C87- NECESITO TU AYUDA.
Marsella, Francia
La lluvia no daba tregua, cada gota caía pesada sobre Lucy, empapándola hasta los huesos. Su cabello chorreaba agua, pegándose a su rostro pálido, pero ella no se movía. Sus ojos permanecían fijos en la mansión que se alzaba imponente frente a ella.
Su cuerpo temblaba, no solo por el frío que calaba hasta su piel, sino por el peso de lo que estaba a punto de hacer. Las luces de la propiedad eran un faro en la noche oscura, un recordatorio cruel de que su única opción era esta.
Su familia no la ayudaría. Lo sabía. Su abuelo no toleraría que se rebelara. Para él, las acciones imprudentes se pagaban con el desprecio, y estaba segura de que preferiría verla muerta antes que arriesgar su apellido.
Un sollozo escapó de sus labios, ahogado y lleno de desesperación. Cerró los ojos, pero eso solo trajo de vuelta los recuerdos que tanto quería enterrar. Las palabras de su marido resonaron en su mente como un eco envenenado.
"Si intentas dejarme, Lucy, te juro que no vivirás para contarlo."
Su cuerpo se estremeció con la memoria de los golpes, los gritos, las noches sin escapatoria. Abrió los ojos y su pecho subía y bajaba con fuerza.
«No. Ya no» se dijo.
La determinación comenzó a crecer dentro de ella, lenta pero firme, quemando cada rastro de miedo. Sabía lo que significaba haber ido allí.
Cambiar un Dervishi por otro.
Cambiar un monstruo por otro.
Pero este era diferente.
Eros Dervishi no era un hombre que ofreciera ayuda sin un precio. Lucy lo sabía, y estaba dispuesta a pagar lo que fuera necesario. Si con ello lograba su libertad, el costo no importaba.
Respiró hondo y avanzó, sus zapatos resonando contra el suelo mojado mientras cruzaba el camino que la separaba de la puerta. Con cada paso sentía que cargaba una montaña, pero no se detuvo.
Finalmente, llegó a la puerta principal. Una estructura pesada, negra, con adornos de hierro que parecían advertirle que cruzar ese umbral era un punto sin retorno. Levantó la mano, temblorosa, y golpeó con fuerza. Una, dos, tres veces.
El sonido resonó en la noche.
Pasaron segundos que parecieron una eternidad antes de que la puerta se abriera. Y un hombre alto, vestido impecablemente de negro, la miró con el ceño fruncido.
—¿Quién eres?
Lucy tragó saliva, su corazón latiendo frenético.
—Necesito ver a Eros Dervishi —dijo, esforzándose por sonar calmada—. Por favor. Es importante.
El hombre la miró de arriba abajo, claramente evaluándola. Y por un momento, ella pensó que la rechazaría, que la lluvia y el miedo serían sus únicos compañeros esa noche. Pero entonces, el hombre asintió y se hizo a un lado, dejando la puerta entreabierta.
—Espera aquí. No te muevas.
Lucy asintió, su cuerpo tenso, mientras el hombre desaparecía por el pasillo. La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era el tipo de quietud que ocultaba peligro en cada sombra.
Minutos después, un sonido de pasos llenó el espacio, y entonces lo vio.
Eros Dervishi.
Alto, imponente, con ojos grises y fríos que parecían ver a través de su alma. Su presencia llenó el lugar, incluso antes de que hablara.
—No recibo visitas a estas horas —dijo, evaluándola—. ¿Quién eres y qué quieres de mí?
Lucy se mordió el labio, sintiendo cómo las palabras se atoraban en su garganta. Pero entonces recordó por qué estaba allí, lo que estaba en juego.
—Soy Lucy... Lucy Dervishi —respondió con un hilo de voz, pero mirando directamente a los ojos del hombre—. Y necesito tu ayuda.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
[*]
Aaron regresó a Londres junto a Kate y la luna de miel no había sido lo que esperaba. En su opinión, fue todo menos dulce. Kate, fiel a su decisión, había retomado su vida como si el matrimonio no significara un cambio real. Se instaló de nuevo en casa de sus padres, volvió al trabajo, y dejó claro, sin necesidad de palabras, que la relación entre ellos era... la de dos extraños.
Y Aaron, incapaz de enfrentar esa realidad, se lanzó de cabeza al trabajo. Su padre le había dejado la gestión de varias empresas, y aunque en otro momento habría negado, ahora solo buscaba perderse en el papeleo y las reuniones interminables. Pero incluso con la carga laboral, la imagen de Kate lo perseguía. Y por mucho que intentara ignorarlo, el eco de su indiferencia lo atormentaba.
Por si fuera poco, no sabía nada de su hermana.
Había intentado comunicarse con ella varias veces, pero siempre se encontraba con la m*****a contestadora automática. Cada llamada sin respuesta lo llenaba de una mezcla de preocupación y enojo
. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no respondía? ¿Qué habia pasado entre ella y su marido?
La carga de su matrimonio fallido y la desaparición de su hermana se acumulaban como un peso insoportable sobre sus hombros.
Esa tarde, intentaba concentrarse en un informe. Pero sus pensamientos volvían una y otra vez a Kate y a Lucy. El sonido de un error tipográfico en la pantalla fue la gota que colmó el vaso, maldijo entre dientes y golpeó el teclado, empujándolo con tanta fuerza que casi lo tiró del escritorio.
Luego, sin pensarlo, tomó los papeles frente a él y los lanzó al suelo, esparciendo hojas por toda la habitación.

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