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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 97

C97- NUNCA MÁS.

Lucien tambaleó ligeramente, pero su mirada permanecía fija en Mateo. Sus ojos estaban inyectados de celos, y su tono, cuando habló, rezumaba veneno.

—Qué curioso verte tan cómodo, Mateo. ¿Es eso lo que haces ahora? ¿Jugar al protector con mujeres que no te pertenecen?

Mateo, tranquilo pero firme, no retrocedió. Su postura era relajada, pero sus ojos no dejaban de observar a Lucien, analizando cada uno de sus movimientos.

—No sabía que las personas eran propiedad, Lucien. Grace mucho menos. Además, mírate... estás borracho.

Lucien dio un paso hacia él, sujetando el vaso de whisky como si fuera su única conexión con la cordura. Su voz se volvió más cortante, cargada de un desprecio que intentaba esconder su propia inseguridad.

—¿Sabes quién es ella? —gruñó, señalando a Grace con el vaso—. Es la madre de mis hijos. Mis hijos, Mateo. ¿Tú qué tienes? Nada. No tienes nada. Nosotros… nosotros estamos unidos de una forma que tú nunca entenderás. Así que será mejor que te vayas ahora, antes de que destruya esa bonita cara de duquesito que tienes.

Mateo no se inmutó. Su rostro permaneció sereno, pero sus palabras eran afiladas, golpeando justo donde sabía que dolía más.

—Lo único que sé, Lucien, es que Grace merece respeto. Y si tú no puedes dárselo, entonces no eres más que un obstáculo en su camino.

La furia de Lucien subió como un incendio descontrolado. Su mandíbula se tensó, y su mano tembló alrededor del vaso antes de que lo dejara sobre la mesa con un golpe seco. Dio otro paso adelante, abriendo los brazos en un gesto desafiante.

—¿Eso crees? —espetó, casi escupiendo las palabras—. Entonces ven. Vamos, arreglamos esto de una vez. Porque te lo advertí, Mateo. Te dije que te mantuvieras lejos de ella.

Mateo avanzó un paso, pero antes de que pudiera llegar más lejos, Grace se interpuso entre ellos. Su voz era firme, pero había un dejo de preocupación en sus ojos que traicionaba su calma.

—Mateo, no lo hagas —dijo, tocando suavemente su brazo—. Por favor, vete.

Mateo dudó. Su mirada pasó de Grace a Lucien, quien parecía un volcán a punto de estallar.

—No estoy seguro de dejarte con él, Grace —murmuró, con los ojos llenos de duda—. Podría…

—Voy a estar bien —lo interrumpió ella, su tono más decidido esta vez—. Te lo prometo.

Finalmente, Mateo asintió, aunque con evidente reticencia. Su mandíbula se apretó, y dirigió una última mirada a Lucien antes de dar media vuelta.

—Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme —dijo, mientras se alejaba lentamente, dejándolos a ambos solos.

El silencio que quedó tras su partida era pesado. Grace respiró hondo, enfrentándose a Lucien, cuyo rostro estaba torcido por la rabia y la frustración.

—¿De verdad esto es lo que eres ahora, Lucien? —susurró ella, sus ojos buscándolo, desafiándolo a decir algo que tuviera sentido—. ¿Un hombre que solo hace el ridículo?

Lucien dejó el vaso en una mesa cercana y pasó una mano por su rostro, como si intentara reunir fuerzas. Su mano se deslizó por su rostro, como si quisiera borrar años de dolor y arrepentimiento.

—Grace... —su voz sonaba quebrada, vulnerable—. No merezco tu perdón, lo sé. Pero necesito que me escuches.

Ella lo observaba en silencio, sus ojos llenos de una tristeza profunda. Pero había algo más en su mirada: cansancio. Como si ya no le quedaran fuerzas para seguir batallando con esa situación.

—Habla —respondió ella, sin dramatismo, pero con una calma que ocultaba un mar de emociones.

Lucien dio un paso y se detuvo. Su cuerpo temblaba, no de frío, sino de miedo. Miedo a acercarse demasiado y a que ella lo rechazara, lo dejara allí, como lo había hecho tantas veces antes, pero más definitivo esta vez.

—Sé lo que hice. Sé lo que te hice. Y no hay nada que pueda decir para que eso desaparezca. Pero, por favor, escúchame —rogó, con los ojos suplicantes.

Grace cruzó los brazos, una barrera que él sabía que no iba a poder romper tan fácilmente. Sus ojos no lo dejaban, pero su expresión era firme, casi desafiante.

—Estoy escuchando, Lucien —respondió, sin cambiar su postura.

Él bajó la cabeza y miró sus manos, buscando palabras que pudieran expresar lo que sentía.

—Cuando me enteré de lo que William te hizo... Mi mundo se vino abajo y no hay una palabra que defina lo que soy más que cobarde. Te juzgué sin escucharte. Te abandoné cuando estabas embarazada de nuestros hijos. —Su voz se quebró—. Fui un maldito imbécil.

La vergüenza lo envolvía, y cada palabra que salía de su boca le dolía como si estuviera arrancando pedazos de sí mismo. Grace, por su parte, no se movió. Su postura era la de una mujer que ha sobrevivido, no la de una víctima.

—Sí, lo fuiste —confirmó ella, sin rastro de venganza, solo de verdad.

Él bajó la mirada, mientras la vergüenza lo envolvía.

—Mírame —le ordenó, pero él mantuvo la cabeza baja—. ¡Quiero que me mires a los ojos!

Lucien levantó la mirada. Estaba destruido, cada centímetro de su cuerpo gritaba arrepentimiento.

—Recuérdame —dijo Grace con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito— las palabras exactas que me dijiste cuando te conté que estaba embarazada.

Él palideció. Recordaba cada m*****a palabra.

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