Entrar Via

LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 31

CAPÍTULO 31 - DEJAR DE SER LA NIÑERA.

Lucien permanecía inmóvil, su rostro una máscara de acero. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se posaron en Lucrecia con un desdén que hizo que el aire pareciera más pesado.

—Lucrecia, no estoy acostumbrado a recibir órdenes. Y mucho menos en mi propia casa.

El silencio que siguió fue tan tenso que parecía que nadie se atrevía a respirar. Alessia dejó escapar un jadeo, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Dio un paso al frente, colocándose frente a Lucien con una expresión que intentaba ser lastimera, aunque en sus ojos brillaba la furia contenida.

—Lucien, por favor... soy tu prometida —dijo con voz quebradiza, intentando sonar vulnerable—. No puedes permitir que algo así quede sin consecuencias. ¿Qué pensarán los demás si ven que no haces nada? Solo quiero sentirme protegida por ti.

Antes de que él pudiera responder, Lucrecia, como siempre, intervino, su tono cargado de indignación.

—¿No ves lo humillante que es esto, Lucien? Alessia es una dama, ¡tu futura esposa! No puede ser atacada por alguien como... esa mujer. Una sirvienta. Tienes que demostrar que no tolerarás este tipo de faltas de respeto.

La mandíbula de Lucien se tensó, y sus manos se cerraron en puños. Sus ojos, ahora oscuros y peligrosos, se enfocaron primero en Lucrecia y luego en Alessia, como si evaluara cada palabra que habían dicho.

—Yo decido quién trabaja aquí y quién no. Así que… no vuelvan a decirme lo que debo hacer.

Su tono era bajo, pero cada palabra llevaba un filo cortante que dejó a ambas mujeres en silencio. Sin embargo, antes de que pudiera añadir algo más, Grace salió corriendo.

Lucien la siguió con la mirada, su cuerpo tensándose como si estuviera a punto de ir tras ella. Dio un paso adelante, pero Alessia se aferró a su brazo desesperadamente.

—¡Lucien! —gimió ella, su voz llena de frustración—. Ella me atacó solo porque intenté ayudarla. Le di algunos consejos de moda, nada más. ¿Has visto cómo estaba vestida? Era horrible, no podía dejar que anduviera así. Y aun así, reaccionó de esa forma… ¡es una desagradecida!

Pero él no escuchó su explicación. Su mente estaba en Grace, en la forma en que había salido corriendo, en las lágrimas que había visto en sus ojos. Con un movimiento seco, apartó a Alessia, su mirada dura y su rostro marcado por el fastidio.

—Voy por un trago —murmuró, sin molestarse en mirarla mientras se daba la vuelta para irse.

Grace corría con prisa, cruzando el jardín trasero de la mansión. El frío aire de la tarde le golpeaba el rostro, pero no podía detenerse. Se llevó las manos a los ojos, secándose las lágrimas con torpeza. Había soportado muchas cosas desde que dejó atrás el estilo de vida que tenía con William: las humillaciones constantes en sus trabajos, los comentarios venenosos y las miradas lujuriosas de los hombres del club. Siempre había sido fuerte, siempre había mantenido la cabeza en alto, porque no le importaba lo que pensaran de ella. Pero esta vez… esta vez le dolió.

—No llores, Grace… —murmuró para sí misma, intentando calmarse mientras caminaba apresuradamente, con la cabeza baja.

De repente, chocó contra algo sólido, un pecho firme que la detuvo en seco. Dio un pequeño jadeo y retrocedió un paso.

—L-Lo siento —dijo rápidamente, levantando la vista.

Frente a ella estaba Aaron, con su característica sonrisa amplia y traviesa. Su cabello despeinado y su camisa ligeramente desabotonada le daban ese aire despreocupado que siempre parecía acompañarlo.

—Vaya —dijo con un tono juguetón, llevándose una mano al pecho como si estuviera herido—. No esperaba encontrarte corriendo hacia mí, Grace.

Ella bajó la mirada, intentando ocultar las lágrimas que todavía luchaban por salir. Pero Aaron, siempre atento, notó el brillo húmedo en sus ojos. Su sonrisa se desvaneció de inmediato, reemplazada por una expresión seria y preocupada. Sin pensarlo, levantó una mano y acunó suavemente el rostro de Grace, usando su pulgar para secar una lágrima que se deslizaba por su mejilla.

—Por favor, dime que estas lágrimas son porque probaste el pastel de chocolate de la señora Hargrove y no porque alguien te lastimó —dijo con suavidad, su voz cargada de calidez y ternura.

Grace intentó sonreír, pero el nudo en su garganta no la dejaba hablar con claridad. Finalmente, decidió inventar algo.

—Es… es que tropecé con una maceta y me golpeé el pie —dijo, evitando su mirada.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami!