CAPITULO 69- MAMÁ HADA.
Y justo cuando el espacio entre ellos estaba a punto de desaparecer, el carrito se sacudió bruscamente, deteniéndose de golpe. Grace dio un pequeño respingo, como si la realidad la hubiera arrancado de golpe del momento. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó las voces de los trillizos, que ya se estaban levantando de sus asientos.
―¡Grace! ―exclamó Emma, con los ojos brillando de emoción―. ¿Te asustaste?¿verdad?
Ella parpadeó rápidamente, intentando recomponerse. Su rostro estaba visiblemente sonrojado, y su respiración aún no volvía a la normalidad. Con una risa nerviosa, se apartó de Lucien, que seguía observándola con esa mirada intensa y fija.
―¿Miedo? ―dijo, tratando de recuperar el control de su voz mientras se levantaba apresuradamente―. ¡Claro que no! Sólo… sólo fue una tonteria. Nada de qué preocuparse.
―Parecía que sí te asustaste ―dijo James, mirándola con curiosidad mientras ladeaba la cabeza―. Tu cara está roja.
Grace sintió cómo su rostro se encendía aún más y soltó una risa nerviosa, agitando las manos como si quisiera disipar la atención de los pequeños.
―¡No digas tonterías! ―exclamó rápidamente―. Vamos, bajemos del carrito. Ya es hora de seguir con nuestra aventura, ¿no creen?
Los trillizos saltaron del carrito emocionados, tomando la mano de Grace, James empezó a hablar con entusiasmo mientras Lucien los seguia.
El cielo oscureció, y las luces de doradas crearon un ambiente cálido y acogedor. Grace, Lucien y los trillizos se encontraban sentados en unas mesas de madera, disfrutando de un respiro después de un día lleno de emociones. Los niños devoraban sus helados, parloteando emocionados sobre todas las atracciones que habían visitado.
Emma, con su carita llena de dulzura y una manchita de helado en la nariz, levantó la mirada hacia Grace con ojos brillantes.
—Grace —dijo con una vocecita suave y tierna—. Creo que tú eres como... como una mamá hada para nosotros.
Ella, que estaba a punto de probar su helado, se detuvo. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, pero parpadeó rápidamente, tratando de mantener la compostura. Su corazón se apretó al escuchar esas palabras tan puras salir de la boca de su hija. Pero antes de que pudiera responder, James, que siempre decía lo que pensaba sin rodeos, se adelantó.
—Yo no quiero que papá se case con Alessia —dijo con un puchero en los labios—. No me gusta. Ella no sabe hacer panqueques con caritas felices.
El comentario cayó como una bomba en la mesa. Lucien abrió la boca, pero no salió palabra alguna. Sus ojos se movieron entre James y Grace, buscando algo que decir, pero los pequeños ya estaban corriendo junto a Emma hacia un espectáculo de malabares cercano, riendo y señalando las piruetas.
Grace y Lucien quedaron solos en la mesa, sumidos en un silencio que parecía más grande que el parque entero. Ella, incómoda, mordió su barquilla, tratando de encontrar algo que hacer con sus manos. Mientras lo hacía, un poco de helado quedó en la comisura de sus labios.
Lucien, que la observaba, no pudo evitar sonreír con ternura.
—Tienes helado —dijo, señalando con el dedo.
Grace parpadeó y estaba a punto de limpiarse, cuando él se inclinó hacia ella. En un movimiento suave, levantó la mano y limpió el pequeño rastro de helado con su dedo. La cercanía de su rostro, el toque de su piel, hicieron que Grace se quedara sin aire.
—Listo —murmuró él, como si estuviera compartiendo un secreto.

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