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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 180

C180- ESTAS DESPEDIDA.

Aaron miró las fotos en el teléfono de Kate, atónito. Su rostro pasó del desconcierto al horror, y luego a una furia contenida. Kate, observando cada matiz de su expresión, se dio cuenta de que su reacción era genuina.

Él no estaba fingiendo.

—¿Qué carajos...? —murmuró antes de tomar el teléfono y acercar la imagen, como si necesitara confirmar lo que veía—. ¿Es mi maldito sofá? ¿Qué hizo esta loca?

Kate no respondió, pero su silencio hablaba por sí solo. Aaron alzó la vista hacia ella, tratando de explicarse.

—Kate, yo no sabía de esto. Es más... — frunció el ceño, y de pronto algo hizo clic en su mente. Recordó un momento específico —. Ella... —murmuró—. Madison vino a dejar unos documentos el día que estaba vestida así. M*****a... —gruñó, apretando el teléfono en su mano como si quisiera romperlo.

Kate, con la voz más suave esta vez, soltó algo que había estado guardando durante demasiado tiempo.

—Lo ha hecho desde que nos conocimos —confesó—. Cuando estabas de viaje, insinuó que tú y ella irían solos, que... que era más como una excusa para estar juntos.

Aaron escuchaba en silencio, pero su expresión se endurecía con cada palabra.

—Luego, cuando la enviaste a la nueva casa... —Kate tragó saliva, cerrando los ojos como si revivir esos momentos fuera demasiado doloroso—. Ella siguió atormentándome. No te dije nada porque no quería parecer la esposa celosa, la típica que hace berrinches y desconfía de la asistente del marido, pero...

Y antes de que pudiera terminar, Aaron dio un paso hacia ella y la envolvió en un abrazo, como si quisiera protegerla de todo lo que la había lastimado.

—Nena... —susurró—. Tú nunca vas a ser la esposa molesta, Kate. Eres mi esposa, y eso es lo único que importa.

Kate se quedó inmóvil por un momento, sorprendida por la intensidad de sus palabras.

—Joder... — Aaron la miró a los ojos, su expresión estaba llena de arrepentimiento y determinación —. Debiste informarme. Madison... Madison es una perra resbalosa. Ahora entiendo por qué se me ofreció hace unos días.

Kate abrió los ojos, sorprendida.

—¿Lo hizo?

Aaron asintió, con una sonrisa amarga.

—Sí, pero la despaché. —Luego, su rostro se suavizó, y sus ojos buscaron los de Kate con una intensidad que la desarmó—. Kate, hablo en serio cuando digo que te amo. Te amo. Y no tengo ojos para otra mujer. Solo tú. Y bueno, si tenemos una niña, entonces serán las dos.

Kate lo miró, sus labios temblaban mientras las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaban. Su corazón, que había estado dividido entre el amor y la desconfianza, cedió ante la sinceridad en los ojos de su esposo.

—Yo también te amo —dijo finalmente, su voz rota pero llena de verdad—. Y quiero vivir contigo. Con nuestro hijo.

Aaron cerró los ojos por un momento, como si las palabras de Kate fueran un bálsamo para su alma. Y la estrechó más fuerte contra su pecho, y ella apoyó la mejilla allí, dejando que el calor de su cuerpo la envolviera.

—Lo haremos —prometió —. Lo prometo.

Kate asintió suavemente, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que tal vez podían superar todo. Pero había algo más que debía resolverse, y Aaron no iba a dejarlo pasar.

—En cuanto a Madison... Que se considere despedida. Y que se mude de país, porque nunca volverá a conseguir empleo en Inglaterra.

[*]

Esa mañana, Madison entró a la oficina de Aaron con su habitual aire de confianza, sosteniendo una carpeta con las actualizaciones de su agenda.

—Buenos días, Aaron—dijo con su tono meloso de siempre, avanzando hacia el escritorio—. Aquí está el resumen de su agenda para hoy. Tiene una reunión con los inversionistas a las diez, y luego el almuerzo con el señor Collins...

Aaron no dijo nada.

Se puso de pie lentamente, su cuerpo irradiando una tensión peligrosa. Madison notó el cambio en el ambiente y levantó la vista, confundida.

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