Entrar Via

LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 74

C74- CÁSATE CON LA NIÑERA.

Mateo cerró la puerta de su departamento en Londres con un golpe seco. El eco resonó en la soledad del lugar mientras dejaba caer las llaves sobre la mesa y se desplomaba en el sillón. Sus dedos tamborilearon nerviosos sobre el celular antes de finalmente marcar el número de su padre.

—¡Mateo! —la voz de Alexander resonó al otro lado, acompañada de una leve risa—. ¿Ya estás en Londres?

—Sí —respondió, sin emoción, mirando fijamente un punto en la pared.

Hubo un silencio breve antes de que Alexander suspirara y su tono se volviera más serio.

—Bien, eso es parte de tus deberes como futuro Duque. Y no olvides que tu boda es dentro de poco.

Mateo sintió cómo sus músculos se tensaban al escuchar aquellas palabras. Su mandíbula se apretó, y el celular pareció pesar más en su mano.

Alexander, notando el cambio en el silencio de su hijo, añadió con un tono casi paternal:

—Hijo, sé que ha sido difícil superar la muerte de tu hermano, pero tu boda con Astrid es un hecho, no hay vuelta atrás. El ducado…

El mundo de Mateo pareció detenerse. La presión en su pecho se intensificó y sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del celular.

—No quiero hablar de eso.

—Mateo —insistió Alexander —, es importante que entiendas tu responsabilidad. Pronto…

Y entonces, Mateo explotó.

—¡NO ESTÁ JODIDAMENTE BIEN! —gritó, su voz resonando en el vacío del departamento—. ¡NO ESTÁ BIEN CASARME CON LA PROMETIDA DE MI HERMANO, PAPÁ! ¡Y MENOS CUANDO ELLA ESTÁ ESPERANDO UN HIJO DE ÉL! ¡Y PARA COLMO, TODAVÍA LLORA SU MUERTE!

El silencio que siguió fue ensordecedor. Alexander no dijo nada. Y Mateo cerró los ojos, llevándose una mano al puente de la nariz mientras intentaba calmar su respiración.

—Papá... ―luchó por mantener la calma —. No quiero hablar de esto. ¿De acuerdo? Por ahora, no.

Del otro lado, Alexander asintió, aunque su voz sonó resignada.

—Está bien. Sin embargo, es mejor que te vayas haciendo a la idea. Si eso es todo, voy a colgar.

—¡No! —gritó, deteniéndolo—. Hay algo más que debes saber.

Alexander frunció el ceño desde el otro lado de la línea.

—¿Más?

—Esa mujer... la mujer del retrato ― Mateo tragó saliva, buscando las palabras adecuadas. Y Alexander se tensó al instante, su tono cambió, volviéndose casi solemne.

—Hijo, cuando conocí a Monike, tu madre...

—No estoy reprochándote nada, papá —lo interrumpió, con un deje de frustración—. Solo que... siempre has dicho que ella... que ella se fue embarazada, ¿no?

Alexander sintió cómo su corazón viejo y cansado comenzaba a acelerarse.

—Bueno, sí... Cuando me dejó, supe que estaba embarazada, pero... nunca di con su paradero.

Mateo cerró los ojos, recordando aquel rostro que había visto horas antes.

—Bueno... creo que hoy vi a su hija. —Hizo una pausa y su voz se quebró ligeramente—. Creo que… hoy vi a mi hermana.

Al otro lado de la línea, Alexander dejó escapar un jadeo ahogado. Su mano arrugada y temblorosa fue a su pecho intentando soportar el impacto de aquellas palabras.

—¿Qué... qué has dicho?

—La vi, papá. Tiene el mismo lunar de los Blackwell. Y su cara... por Dios, sus ojos son los mismos de esa mujer. Nadie puede parecerse tanto a otra persona.

La mano de Alexander temblaban mientras sujetaba el teléfono con fuerza.

—¿Estás seguro? ¿No te equivocaste?

—No, papá. Estoy seguro.

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde la viste?!

Mateo hizo una pausa, como si decirlo en voz alta fuera a cambiar algo.

—En casa de los Stanton.

[*]

Mansión Stanton

El silencio reinaba en el estudio, pero la mente de Lucien era un caos. Había releído la misma línea del informe al menos diez veces y, aun así, no lograba concentrarse, lo único que veía era el rostro de Grace cuando llegó. La decepción en sus ojos, la frialdad en su expresión.

Se inclinó hacia atrás en su silla, soltando un pesado suspiro. No soportaba esa sensación, tenia que verla, finalmente se puso de pie y salió del estudio, dirigiéndose a la cocina. Si conocía bien a Grace, y claro que la conocía, probablemente estaría allí, siguiendo su rutina habitual.

Cuando llegó el aroma dulce de vainilla y chocolate lo envolvió. Y ahí estaba ella, de espaldas, moviéndose con precisión mientras preparaba unas galletas para los niños. Grace ni siquiera levantó la vista al escuchar sus pasos.

Lucien se acercó despacio, fingiendo buscar algo en la cafetera. Tomó una taza y vertió café, aunque no tenía intención de beberlo. Su mirada, sin embargo, no podía apartarse de ella.

—¿Sabes? —dijo rompiendo el silencio con un tono que intentaba ser ligero—. Creo que los niños no volverán a pedir galletas de Ben’s las tuyas son sus preferidas.

Grace no respondió. Ni siquiera lo miró. Simplemente continuó con lo suyo, como si él no estuviera ahí.

El apretó la taza en sus manos, la indiferencia de Grace era un golpe silencioso, uno que lo desarmaba más de lo que jamás habría imaginado.

Cuando ella terminó de colocar las galletas en una bandeja y se giró para salir de la cocina, él dio un paso adelante, bloqueándole el paso.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami!