C82- FIN DEL ENGAÑO.
El salón estaba lleno, repleto de invitados que habían llegado esperando una velada elegante, pero lo que encontraron fue un espectáculo que nadie olvidaría.
—Alessia, ¿de verdad creíste que podrías engañarme? —dijo, con una sonrisa gélida que apenas tocaba sus labios—. ¿Qué soy tan idiota como para no darme cuenta de que me drogaste y te metiste en mi cama para hacerme creer que este hijo era mío? Qué predecible. Pero, lamentablemente para ti, siempre estoy un paso adelante.
Los murmullos no tardaron en llenar el salón. Alessia, que al principio había mantenido la calma, comenzó a desmoronarse. Su rostro se tornó pálido, y su voz, al intentar responder, era un caos de palabras erráticas.
—¡Eso es mentira! ¡T- todo esto es un montaje! ¡E- eso no es verdad! —gritó, girándose hacia los invitados, buscando en sus rostros apoyo o comprensión.
Pero lo único que encontró fueron miradas de juicio y sorpresa. Dio un paso atrás, tambaleándose ligeramente.
Lucien la observó, cruzando los brazos, como si estuviera disfrutando de cada segundo de su humillación pública. Su tono seguía siendo frío, pero había algo en su mirada, en la forma en que sus palabras caían como cuchillos, que hacía que todos sintieran un escalofrío.
—Ah, Alessia, sabía que dirías eso ―se burló ―Sabía que intentarías negarlo. Por eso, me tomé la molestia de traer a alguien que pueda confirmar la verdad.
Con un simple gesto, llamó a su secretario. Y las puertas se abrieron, y un hombre joven y atlético entró. Era el entrenador de tenis de Alessia. El silencio cayó como una losa sobre la sala. Y Alessia pareció congelarse en su lugar, incapaz de moverse o reaccionar.
El entrenador, visiblemente nervioso pero con una mirada de adoración hacia Alessia, avanzó. Ignorando por completo el caos que lo rodeaba, como si solo existieran él y la mujer que amaba.
—Alessia, mi amor, ya no tienes que ocultarlo —dijo, con una voz temblorosa pero sincera—. Podemos estar juntos ahora. Sé que no tengo el lujo que te da esta vida, pero te amo. ¡De verdad te amo!. Podemos criar a nuestro hijo juntos, lejos de todo esto.
Los jadeos de los invitados fueron casi ensordecedores. Y Alessia, completamente pálida, dio un paso hacia atrás. Parecía a punto de desplomarse. Su voz, cuando finalmente salió, era un grito desesperado.
—¡Cállate! ¡No digas nada más! ¡Estás arruinándolo todo!
Y mientras todo esto sucedía, en una esquina del salón, los trillizos miraban la escena con fascinación. Para ellos, esto era mejor que cualquier película o programa de televisión.
—¡Papá no se va a casar con la bruja! ―dijo James emocionado.
Emma asintió, casi saltando en su asiento.

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