CAPÍTULO 56 - ELLA SE IBA A CASAR.
Grace lo miró, todavía pegada contra la pared, con el pecho subiendo y bajando rápido. Su respiración era irregular, pero no por miedo, sino por la intensidad del momento. A pesar de todo, no podía negar que la cercanía de Lucien la afectaba, aunque odiaba que él lo supiera.
—¿Y si lo hice? —respondió con un tono desafiante, inclinando ligeramente el rostro hacia él—. ¿Qué harías? ¿Golpearlo? ¿Montar una escena? ¿O simplemente seguir actuando como un niño que no sabe lo que quiere?
Lucien parpadeó, sorprendido por su respuesta. Sus dedos temblaron levemente sobre su mandíbula, y por un instante, su expresión se suavizó, como si sus palabras lo hubieran alcanzado en un lugar más profundo de lo que esperaba. Pero luego, el fuego regresó a sus ojos.
—Lo que quiero está justo frente a mí —sentenció, acercándose más —. Y no voy a dejar que alguien más lo tome… que alguien más te tome.
Antes de que Grace pudiera responder, Lucien cerró la distancia entre ellos y la besó. Fue un beso desesperado, lleno de rabia, de deseo, de todo lo que había estado reprimiendo durante tanto tiempo. Y por un instante, Grace se quedó inmóvil, sorprendida por la intensidad. Pero luego, algo dentro de ella se rompió, y, contra su mejor juicio, le devolvió el beso.
El mundo pareció detenerse.
La fuerza del momento los envolvió, y por un segundo, nada más importó. Pero solo por un segundo.
De repente, Grace lo apartó con ambas manos, empujándolo con fuerza. Su pecho subía y bajaba, y sus labios estaban ligeramente hinchados por el beso.
—¡¿Qué m****a te pasa, Lucien?! —le soltó, limpiándose los labios con el dorso de la mano, como si quisiera borrar lo que había pasado.
Él se quedó ahí, parado, mirándola. Sus ojos seguían clavados en los de ella, pero ahora había algo más. Algo que parecía dolor. O arrepentimiento. Pero no dijo nada.
—¿Crees que puedes besarme cuando se te antoje? —continuó Grace, sin darle tiempo a reaccionar. Su voz temblaba, pero no iba a dejar que él lo notara—. ¡Acabas de anunciar tu boda, Lucien! ¡Tu m*****a boda! —dijo, dejando escapar una risa amarga—. ¿Qué pretendes? ¿Que sea tu amante? ¿Que espere como una tonta a que te canses de tu vida perfecta para volver a mí?
Lucien negó con la cabeza, dando un paso hacia ella.
—Grace, esa boda...
—¡No te acerques! —lo cortó, levantando una mano como una barrera—. No te atrevas a dar un paso más, Lucien. ¿Crees que puedes jugar conmigo otra vez? ¿Que voy a ser la misma tonta de hace siete años? Pues escucha bien: No soy esa mujer. Esa mujer murió el día que me dejaste sola, embarazada.
Lucien bajó la mirada, sus manos temblaron ligeramente a sus costados. Quería decir algo, pero las palabras parecían atorarse en su garganta.
—Y no, no me arrepiento de ese error —continuó ella, con la voz firme aunque sus manos apretaban los puños a los lados—. Porque gracias a eso tengo a mis hijos. Pero si por un segundo crees que voy a volver a tu cama, que voy a ser tu refugio mientras juegas a ser el hombre perfecto para otra mujer, estás muy equivocado. No soy tu consuelo, Lucien. No soy tu segunda opción. Y jamás volveré a serlo.
Él dio un paso hacia ella, con los ojos llenos de súplica.
—Grace, yo...
—Quédate con tu boda, Lucien. Quédate con tu vida perfecta. Pero no vuelvas a buscarme. Porque no voy a dejar que me rompas de nuevo. Porque voy a casarme con otro.
Ella lo miró por última vez, antes de girarse y salir. Lucien se quedó allí, mirando la puerta, su mente estaba en blanco, incapaz de procesar el huracán de emociones que lo atravesaba. Sus manos temblaban, apretándose en puños a los costados.
—¡Mierda! —rugió de repente.
Su furia estalló como un torrente incontrolable. Agarró la primera cosa que encontró a su alcance —una lámpara— y la lanzó contra la pared. El sonido del vidrio rompiéndose llenó el espacio, pero no fue suficiente para calmar el ardor en su pecho.
—¡Joder! —volvió a gritar, tirando una silla al suelo con un golpe seco.

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