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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 37

CAPITULO 37- NO VOY A PARAR.

—¿Harina? —repitió Lucien, intentando sonar casual mientras limpiaba la comisura de sus labios —. No es nada, Alessia. Debe ser de... algún bocadillo en la cocina. Ya sabes, estaba probando algo.

Sin darle tiempo a replicar, caminó hacia el baño, tomó una toalla y comenzó a limpiarse con movimientos rápidos.

—¿Qué querías? —preguntó desde el baño, mirando a Alessia por el reflejo en el espejo. Su tono era seco, casi mecánico.

Ella apretó las manos, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en sus palmas, pero se obligó a sonreír mientras lo seguía con la mirada.

—Quería hablar de la luna de miel —dijo con dulzura medida—. La boda será en unas semanas, Lucien, y todavía no hemos decidido a dónde iremos.

El detuvo sus movimientos, la toalla colgando de su mano, antes de girarse hacia ella con una expresión de fastidio apenas disimulado.

—Alessia, puedes elegir lo que quieras. A mí realmente no me importa. —Hizo un gesto vago, como si estuviera apartando un mosquito molesto—. Haz lo que prefieras, pero no me atosigues con esas tonterías ahora, ¿quieres?

El corazón de Alessia pareció hundirse un instante, pero mantuvo su compostura. Dio un paso hacia él, observándolo con detenimiento. Entonces, algo la golpeó como un relámpago: un aroma familiar pero irritante.

—¿Por qué hueles a perfume barato, Lucien? —preguntó arrugando la nariz con desagrado.

Lucien se tensó. Por un segundo, su rostro pareció congelarse antes de retroceder, creando distancia entre ambos.

—¿Perfume? No sé de qué hablas. —Su incomodidad era evidente, aunque intentó sonar despreocupado—. Mira, Alessia, decide tú dónde será la luna de miel. Tengo muchas cosas más importantes en la cabeza, ¿de acuerdo? No voy a estar pensando a donde ir y todas esas tonterías.

Sin esperar respuesta, Lucien salió del baño y abandonó la habitación, dejando a Alessia sola con sus pensamientos y su creciente furia.

Ella se quedó inmóvil, su cuerpo temblando mientras procesaba lo que acababa de suceder. Sus labios se apretaron en una línea fina, y sus ojos chispearon de rabia y rencor.

—Perfume barato... de mujer. —Su mente no dejaba lugar a dudas. Grace.

Ahora estaba segura. Lucien y ella tenían una aventura, y si pensaban que podrían burlarse de ella, se llevarían una gran sorpresa. Con los puños aún cerrados, Alessia respiró hondo, preparándose para lo que vendría.

Por otro lado, Grace no salió de su habitación el resto del día. Había hablado con la señora Hargrove para decirle que se sentía mal, lo cual, aunque parecía una excusa, no lo era del todo. La vergüenza la consumía. No podía enfrentarse a nadie, después de lo que había ocurrido.

Sin embargo, como todas las noches, se levantó para cumplir con su deber. Entró a la habitación de los niños con un libro entre las manos, lista para leerles su cuento antes de dormir. Pero esta vez, apenas y entendía las palabras que salían de su boca. Su mente estaba en otro lugar: en Lucien, en cómo la había mirado y en todo lo que le había hecho sentir.

Esos pensamientos no hicieron más que remover recuerdos viejos, emociones que creyó enterradas hacía años. ¿Cómo había permitido que algo así volviera a sucederle? Se sintió débil, frágil, y odiaba esa sensación.

Cuando miró a los niños, vio que ya estaban dormidos. Cerró el libro con cuidado y se inclinó para darles un beso en la frente a cada uno.

—Buenas noches, mis pequeños.

Salió de la habitación en silencio, pero su corazón latía con fuerza, no obstante se fue a dormir.

Por otro lado, Lucien regresaba de un paseo por el jardín. El insomnio lo había vencido, y pensó que un poco de aire fresco lo ayudaría a despejarse. Mientras caminaba por el pasillo hacia su habitación, un sonido suave lo detuvo en seco.

Eran gemidos.

Frunció el ceño, intentando ubicar de dónde provenían. Los sonidos eran bajos, pero cargados de angustia. Entonces lo escuchó con más claridad:

—No… por favor… no se los lleven… —La voz de Grace, quebrada y suplicante, lo atravesó como un cuchillo

Se tensó, preocupado. Y sin pensarlo, caminó rápidamente hacia la habitación de la niñera. Abrió la puerta con cuidado y la vio. Grace estaba enredada en las sábanas, luchando contra algo invisible. Su frente estaba perlada de sudor, y su respiración era irregular, como si algo la oprimiera.

—Grace… —susurró, acercándose rápidamente a la cama. Se sentó a su lado y tocó su hombro, intentando despertarla con suavidad—. Grace, despierta. Solo es una pesadilla. Estoy aquí.

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