero antes de que pudiera dirigirse a la puerta Sebastián la empujó hacia la habitación y le señaló la ropa, porque de ninguna manera iba a permitir que recibiera a la abuela en aquellas fachas.

—¡Vístete, vamos! —la apremió y ella se puso aquella ropa muerta de risa.

—¡Príncipe, por favor, ya nos escucharon! Créeme que no va a haber mayor vergüenza que esa.

—¡Eso todavía está por verse! —replicó Sebastián—. No sé por qué me está dando la impresión pero ¿soy penoso? —le preguntó y Michelle se acercó a él, acariciándolo.

—Bueno, cuando me dices lo que me dices y me tocas lo que me tocas, no se te nota mucho.

Él puso los ojos en blanco y se sonrojó de nuevo, pero tiró de su cuerpo para besarla otra vez y cuando estuvieron tan presentables como decía Merci, se acercaron a abrir la puerta.

Para su sorpresa no solo estaban las dos señoras felices allí, sino que venían con uno de los camiones de transporte de animales, y después de saludarlos la abuela abrió la puerta para que vieran lo que había dentro.

—¡Ay Jesús, no puede ser! —exclamó Michelle cubriéndose los ojos con las manos—. ¡Nana, no puede ser que la hayas traído!, ¿es en serio?

Por un instante Sebastián vio que los ojos de la muchacha se humedecían, pero de inmediato Michelle fue a sacar uno de los animales que había dentro del camión.

La yegua era preciosa, una pura sangre blanca que haría babear a cualquier experto coleccionista, pero Sebastian estaba seguro de que esa no era la razón por la cual el corazón de su esposa estaba disparado.

—Emperatriz —le comentó la abuela mientras Michelle tomaba a la yegua del bocado y la hacía caminar a su alrededor con caricias suaves—. O mejor dicho: Emperatriz segunda. La madre de esta yegua pertenecía a la madre de Michelle, fue una gran campeona así que nunca he podido deshacerme de su hija.

—Es preciosa —murmuró Sebastián y en aquel punto nadie podía saber si estaba hablando de la mujer o de la yegua.

—Y honestamente también sería una gran campeona si se dejara entrenar —replicó la señora Constance y tampoco se sabía de quién estaba hablando.

Sebastián y ella se miraron con una sonrisa cómplice, pero luego la abuela se encogió de hombros como si no hubiera nada que hacer.

—Treinta por ciento floja, treinta por ciento distraída y el resto desobediente —masculló él sacándole una carcajada, pero la abuela se acercó al camión otra vez y sacó al otro animal que había allí.

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