TOMO 2. CAPÍTULO 81. Dejando el pasado atrás
Era el sonido más lindo del mundo, y no había nada tan tierno para Lynett como acurrucarse en aquel sofá mientras Elijah se ponía los auriculares y apoyaba la cabeza en sus piernas, escuchando el corazón del bebé.
Las tres semanas que siguieron fueron épicas, no solo porque él se estaba acostumbrando a la idea de que iba a ser papá, sino porque además estaba en modo sobreprotector, y eso le ponía lo sexi a tope, al menos a los ojos de Lynett.
—¿Elijah? ¿Cielo, estás en el baño? —preguntó ella asomándose y él cerró la ducha de golpe, secándose a toda prisa, como si hubiera estado haciendo algo malo antes de su llegada.
—¡No, no, ya acabé! —se apuró él.
—¡Pero no me esperaste para bañarte!
—¡Porque fue una ducha rapidita, chiquilla…! —se defendió vistiéndose enseguida.
—¡Elijah! ¡No te puedes escapar! —le reclamó Lynett porque hacía días que no lograba verlo desnudo ni por equivocación—. ¡¿Por qué me estás evitando?!
Elijah se detuvo frente a ella y respiró profundo, como si fuera un condenado a cadena perpetua.
—La doctora dijo que tienes que reposar ¿entendido? Re—po—sar. ¡Nada de esfuerzo!
—El sexo no es un esfuerzo —rezongó ella—. Y mis hormonas y tú tienen una cuenta pendiente.
Él abrió mucho los ojos, amagó un movimiento y terminó corriendo por un costado de Lynett como un jugador de fútbol americano que evitaba una tacleada.
—¡REPOSO!
—¡Quiero cuchi cuchi! ¡Un huyas, cobarde! ¡Tú me hiciste esto, ahora asúmelo! —le gritó mientras lo veía correr fuera de la casa y Lynett casi se ahogaba de risa cuando Elijah escapaba de sus episodios de ansiedad sexual.
Si era honesta le encantaba perseguirlo, pero en cierto punto ya era evidente que él tenía miedo de verdad y que ella parecía una adolescente calenturienta.
—¡La única razón, Elijah, la única por la que no te pido que me amarres es porque sé que no me harías nada! —protestó Lynett con dramatismo una noche y él le dedicó una sonrisa coqueta antes de abrir uno de los cajoncitos de la mesita de noche y sacar un juego de esposas envueltas en peluche rosa.
Los ojos de Lynett se iluminaron y se mordió el labio inferior con un puchero.
—¡Aaaaah! ¿Son para mí? —preguntó casi con un gemido y Elijah asintió, sacándose la camiseta del pijama y alcanzando su mano izquierda para ponerle una de las esposas. La levantó por encima de su cabeza y cerró la otra sobre la cabecera de la cama.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana