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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 172

C172-APUESTAS DEMASIADO ALTAS.

Adriano abrió la puerta de la habitación con un movimiento lento, casi temeroso. El aire estaba impregnado de un silencio pesado, roto solo por el suave pitido de las máquinas que mantenían a Alessandro con vida. Allí estaba su hermano, inmóvil, atrapado en un sueño profundo del que nadie sabía si despertaría. Adriano sintió cómo la culpa se le enroscaba en el pecho, apretándolo como un puño invisible.

Se acercó a la cama y se sentó en la silla junto a su hermano. Y por un momento, solo lo observó. Alessandro parecía tan frágil, tan distinto al hombre lleno de vida que recordaba, apretó los puños, y su mandíbula se tensó mientras las palabras comenzaban a salir de su boca, llenas de culpa y dolor.

—Hermano... lo siento. —Su voz se quebró, y cerró los ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas—. No supe protegerte. No supe proteger a nadie. Y solo fui un egoísta que… que pensé en mi felicidad. ―abrió los ojos y sus ojos estaban rojos por las lágrimas y también llenos de determinación ―Pero te prometo, te prometo que voy a quedarme a tu lado. Pase lo que pase, no voy a dejarte.

El sonido de pasos suaves detrás de él lo hizo girar la cabeza. El ama de llaves entró en la habitación con una mirada tranquila, pero cargada de algo que Adriano no pudo darle nombre. Se acercó a él y colocó una mano en su hombro, como si quisiera sostenerlo.

—Yo cuidaré de Alessandro—dijo ella con una voz firme, pero cálida—. Y cuidaré de ti, Adriano.

El levantó la vista hacia ella, agradecido por la sinceridad en sus palabras. Y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Se levantó de la silla y, sin pensarlo demasiado, la abrazó. Cerró los ojos mientras sentía la calidez de la mujer que lo habia criado, como si fuera un refugio que habia estado necesitando.

Ella le devolvió el abrazo, sus manos temblando ligeramente mientras lo sostenía. En su interior, luchaba por no romperse.

Era su hijo.

Su verdadero hijo.

Y aunque nunca lo había llamado "madre", siempre había sentido ese vínculo con él. Lo había cuidado desde que era un niño, había estado allí en sus momentos más oscuros, y ahora, en este instante, sentía que su corazón estaba a punto de colapsar.

—Siempre... siempre te he amado como un hijo, Adriano —dijo suavemente, su voz cargada de emoción contenida—. Y sé que tú...

Adriano se apartó ligeramente, lo suficiente para mirarla a los ojos. Una sonrisa apareció en sus labios mientras levantaba una mano para acariciar su cabello gris.

—Lo sé. Siempre te he visto como una madre. Siempre lo he… sentido asi. A veces... incluso me sentí más ligado a ti que a mi propia madre.

Ella ahogó un sollozo, respirando hondo para no derrumbarse. Su corazón latía con fuerza, y aunque no podía decirle la verdad, esas palabras eran todo lo que necesitaba escuchar.

Asintió lentamente, acariciando su mejilla con ternura.

Adriano suspiró y volvió su mirada hacia Alessandro, que seguía dormido, ajeno a todo el caos que se había desatado a su alrededor.

—Bueno, creo que... deberíamos mudarnos.

El ama de llaves lo miró, confundida.

—¿Mudarnos? ¿Vas a trasladar a Alessandro?

Adriano asintió, su expresión determinada.

—Sí. Creo que estará mejor en Texas.

Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa.

—¿Los Estados Unidos?

—Sí, Rebeca, los Estados Unidos. Así que... toma lo más importante, porque estás por empezar una nueva vida.

Rebeca miró a Alessandro, con el rostro sereno y tranquilo, como si estuviera soñando. Y por primera vez en mucho tiempo, un rayo de esperanza se instaló en su pecho. Algo le decía que tal vez, solo tal vez, Alessandro podría encontrar una segunda oportunidad en Texas. Y, quizás, ellos también.

***

HOUSTON/TEXAS.

El estudio era una obra maestra de lujo y poder. Los muebles, de diseño impecable, exudaban elegancia, pero la atmósfera estaba cargada de una tensión que ni el más fino de los detalles podía disimular. Y detrás de un imponente escritorio de caoba, Adriano se reclinaba en su sillón, los ojos fríos y calculadores fijos en el vacío.

Dos meses habían pasado desde su regreso de España, dos meses desde que había tomado las riendas del negocio familiar tras la muerte de Doménico. Y para calmar las aguas turbulentas entre los socios, había mentido. Un ataque al corazón, había dicho, y que su hermano Alessandro estaba de vacaciones con su esposa.

La mentira había funcionado... hasta hace dos noches.

Los capos, como se llamaba a los líderes del clan, habían dejado claro su descontento. La ausencia de Alessandro era preocupante, pero lo que más les inquietaba era que aún no había un heredero. Adriano lo sabía: su padre había tejido una mentira demasiado grande, y ahora no tenía más remedio que seguirla. Porque si la verdad salía a la luz, tanto él como su hermano serían cazados como presas.

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