CAPITULO 53- CITA A CIEGAS FALLIDA.
En otra parte, de la ciudad, Kate De Winter estacionó su auto frente al lujoso restaurante, un lugar que destilaba elegancia y exclusividad. Para ese día, había dejado de lado sus habituales jeans de policía. Y en su lugar, llevaba un vestido de corte elegante y sofisticado, con un diseño que resaltaba su figura de manera sutil pero sin llegar a ser provocativo.
Antes de avanzar hacia la entrada, su teléfono sonó. Al ver el nombre de su madre en la pantalla, suspiró profundamente.
—¿Qué pasa, mamá?
—Kate, por favor, no vayas a sabotear esta cita —dijo su madre con un tono firme, pero cargado de preocupación—. El señor Harrington es un excelente prospecto. Es un hombre importante en Londres, dirige una de las firmas legales más prestigiosas del país. ¡Esto no es cualquier cosa!
Kate cerró los ojos un momento, conteniendo una respuesta sarcástica. Sabía que su madre estaba completamente obsesionada con la idea de emparejarla con alguien "adecuado".
—Mamá, no voy a sabotear nada, ¿de acuerdo? —respondió con un tono cansado —. Solo voy a cenar con él. Eso es todo.
—Eso espero, Kate. Porque no puedes seguir rechazando a todos los hombres que te presento. Ya no eres una niña, necesitas tomarte esto en serio. No olvides que necesitas casarte.
La última frase hizo que Kate apretara los labios, luchando por no soltar un comentario mordaz. En cambio, dejó escapar un audible suspiro y respondió con un simple:
—Sí, mamá. Lo tengo claro.
—Bien. Y recuerda ser amable, ¿de acuerdo? —añadió su madre, con ese tono que siempre usaba cuando quería asegurarse de que Kate no arruinara sus planes.
—Sí, mamá. Seré un encanto —contestó, con un toque de ironía que su madre probablemente ignoró.
—Perfecto. Llámame después para contarme cómo te fue.
—Claro, mamá. Adiós.
Kate colgó la llamada y guardó el teléfono en su bolso. Miró nuevamente el restaurante y dejo escapar otro suspiro, esta vez más resignado.
Cuando entró sus ojos recorrieron el lugar con rapidez y no tardó mucho en identificar a su cita: un hombre de apariencia madura, con cabello entrecano perfectamente peinado, gafas de montura delgada y un porte que gritaba "quisquilloso". Estaba sentado con la espalda recta, como si la silla fuera un trono, y al verla, alzó la mano con un gesto breve y seco.
Kate forzó una sonrisa, intentando parecer más entusiasta de lo que realmente estaba, cuando llegó a la mesa, extendió la mano con cortesía.
—Hola, soy Kate. Perdón por...
Sus palabras se cortaron abruptamente cuando el hombre ni siquiera se molestó en estrecharle la mano. La dejó ahí, con la mano extendida en el aire, mientras él simplemente la miraba con una expresión impasible. Kate, incómoda, bajó lentamente la mano y se sentó, intentando mantener la compostura.
—Eh, bueno... lamento llegar tarde —dijo mientras se acomodaba en la silla, aunque técnicamente había llegado a tiempo.
El hombre no respondió de inmediato. En lugar de eso, la miró de arriba a abajo, como si estuviera inspeccionando un caballo en una subasta. Kate sintió un escalofrío de incomodidad recorrerle la espalda, pero se obligó a no decir nada.
Después de lo que pareció una eternidad, el hombre sacó un pequeño bloc de notas del bolsillo interior de su chaqueta y carraspeó antes de hablar.
—Bien —dijo, con un tono que sonaba más a una entrevista de trabajo que a una cita—. Antes de continuar, quiero dejar claras mis expectativas. Creo que es mejor ser directo desde el principio, ¿no te parece?
Ella parpadeó, sorprendida, pero asintió lentamente, sin saber exactamente qué responder. El hombre ajustó sus gafas y comenzó a leer de su lista, con la misma seriedad de quien lee un contrato.
—Primero, necesito una mujer que sea puntual. No tolero retrasos, ni siquiera de cinco minutos. Eso demuestra falta de respeto por el tiempo de los demás.
Kate abrió la boca para decir algo, pero él continuó sin darle oportunidad.
—Segundo, debe ser organizada. No soporto el desorden en ninguna forma. Si vamos a compartir un espacio en el futuro, espero que todo esté en perfecto orden en todo momento.
La perplejidad de Kate creció, pero el hombre seguía hablando, imperturbable.

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