C95- ¿NANA ERES TÚ?
Grace estaba en la cocina, concentrada en amasar panecillos. El suave aroma de la harina y la levadura llenaba el aire, pero no lograba calmar la inquietud que sentía en el pecho. Sus manos se movían mecánicamente, golpeando la masa contra la encimera, mientras sus ojos se perdían en el paisaje más allá de la ventana. Había pasado días convenciéndose de que la ausencia de Lucien no le importaba, pero cada vez que escuchaba un coche acercarse, su corazón la traicionaba.
Esta vez no fue diferente. El sonido de pasos en el vestíbulo rompió el silencio, haciéndola detenerse. Limpió sus manos en el delantal y salió de la cocina con el ceño fruncido.
Era el secretario personal de Lucien, impecable como siempre, con una carpeta bajo el brazo y una expresión profesional pero amable.
—Señorita Grace —dijo con una leve inclinación de cabeza—, el señor Blackwell me ha pedido que le entregue esto personalmente.
Grace lo miró confundida, cruzándose de brazos.
—¿Para mí? ¿Está seguro?
—Sí, señorita. Es una invitación para el evento de esta noche. El señor Blackwell quiere que asista como invitada de honor.
El ceño de Grace se frunció más.
—¿Invitada de honor? Pero... yo no conozco al señor Blackwell.
El secretario sonrió con cortesía, como si esperara esa respuesta.
—Me pidió que le dijera que sería un honor para él contar con su presencia. Y que, si se niega, vendrá personalmente a convencerla.
El calor subió a las mejillas de Grace ante la insistencia. Se sintió atrapada, sin saber cómo reaccionar.
—¡No! No es necesario —respondió rápidamente, casi tartamudeando—. Dígale que estaré encantada de ir.
El hombre asintió con satisfacción.
—Perfecto. Ah, también llegará un regalo de parte del señor Blackwell. Dice que lo use en la fiesta.
Grace parpadeó, sorprendida por las palabras. Apenas pudo murmurar un agradecimiento antes de que el secretario se despidiera y saliera de la mansión. Cerró la puerta lentamente, aún sosteniendo la invitación.
Era una tarjeta elegante, con letras doradas grabadas en papel grueso. La sostuvo con cuidado, como si temiera romperla.
—¿Por qué quiere que vaya? —se preguntó en voz baja, mirando el nombre de Lucien escrito en el sobre.
Guardó la invitación en un cajón, decidida a no pensar más en ello. Volvió a la cocina, enfocándose en los panecillos. Pero su mente no podía dejarlo ir. Sentía que algo no encajaba, y esa sensación la estaba volviendo loca.
El sonido de la puerta volvió a interrumpirla. Grace suspiró, pensando que el secretario había olvidado algo. Se apresuró a abrir, todavía con una sonrisa educada.
—¿Qué más…?
Las palabras murieron en su garganta.
Frente a ella estaba una mujer mayor, de cabello blanco y ojos cansados pero cálidos. Llevaba un abrigo desgastado, y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía un bolso viejo.
Grace sintió que el mundo se detenía.
—¿Nana? —susurró, como si temiera que la imagen frente a ella fuera una ilusión.
La mujer sonrió con los labios temblorosos.
—Mi niña… —su voz era apenas un susurro, cargado de emoción contenida.
Grace retrocedió un paso, tambaleándose. Los recuerdos la golpearon como una ola, arrastrándola a un pasado que había tratado de enterrar. La casa de su infancia, las noches en las que esa mujer la arrullaba hasta que se dormía, y el día en que todo se desmoronó.
Sus piernas comenzaron a temblar.
—¿Cómo…? ¿Cómo estás aquí? —logró decir, su voz quebrada.
Pero antes de que pudiera obtener una respuesta, la vista se le nubló. Su respiración se volvió superficial, y el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.
Cuando despertó, sin pensarlo, se incorporó en la cama. Su respiración era rápida, su corazón martillaba con fuerza en su pecho.
Entonces, allí estaba ella.
Su nana.
La figura de la mujer se alzaba frente a la tenue luz de la habitación, como un espectro venido del pasado. Los ojos de Grace se llenaron de incredulidad y su voz salió rota, incrédula.
—¿Nana...? ¿De verdad estás aquí...?
La mujer sonrió con ternura, sosteniendo un vaso de agua en sus manos. Dio un paso hacia ella, con calma.

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