C98- ¿QUÉ LA HACE TAN PODEROSA?
Grace se detuvo frente a la mesa de bebidas, sintiendo un torbellino en su interior que apenas podía controlar. Sin pensarlo demasiado, tomó una copa y la llevó a sus labios. El líquido ardió al recorrer su garganta, pero no hizo más que intensificar el nudo que sentía en el pecho. Cerró los ojos un instante, apretando la copa con fuerza entre sus dedos, como si eso pudiera contener el dolor que la invadía. La imagen de Lucien seguía ahí, fija en su mente.
Lo amaba, lo sabía con cada fibra de su ser, pero el orgullo, mezclado con las heridas que él mismo había causado, la mantenían atrapada en un muro que no podía derribar.
«Pasará, Grace... todo pasa y se olvida...» susurró para sí misma, aunque en el fondo no estaba segura de creerlo.
Tomó otro sorbo, más largo esta vez, como si el vino pudiera calmar el temblor de sus manos o silenciar la voz en su cabeza que le rogaba que fuera hacia él. Quería abrazarlo, quería decirle que sí, que todo podía arreglarse, pero su orgullo la detenía. No podía ceder, no después de tanto dolor.
Mientras tanto, Lucien seguía allí, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto indeterminado. El peso de sus errores aplastando poco a poco. Se llevó una mano al pecho, donde sentía un dolor tan intenso que casi podía tocarlo. Era como si su corazón estuviera quebrándose en mil pedazos.
―Grace... ―susurró.
El salón estaba lleno, pero para ambos parecía vacío, como si solo existieran el uno para el otro y, al mismo tiempo, estuvieran separados por un abismo insalvable. De repente, una voz resonó desde el escenario.
—Por favor, demos la bienvenida a Alexander Blackwell.
Los aplausos no se hicieron esperar y al mismo tiempo, Grace y Lucien levantaron la mirada, aunque sus reacciones fueron diferentes.
Grace fijó sus ojos en el escenario, viendo a Alexander aparecer con su porte imponente pero cálido. Había algo en él, una presencia que parecía llenar todo el espacio y, de alguna manera, le transmitía una calma inesperada. Pero esa calma no apagaba sus preguntas.
¿Por qué la había invitado? ¿Qué buscaba exactamente?
Y mientras lo observaba, no pudo evitar sentirse dividida, atrapada entre el dolor que Lucien le causaba y la curiosidad que Alexander Blackwell, despertaba en ella.
Cuando Alexander tomó el micrófono y dio su discurso, su voz retumbó con confianza.
—Buenas noches a todos. Es un honor tenerlos aquí esta noche. Nos hemos reunido no solo para celebrar, sino para marcar el inicio de un nuevo proyecto que cambiará el panorama de Londres.
Los aplausos llenaron la sala, pero Grace apenas podía oírlos. Su mente estaba en otro lado, o quizá, en alguien más. Alexander le dirigió una sonrisa cálida, casi como si quisiera decirle algo que solo ella entendiera. Grace sintió un escalofrío. Y su respiración se hizo más pesada mientras sus manos temblaban.
¿Por qué me mira así?, pensó, sin encontrar una respuesta que la tranquilizara.
Alexander siguió hablando.
—Hoy damos un paso adelante en la expansión de nuestras operaciones en el mercado internacional. Este nuevo proyecto no solo fortalecerá nuestra posición, sino que también abrirá las puertas a nuevas oportunidades para todos nosotros.
El público aplaudió con entusiasmo, pero antes de que pudiera continuar, un sonido brutal rasgó la armonía de la noche.
¡BANG!
El disparo resonó como un trueno en el salón, y el tiempo pareció detenerse. La calma elegante se transformó en caos. Los invitados gritaron y corrieron en todas direcciones, derribando copas y mesas en su huida.
Pero Grace no se movió.
Estaba congelada en su lugar, el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que la rompería por dentro.
Giró lentamente y entonces la vio.
Alessia.
Estaba allí, en medio del tumulto, sosteniendo un arma con las manos temblorosas. Su elegante vestido contrastaba con su mirada llena de locura y la lágrima que le caía por las mejillas.
—¡Todo es tu culpa! —gritó, apuntando directamente a Grace—. ¡Si no hubieras aparecido, nada de esto habría pasado! ¡Nada!
Grace sintió que su estómago se hundía. Tragó saliva, obligándose a hablar aunque su voz apenas salía.
—Alessia, por favor… baja el arma. —Intentó sonar calmada, aunque sabía que no lo estaba.

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