C89- TE HUNDIRÉ MÁS DE LO QUE ESTAS.
Kate había pasado la noche anterior en la comisaría. No quería enfrentarse a sus padres, el ambiente en casa siempre era tóxico, y prefería cualquier lugar antes que volver allí. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Apenas había tomado un sorbo de su café, cuando su teléfono sonó. Al mirar la pantalla, vio el nombre de su padre. Dudó antes de contestar, pero finalmente deslizó el dedo para aceptar la llamada.
—Kate —dijo Gibson, con su tono habitual, frío y autoritario—. Necesito que vengas a casa. Tenemos cosas importantes que discutir.
Ella apretó los labios, sintiendo cómo la rabia y la resignación se acumulaba en su pecho. Casi podia adivinar de que hablarian o que era lo importante.
—¿Y si no quiero? —respondió, desafiante.
—No es una petición, Kate. Es una orden. No hagas esto más difícil de lo que ya es.
La llamada terminó abruptamente, dejándola con un nudo en el estómago. Sabía que no podía evitarlo para siempre, así que, horas más tarde, se encontró de pie frente a la mansión familiar. Cuando entró su padre, estaba junto a la chimenea, con los brazos cruzados, luciendo impaciente. Y su madre en su sillón preferido mirandola con reproche.
—Por fin llegas —dijo su madre, sin molestarse en ocultar su desdén.
Kate se sentó lentamente, sintiendo cómo el aire en la habitación se volvía más pesado. No había pasado ni un minuto y ya quería irse. Pero su padre no perdió tiempo en ir al grano.
—Quiero que me cedas los derechos del fideicomiso que te dejó papá. Ese dinero debería estar en manos de quienes realmente debieron heredarlo, es decir: yo.
Kate parpadeó, incrédula. Sabía que esta reunión no podía traer nada bueno, pero esto... esto era demasiado.
—¿Están bromeando? —respondió —. El abuelo me lo dejó a mí por una razón. No pienso cederte nada.
Gibson dio un paso hacia ella, con el rostro deformado de resentimiento.
—¡Ese viejo loco no sabía lo que hacía! —espetó —. ¿Cómo pudo ignorarme, a mí, su propio hijo, para dárselo todo a ti? ¡Es un insulto! Ese dinero me pertenece a mi, no a una niña caprichosa que no sabe lo que hace con él.
La indignación de Kate creció como un incendio. Sentía que su pecho iba a estallar.
—¿De verdad, papá? ¿No sabes por qué el abuelo me dejó el fideicomiso? Porque tú dilapidaste tu parte. Te lo gastaste todo en negocios fallidos, apuestas y lujos innecesarios. ¿Y ahora pretendes que yo te salve de tus errores?
El silencio en la sala era pesado, pero Kate continuó, ya no iba callarse más.
—El abuelo sabía exactamente lo que hacía. Sabía que tú, eras incapaz de manejar el dinero. Por eso decidió proteger lo que quedaba de su fortuna, y lo puso bajo mi nombre. Y desde entonces, ustedes han hecho de mi vida un infierno. Mamá, con sus citas a ciegas, tratando de empujarme hacia cualquier hombre que parezca mínimamente decente. Tú, con tus constantes recordatorios de que tengo una “obligación” con esta familia. Todo para que ustedes puedan meter las manos en ese dinero. Nunca les ha importado mi felicidad, ¡solo el maldito fideicomiso!
Los labios de Kate temblaron de dolor e impotencia.
—Tu nunca me has visto como tu hija, entonces yo tampoco tengo que verte como mi padre. ¡Se acabo! ¡No voy a darte nada!
Gibson, furioso, dio un paso hacia ella señalandola.
—¡No me hables así, mocosa! —gritó, y levantó la mano golpeandola con tal fuerza que la hizo tambalearse.
La marca del anillo ardió como fuego en la mejilla de Kate. Y el silencio que siguió fue ensordecedor. Ella se llevó la mano a la cara, sintiendo el calor y el dolor. Miró a su padre, con lágrimas en los ojos, pero no de debilidad.
Era pura rabia.
—Ustedes no son mi familia. Nunca lo han sido. ¡Y nunca volveré a esta casa!
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta para irse.
—¡No te atrevas a darte la vuelta, Kate! —bramó Gibson —. ¡No hemos terminado!
Pero ella no respondió. Abrió la puerta y salió.

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