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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 36

CAPÍTULO 36 - ¿ESO ES HARINA?

El beso no fue suave ni delicado. Fue una tormenta desatada. La fuerza con la que Lucien la besó la dejó sin aliento, como si quisiera reclamarla, como si estuviera dispuesto a destruir cualquier barrera entre ellos. Grace, sorprendida, intentó resistirse al principio y sus manos empujaron débilmente su pecho, pero la intensidad del hombre delante de ella era un huracán que la arrastraba sin remedio.

Lucien no cedió.

Su boca no solo demandaba, también ofrecía; su beso era una batalla feroz, cada movimiento una declaración de que él sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—…No… no puedes… —Grace intentó murmurar entre sus labios, pero el calor que emanaba de Lucien la quemaba desde dentro, derritiendo su resistencia poco a poco. Sus dedos temblaron antes de finalmente aferrarse a su camisa, y poco a poco, su resistencia comenzó a desmoronarse.

Él profundizó el beso, inclinando su cabeza ligeramente para explorar cada rincón de su boca con una destreza que no dejaba lugar a dudas: él era un hombre que sabía cómo reclamar lo que deseaba. Sus manos, grandes y ásperas, se movieron con lentitud calculada, delineando la curva de su cintura con una caricia que le arrancó un suspiro involuntario.

Grace jadeó de nuevo cuando sintió la mano de Lucien colarse bajo su blusa; su piel ardió bajo el contacto de sus dedos. Pero él no tenía prisa, cada movimiento era calculado, como si quisiera grabar en su memoria cada centímetro de ella.

Ella no podía pensar con claridad.

Todo lo que existía era Lucien: su aroma, la calidez de su cuerpo, la forma en que sus labios y manos la hacían sentir viva, deseada, amada. Dejó que sus propias manos se deslizaran por su cuello, aferrándose a él como si fuera su única ancla.

Y de repente, sin previo aviso, Lucien la levantó en brazos. Ella soltó un pequeño grito, pero no protestó. Sus brazos rodearon nuevamente su cuello, y sus ojos, ahora nublados por el deseo, buscaron los de él.

—No voy a detenerme, Grace —murmuró él, dejándole claro que no era una pregunta, era una declaración.

Lucien la besó de nuevo, esta vez con más ansias, como si quisiera devorarla, como si no pudiera saciarse de ella. Su hambre era palpable, cada movimiento de su boca sobre la de ella una muestra de la pasión incontrolable que lo poseía. Grace cerró los ojos y dejó que él tomara lo que quisiera; sus labios se amoldaron a los suyos mientras su corazón latía con fuerza.

—Eres mía, Grace —murmuró y sus labios se deslizaron hacia su clavícula, dejando un rastro ardiente sobre su piel. De repente, con movimientos seguros y decididos, bajó su blusa, dejando al descubierto un pecho que reclamó con su boca.

Grace gimió suavemente, su cuerpo respondiendo sin control, cada caricia encendiendo un fuego en su interior. Cerró los ojos, dejando que su cuerpo se entregara a él, dejando que tomara lo que quisiera. Lucien estaba completamente fuera de control, como un hombre que había esperado demasiado tiempo para tener lo que deseaba y ahora no podía contenerse.

Pero entonces, una chispa de razón se encendió dentro de ella. Todo esto estaba mal, profundamente mal. Lucien tenía una prometida. Estaba comprometido a casarse, y lo que estaba sucediendo entre ellos era un error que no podía permitirse continuar.

Abrió los ojos, la realización golpeándola con fuerza.

—No… —susurró, tratando de apartarlo.

Pero él no la escuchó. Lucien solo sentía, perdido en el deseo que lo consumía.

—¡Lucien, para! —dijo con más fuerza y ansia. Pero él no se detuvo.

Desesperada, lo empujó con toda la fuerza que pudo reunir. Lucien tambaleó y cayó sobre la cama, sorprendido por el repentino cambio.

Grace se puso de pie de inmediato, con la respiración agitada y el rubor tiñendo sus mejillas. Lo miró llena de vergüenza, su pecho subía y bajaba rápidamente, y su mente estaba llena de un caos de emociones.

No podía creer lo que había estado a punto de suceder, lo que había permitido.

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