CAPITULO 29- LE GUSTAS MAS TU.
Había pasado un mes desde que James y Grace estuvieron en el hospital. Y todo marchaba satisfactoriamente. Con las células de Grace, James había recuperado su salud por completo, y por esa razón, Lucien había organizado una cena en su honor. La mansión estaba hermosamente decorada, con luces cálidas que iluminaban los pasillos y arreglos florales que llenaban el aire con un aroma dulce y fresco. Sin embargo, en el cuarto de las niñas, el ambiente era muy distinto.
Grace estaba terminando de acomodarle un lazo azul en el cabello a Emma, quien estaba sentada frente al espejo con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Las cenas con adultos son aburridas —protestó, inflando las mejillas y balanceando los pies descalzos contra el taburete.
Grace le sonrió con ternura.
—Esta cena no será aburrida, mi amor. ― Después de ajustar el lazo, se inclinó para besarle la nariz, y su voz salió suave y maternal. ―Es para James, para celebrar que está sano. ¿No te hace feliz eso?
Emma hizo un pequeño puchero, pero su boca se curvó en una sonrisa tímida. Justo en ese momento, Olivia irrumpió en la habitación, con el cabello algo despeinado y los ojos llenos de miedo.
—¡Emma! Ya llegó la bruja.
La otra parpadeó, confundida al principio, pero luego su expresión cambió. Sus ojitos se abrieron de golpe y su rostro se tornó serio, como si acabara de recordar algo terrible.
—¡Lo había olvidado! —exclamó —. ¡Y esta vez estará presente con la bruja mayor!
Ambas niñas intercambiaron una mirada cargada de repulsión. Era como si el simple pensamiento de Alessia llenara la habitación de un aire pesado y desagradable.
—Esa vieja fea, vendrá y nos pellizcará los cachetes y tendrá esa sonrisa falsa —murmuró Olivia apretando el lazo en su mano—. Como si quisiera engañarnos todo el tiempo.
Emma asintió con vehemencia, su vocecita temblando un poco.
—Y siempre habla como si fuera la dueña de todo... ¡Ni siquiera le importamos! Solo quiere que Alessia se case con papá para mandarnos lejos.
Ambas niñas se miraron con tristeza. Grace, que había estado escuchando en silencio, sintió cómo su corazón se encogía con cada palabra.
—¿Están hablando de Alessia, verdad? —preguntó Grace con suavidad, aunque ya conocía la respuesta.
—¡Sí! —respondieron las niñas al unísono, sus voces cargadas de frustración.
Emma, con los ojos brillando de rabia, se apresuró a añadir:
—Además, escuché a papá decir que la boda será pronto.
Esas palabras cayeron como un golpe en el pecho de Grace. Sintió cómo su respiración se detenía por un instante, y su corazón, que ya estaba cargado de preocupaciones, ahora parecía pesar el doble. Intentó mantener la compostura, pero sus ojos, traicioneros, se llenaron de una tristeza que no pudo ocultar del todo. Bajó la mirada rápidamente, fingiendo estar concentrada en el lazo de Emma, pero el dolor era innegable.
Aunque no lo decía en voz alta, escuchar que la boda de Lucien estaba cerca era como si alguien le hubiese arrancado una parte de su alma. A pesar de todo lo que había pasado entre ellos, seguía enamorada de él. Ese amor, tan profundo y contradictorio, era una herida abierta que no dejaba de sangrar. Lucien no era solo el padre de sus hijas; era el hombre que alguna vez había soñado con tener. Y ahora, la sola idea de verlo con Alessia, de imaginarlo compartiendo su vida con esa mujer, la llenaba de un dolor que no sabía cómo manejar.
Tragó saliva, intentando ahogar ese nudo en la garganta que amenazaba con delatarla. Porque no podía permitirse derrumbarse frente a sus hijas. Ellas la necesitaban fuerte, inquebrantable. Pero por dentro, sentía cómo su corazón se rompía un poco más.
—No quiero que ella sea mi mami, Grace. Ella es mala. Muy mala —dijo Olivia, sacándola de sus pensamientos.
Grace levantó la mirada hacia su hijas, obligándose a sonreír y las abrazó con fuerza, como si ese gesto pudiera calmar no solo el miedo de las niñas, sino también su propio tormento interno.
—Mis amores, no se preocupen —les dijo, acariciando sus cabecitas con ternura—. Yo no voy a permitir que nadie les haga daño. Nunca.
Las niñas se abrazaron a ella con fuerza, y Grace las apretó contra su pecho, como si quisiera protegerlas del mundo entero. No sabia cuanto tiempo le quedaba pero no iba a tardarse mas en cuanto pudiera comenzaría a prepararlo todo.
Más tarde, la celebración ya había comenzado. Desde su habitación, Grace podía escuchar el murmullo de las conversaciones mezclado con el suave tintineo de las copas. Frente al espejo, se miraba con cierta inseguridad. Pasó una mano por el sencillo y viejo vestido que llevaba puesto, un diseño azul pálido que había usado en más de una ocasión. Suspiró profundamente, frunciendo los labios mientras sus pensamientos la invadían.
—No es mi fiesta —murmuró en voz baja, con un tono que mezclaba resignación y reproche—. No tengo por qué destacar.

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