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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 181

C181- ¡TE HARÉ PAGAR POR ESTO!

El departamento de Madison estaba hecho un desastre. Un caos que contrastaba con la perfección en la que solía vivir.

Madison caminaba de un lado a otro, descalza, con la bata de seda floja sobre los hombros. Su maquillaje, antes impecable, ahora se corría en trazos oscuros bajo sus ojos.

Estaba furiosa.

—¡Maldito imbécil! —gritó, dándole una patada a un cojín—. ¡Aaron, eres un completo y miserable imbécil! ¡Después de todo lo que hice por ti! ¡Por esa estúpida empresa!

Se sirvió otra copa de vino con manos temblorosas. Y parte del líquido rojo cayó sobre la alfombra, pero no le importó. Levantó la copa en un falso brindis, con una sonrisa torcida en los labios.

—¡Por Aaron! El rey de los idiotas. —Se rio con amargura—. Que te atropelle un autobús de dos pisos. ¡Y que Kate se quede viuda y sin un centavo! ¡Maldita zorra! ¡Ella y su estúpido bebé!

Se dejó caer en el sofá, con la copa en la mano, y miró al techo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas, intentando calmarse. Pero la rabia hervía dentro de ella, caliente y pegajosa.

—No solo me despide… —murmuró, con la mirada perdida—. ¡Sin paga! ¡Después de años de servicio! Y me dice… me dice que nunca volveré a trabajar en este país. ¿Quién se cree que es? ¿El rey de Inglaterra?

El sonido del teléfono la hizo sobresaltarse. Parpadeó un par de veces, intentando enfocar la pantalla. Era un número desconocido. Frunció el ceño, pero su instinto fue contestar, creyó que se trataba de un gerente que habia visto esa mañana después de salir de Industrias Anderson. Se acomodó la bata y sonrió antes de hablar, recuperando ese tono dulce y manipulador que tan bien sabía usar.

—¿Hola? —dijo, alargando la voz con coquetería—. ¿Será el gerente de marketing de Hitman arrepintiéndose de no haberme contratado?

Al otro lado de la línea, solo hubo silencio. Luego, se escuchó una voz femenina cargada de rabia.

—¿Crees que te has librado de mí?

Madison se quedó helada.

—Estoy entre rejas, sí… ¡pero tú me pusiste aquí! —continuó la voz, cada palabra más afilada—. ¡Mira lo que me has hecho! ¡Estoy en la cárcel! ¡Mi carrera, mi vida… todo arruinado! ¡Y todo por tu culpa!

El vino tembló en su copa. Un par de gotas cayeron sobre su bata, pero ni siquiera lo notó.

—¿Cristine? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Eres… eres tú?

—Eras mi amiga —dijo Cristine, con un tono más bajo, quebrado—. Confiaba en ti… ¡y me apuñalaste por la espalda!

Madison parpadeó un par de veces, como si procesara lo que escuchaba, y luego soltó una risa nerviosa.

—Vamos, Cristine, no seas tan dramática…

—¡Maldita seas, Madison!

El grito la hizo apretar el teléfono con más fuerza. Por un momento, su mente se nubló. Pero luego sonrió. Fue una sonrisa fría y venenosa.

—¿Amiga? —repitió —. ¿De verdad creías que éramos amigas? Qué ingenua. Solo eras un peón en mi juego. Una marioneta útil… y muy fácil de manipular, por cierto.

El sonido que salió del otro lado fue un jadeo ahogado.

—¡Te odio! —soltó Cristine, su voz rota de furia.

Madison bebió un sorbo de vino y disfrutó la sensación de control regresando a su cuerpo.

—Tu 'desgracia', como tú la llamas, es solo el resultado de tu propia estupidez —dijo, con la calma de quien dicta sentencia—. Fuiste demasiado ingenua para ver la verdad.

Hubo silencio. Y luego, la voz de Cristine, salió con una intensidad que le erizó la piel.

—¡Te juro que te haré pagar por esto!

Madison se rió. Esta vez sin nervios. Solo burla.

—Oh, ¿sí? ¿Y cómo piensas hacerlo desde esa celda? —ladeó la cabeza, disfrutando el momento—. ¿Vas a tejer una bufanda de venganza con tus lágrimas?

Su propia risa resonó en la habitación, ahogando la estática de la llamada. Pero Cristine no se rió.

No gritó.

Solo dijo, con una calma escalofriante:

—Me la pagaras Madison. Solo recuerdalo…

Y sin más la llamada se cortó.

Madison se quedó con el teléfono pegado al oído, su risa muriendo en sus labios. Algo en la amenaza de Cristine hizo que, por primera vez en mucho tiempo, sintiera un escalofrío en la nuca.

—Estúpida… —susurró, aunque esta vez no sonó tan segura.

La botella de vino seguía goteando sobre la alfombra, la mancha roja extendiéndose lentamente, como un mal augurio de su destino.

Mientras tanto, Aaron se pasó una mano por el cabello, exhalando un suspiro pesado. Dejó las llaves sobre la mesa del comedor y se quedó allí, inmóvil, mirando alrededor.

Todo estaba en orden, tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Dio un par de pasos hacia la sala y se detuvo en el umbral. Su mirada se posó en la pequeña mesa donde descansaba un portarretratos con una foto de él y Kate, riendo en algún día más feliz. Pasó el pulgar por el cristal, casi con reverencia.

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