CAPITULO 23- ¿ENAMORADO?
Lucien miró a su primo con una expresión fría y distante. Su mirada era un muro infranqueable mientras sostenía el vaso de whisky.
—¿Qué haces aquí, Aaron? —preguntó, tajante y carente de cualquier calidez.
Aaron, lejos de inmutarse, sonrió con su habitual aire coqueto y despreocupado, cerró la puerta y tomo asiento mientras jugaba con su encendedor antes de responder.
—El cumpleaños del viejo es pronto. ¿Lo olvidaste?
Lucien cerró los ojos al escuchar esas palabras. La razón estaba del lado de Aaron: el cumpleaños del abuelo estaba más cerca de lo que le gustaba admitir y por supuesto no lo había olvidado, pero prefería no pensar en ello. Con un ademán brusco, dejó el vaso con fuerza sobre la licorera, provocando un leve tintineo en el cristal. Y luego se sentó detrás del escritorio.
—Eso no responde mi pregunta. ¿Qué haces aquí?
Aaron soltó una risa ligera y siguó jugando con el encendedor, encendiéndolo y apagándolo sin prisa.
—Voy a quedarme unos días.
―¿Qué? ―dijo Lucien mientras tomaba un montón de papeles y los revisaba con atención fingida, tratando de evitar mirar a su primo.
—No.
Aaron levantó una ceja, divertido por la negativa.
—Oh, vamos, Lucien. Esta casa es enorme. ¿Qué tiene de malo? Además, somos familia.
El apretó los dientes con visible molestia.
Lo que realmente le irritaba era el carácter despreocupado de Aaron, esa habilidad para actuar como si nada en la vida le importara. Además, su primo siempre había tenido una forma especial de meterse en problemas con las empleadas. La última vez, había estado a punto de enamorar a la hija del jardinero, lo que había provocado un caos innecesario.
—No, Aaron. Si no tienes dónde quedarte, quédate con el abuelo.
El hombre se puso de pie, llevándose una mano al cabello y despeinándolo aún más, como si eso pudiera ayudarle a pensar.
—Ni loco. El abuelo me obligaría a jugar ajedrez con él eternamente, y yo quiero diversión. Estoy cansado de las carreras.
Aaron Anderson, era un piloto de carreras reconocido, y además era hijo de una de las hijas de Alaric Stanton. Sin embargo, esa conexión no había sido suficiente para que el patriarca lo considerara apto para heredar todo. Pero a Aaron nunca le había importado. Prefería su vida despreocupada y sin responsabilidades antes que asumir el peso de un legado que no deseaba.
—Pues ese no es mi problema —dijo Lucien con frialdad ―Si no quieres quedarte con el abuelo, ve a un hotel.
De repente, las risas de Grace y los niños resonaron desde el jardín. Y Aaron alzó una ceja y se puso de pie y se acercó a la ventana. Su expresión despreocupada se transformó en una de curiosidad y admiración al ver a Grace.
—Oye, primo... —dijo, sin apartar la mirada de ella.

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