CAPÍTULO 32: ¡SOLO GRACE!
—Nuestro contrato ha terminado. James está curado. Así que... ya puedo dejar de ser la niñera.
Lucien la miró fijo, procesando sus palabras. Por dentro, estaba verdaderamente afectado, pero recurrió a su frialdad, su única defensa para controlar la situación. Sabía que el control era lo único que le permitía no enfrentarse a sus sentimientos.
—Bien —dijo, su voz afilada como una cuchilla—. Si eso es lo que quiere. No será difícil encontrar a alguien que pueda hacer su trabajo, señorita Bradford. No es indispensable.
Aquellas palabras cayeron sobre Grace como un golpe directo al corazón. A pesar de estar claramente herida, se mantuvo firme. Aaron, que observaba la escena en silencio, sabía que Lucien no estaba siendo sincero.
—Primo... —intervino Aaron, con cautela—. ¿No crees que estás siendo demasiado exagerado? Piensa en los niños...
Lucien giró la cabeza lentamente hacia Aaron, con una mirada helada.
—Deja de meterte en lo que no te incumbe, Aaron.
Aaron estaba acostumbrado a la frialdad de su primo, pero esta vez le pareció que estaba yendo demasiado lejos. Abrió la boca para decir algo, pero Lucien lo interrumpió antes de que pudiera hacerlo.
—Mañana por la mañana tendrá su pago, señorita Bradford. Espero que se vaya cuanto antes.
Lucien se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Grace lo observó alejarse, con los ojos llenos de lágrimas. Su corazón estaba roto. Sentía que había cometido un error al decir aquello. Pensó en los niños, en James, y la angustia la envolvió. No podía dejarlos. No podía ser tan estúpida.
—Señor Stanton... ¡Espere! ¡Se...! —gritó, intentando ir tras él.
Pero Aaron la detuvo, tomándola suavemente del brazo.
—Déjalo, Grace. No servirá de nada. Lo conozco y... —miró en la dirección en la que Lucien se había ido—. No cambiará de opinión.
Grace se derrumbó, su labio temblaba mientras las lágrimas comenzaban a caer. De repente, escondió su rostro en el pecho de Aaron, buscando consuelo en medio del dolor.
Mientras tanto, ocultas entre los arbustos, Lucrecia y Alessia observaban la escena con malicia. Lucrecia sonrió con satisfacción mientras se giraba hacia su hija.
—Parece que la sirvienta se ha botado ella misma —dijo con una risa burlona—. Lucien ha ordenado que se marche por la mañana.
Los ojos de Alessia brillaron de pura complacencia.
—Perfecto, mami. Todo salió… mejor que nunca.
Ambas intercambiaron miradas cómplices y sonrisas victoriosas, disfrutando del caos que habían ayudado a desatar.
A la mañana siguiente, el salón principal estaba sumido en llanto. Los trillizos no soltaban a Grace, aferrándose a ella con todas sus fuerzas. Sus caritas estaban rojas, llenas de lágrimas, y sus pequeños cuerpos temblaban mientras lloraban desconsolados. Grace los abrazaba, sintiendo cómo su corazón se rompía en pedazos al verlos sufrir de esa manera.
La noche anterior había hablado desde la rabia. Lucien la había humillado tantas veces sin razón, que por un instante había deseado devolverle el golpe con sus palabras. Pero ahora, esas mismas palabras estaban en su contra. No quería abandonar a los niños, sus niños. Eran su vida, y verlos así le hacía cuestionarse todo.
—¡No te vayas, Grace! —gritó Emma, sus manitas apretando la falda de Grace como si eso pudiera evitar que se alejara—. ¡Por favor, no nos dejes!

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