CAPÍTULO 33- ¿ACEPTAS SER MI NOVIA?
El corazón de Lucien se detuvo por un momento. Las palabras de su hijo lo golpearon con tanta fuerza que sintió que apenas podía respirar. Pero antes de que pudiera reaccionar, James salió corriendo de la sala.
—¡James, cariño! —exclamó la señora Hargrove, siguiéndolo rápidamente.
Olivia y Emma se aferraron aún más a Grace, llorando con tanta fuerza que apenas podían respirar.
En ese momento, Aaron entró a la sala y también se detuvo en seco cuando vio la escena.
—¡Wow! ¿Qué es esto? ¿Un concurso de quién llora más? Porque, honestamente, creo que Emma y Olivia llevan la delantera.
Olivia, que estaba abrazando a Grace, se apartó rápidamente y corrió hacia él con los ojos llorosos.
—¡Tío Aaron! —suplicó la niña, tirando de su camisa—. No dejes que Grace se vaya. ¡Por favor, no dejes que se vaya!
Aaron frunció las cejas, mirando primero a Grace y luego a Lucien, que permanecía serio al otro lado de la habitación.
—¿Irte? ¿De verdad te vas? —preguntó, desconcertado—. Creí que lo decías en broma...
Emma intervino entre sollozos.
—¡Se irá, tío! —dijo con vocecita triste—. Papá dice que su contrato terminó, pero no queremos que nos deje.
La niña rompió a llorar nuevamente, y Aaron suspiró, claramente afectado. Por un momento, su expresión relajada desapareció y miró a Lucien con seriedad.
—Oye... ¿De verdad vas a dejar que se vaya? —dijo, señalando a Grace—. ¿Qué carajos pasa contigo? Es una buena niñera, y le hace bien a los niños.
Lucien tensó la mandíbula y respiró profundamente antes de responder. Su mirada seguía fija en Grace, pero su voz salió baja y contenida.
—¿Qué parte de...?
Pero Aaron lo interrumpió, alzando una mano.
—Sí, sí, ya sé lo que vas a decir, pero no soy tan desalmado como tú, Lucien. ¡Míralas! —exclamó, señalando a las niñas—. Están llorando. ¿Es que no sientes nada?
Aaron dio un paso hacia él, con la voz ahora fría y firme.
—Ellos necesitan a Grace, y tú les estás quitando lo más parecido a una madre que han tenido en años. Y ¿sabes qué? No tengo hijos, pero algo sí te diré: si los tuviera, si estos trillizos fueran míos, no los haría sufrir como los estás haciendo sufrir ahora.
De repente, Lucien explotó, incapaz de contenerse más.
—¡Cállate, Aaron! —gritó—. ¡Tú no sabes una m****a! ¡Así que no me vengas con putos sermones!
Aaron ni siquiera se inmutó y su tono seguía siendo desafiante.
—No, por supuesto que no sé nada. Pero aunque no sepa, sí voy a hacer algo. No voy a permitir que los trillizos sufran por tu amargura, Lucien.
Lucien lo miró con incredulidad, sus cejas fruncidas y su mandíbula aún más tensa. De repente, dejó escapar una risa seca y burlona.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Eh? ¿Contratarla tú? Porque esta es mi casa, Aaron, y tú eres un invitado.
—Tienes razón, es tu casa. —Aaron sostuvo su mirada con dureza, sin retroceder ni un centímetro—. Pero como miembro de esta familia, no puedes echarme, y lo sabes. Y como parte de esta familia, cualquier persona que esté conmigo tendrá el mismo trato que yo.
Dicho esto, Aaron se giró hacia Grace, que lo miraba con los ojos abiertos de par en par. Caminó hacia ella con decisión y tomó una de sus manos.
—Grace Bradford, ¿aceptas ser mi novia?
La habitación quedó en silencio absoluto. Las niñas dejaron de llorar, Lucien lo miró con incredulidad, y Grace... simplemente no sabía qué decir.
El corazón de Lucien latía con fuerza, como un tambor sordo que resonaba en sus oídos. Y sus ojos se estrecharon cuando observó la mano de Aaron descansando sobre la de Grace, sintió cómo algo dentro de él ardía, como si su pecho estuviera a punto de estallar.
«¿Cómo se atrevía?» pensó con posesividad.
De pronto, y sin poder contenerse más, soltó una risa seca y se encogió de hombros con una indiferencia que parecía ensayada.
—¿En serio, Aaron? ¿Tanto drama por una novia? —Su voz sonó desinteresada, casi aburrida, pero sus ojos oscuros contaban otra historia: una en la que una tormenta estaba a punto de desatarse—. No es necesario tanto alboroto. Si la señorita Bradford quiere quedarse, que se quede. No me molesta en lo más mínimo.
Las palabras de Lucien cayeron como un bálsamo para las niñas. Y sus rostros de Emma y Olivia se iluminaron de inmediato, sus pequeños ojitos brillando de felicidad. Sin pensarlo dos veces, corrieron hacia Grace y la abrazaron con fuerza.
—¡Grace, te quedas! ¡Te quedas! —gritó Emma, apretándola con sus pequeños brazos.

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