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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 60

CAPÍTULO 60 – ACOSTUMBRADA A PELEAR.

Grace sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no permitió que su expresión lo reflejara. En cambio, alzó el rostro con calma, aunque sus manos permanecían tensas junto a su cuerpo.

—Bueno... dígame, señor Stanton. ¿Qué quiere decirme? —respondió con un tono neutro, pero firme.

El viejo entrecerró los ojos, como si la estudiara, y luego chasqueó la lengua con evidente desaprobación. Su postura era rígida, y la manera en que ladeó la cabeza dejaba claro que no tenía intención alguna de ocultar su desprecio.

—Voy a ser directo, señorita Bradford —comenzó, con un tono frío y calculador—. No eres adecuada para mi nieto. No lo eres, ni lo serás jamás. Aaron merece estar con alguien de su nivel, alguien que entienda lo que significa llevar el apellido Stanton. Y tú... bueno, tú no tienes nada que ofrecerle. Ni estatus, ni dinero, ni una familia respetable. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran, y luego dejó escapar una risa breve, seca, que no alcanzó sus ojos—. Y como sé que todo tiene un precio. Dime, ¿cuánto necesitas para desaparecer de nuestras vidas?

Grace sintió cómo sus mejillas se calentaban, pero no de vergüenza, sino de indignación. Sin embargo, no dejó que esa emoción la dominara. En lugar de eso, respiró hondo y lo miró directamente a los ojos. Había algo en su postura que hablaba de una fortaleza que el anciano claramente no esperaba.

—¿Y cuánto necesita usted para comprar un poco de respeto, señor Stanton? —respondió con serenidad—. Porque parece que le falta bastante.

El anciano la miró fijamente, y por un instante, el aire en la habitación pareció detenerse. No esperaba esa respuesta. Había tratado con innumerables personas a lo largo de su vida, hombres y mujeres que se doblegaban ante su mirada fría y su autoridad indiscutible.

Pero Grace Bradford no parecía ser una de ellas.

A pesar de ello, Alaric Stanton no perdió la compostura. Su rostro permaneció impasible, y una sonrisa helada se dibujó en sus labios, como si la situación no le afectara en absoluto.

—Eres valiente o demasiado estúpida —dijo con un tono pausado, casi susurrante, pero cargado de amenaza—. Pero deberías saber que las personas que desafían a los Stanton rara vez terminan bien. La vida tiene una forma curiosa de enseñarle a la gente su lugar, señorita Bradford. Y créeme, siempre lo hace.

Ella sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda, pero no era miedo, sino indignación y determinación. Había pasado por demasiado en su vida como para dejarse intimidar por un hombre poderoso, incluso uno como Alaric Stanton.

Su padre le había enseñado, de la peor manera posible, cómo sobrevivir al control y la manipulación de hombres que creían tener derecho a todo. Así que, en lugar de retroceder, esbozó una pequeña sonrisa, una que no llegó a sus ojos.

—¿Sabe algo, señor Stanton? —comenzó, con un tono calmado pero lleno de significado—. Cuando era niña, conocí a muchas personas como usted. Personas que pensaban que podían definir mi valor basándose en lo que tenía o en lo que no tenía. Personas que intentaron hacerme sentir pequeña, insignificante. Pero le diré algo: esas personas me enseñaron. Me enseñaron a no dejarme intimidar por miradas altivas ni palabras vacías. Y, sobre todo, me enseñaron a no permitir que nadie me dijera cuál era mi lugar en el mundo. Así que, no, señor Stanton, no voy a desaparecer. No por usted, ni por nadie.

Alaric la observó en silencio y, por un breve instante, pareció que las palabras de Grace lo habían dejado sin respuesta, pero no era un hombre que aceptara la derrota tan fácilmente.

—Interesante historia, señorita Bradford. ¿Y esos hombres de los que habla eran los del bar de mala muerte donde trabajaba? —preguntó con una ironía punzante, buscando herirla.

Grace parpadeó, sorprendida. No esperaba que él supiera algo tan personal, y por un breve momento, su mente se llenó de preguntas. ¿Cuánto sabía Alaric Stanton sobre ella? ¿Hasta dónde había llegado para investigarla? El anciano notó ese pequeño destello de nerviosismo en sus ojos y lo disfrutó. Era su victoria, aunque fuera momentánea.

—Oh, sí, lo sé todo sobre usted, señorita Bradford —continuó—. Sé de sus trabajos insignificantes. Sé que no tiene absolutamente nada que ofrecerle a Aaron, ni a mis bisnietos. Usted es... prescindible. Y eso es lo que estoy dispuesto a demostrarle.

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