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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 171

C171-UNA TREGUA.

El día era un lienzo luminoso salpicado de nubes perezosas que flotaban en el cielo azul. Enzo estaba agazapado detrás de la fuente de mármol, que apenas lograba amortiguar el sonido de su respiración entrecortada. Su brazo izquierdo sangraba profusamente por la bala alojada en su carne y con una mueca de dolor, cambió rápidamente el peine de su arma, sus dedos temblando ligeramente bajo la brillante luz del sol.

—Siempre supe que iba a morir así —murmuró para sí mismo, apretando los dientes mientras ajustaba el cargador—. Pero el que quiera meterme una bala en la cabeza primero tendrá que ganárselo.

Se giró con determinación y disparó hacia Adriano, quien, con un movimiento rápido y fluido, esquivó las balas y se ocultó detrás de un seto cercano.

—¿Eso es todo lo que tienes, Bianchi? —respondió Adriano fríamente ―. Pensé que eras más que un perro herido.

Enzo no respondió, pero su mirada se endureció. Se puso de pie, con el dolor punzante en su brazo ignorándolo por completo y comenzó a disparar. Adriano miro en su dirección y sonrió, conocía cada rincón del jardín donde había crecido; este era su terreno y eso le daba una ventaja. Mientras Enzo se movía para buscar una mejor posición, Adriano avanzaba sigilosamente, su mente calculando cada paso.

Finalmente llegó detrás de Enzo. El cañón de su arma se alzó con precisión, apuntando directamente a su espalda.

—Siete años esperé por esto —dijo mostrando odio y satisfacción—. Finalmente, Alessandro será vengado.

Enzo se quedó inmóvil, pero su expresión no mostró ni miedo ni sorpresa. Se giró lentamente, con el rostro frío e impasible, como si ya hubiera aceptado su destino.

—Baja el arma, Bianchi —ordenó Adriano, sus ojos asesinos clavados en los de Enzo.

Enzo soltó una carcajada seca.

—¿No se supone que deberías llevarme bajo arresto?

Adriano apretó la mandíbula.

—Eso no funcionará contigo, y lo sabes. Tienes demasiados aliados en la política. Saldrías antes de que pasara una m*****a noche. Y yo quiero asegurarme de que te coman los gusanos.

Enzo asintió lentamente, como si comprendiera la lógica detrás de esas palabras.

—Bien, es justo.

Adriano al ver su actitud, apretó los labios, frustrado por la falta de miedo en los ojos de Enzo.

—Si tan solo no hubieras tocado a mi hermano... No me habría importado que mataras al viejo. Pero Alessandro... él no era como nuestro padre.

Enzo lo miró en silencio, sin rastro de arrepentimiento.

—¡Y eres tan maldito que ni siquiera te arrepientes! —rugió Adriano.

—¿Qué sentido tendría? —respondió Enzo con calma—. ¿Cambiaría algo? Ya no puedo deshacer lo que hice, Adriano. Pero estoy dispuesto a asumir las consecuencias y recibir mi castigo.

El pecho de Adriano se contrajo de furia, y su dedo comenzó a presionar el gatillo. Pero entonces, una voz detrás de él rompió el momento.

—Pues yo digo que esta noche no es tu noche, amigo.

Un segundo después, el frío cañón de una pistola se presionó contra la nuca de Adriano. Era Lucien, quien había llegado sin hacer ruido, como un fantasma.

—Si disparas ahora, Adriano —dijo Lucien, su voz tranquila—, no tendrás tiempo de apretar el gatillo. La bala atravesará tu médula antes de que termines el trabajo. Créeme, soy médico, lo sé.

Enzo buscó los ojos de su amigo y una sonrisa asomó en sus labios.

—Justo a tiempo.

Lucien asintió, sin apartar el arma de Adriano.

—No quiero matarte, Adriano, pero te advierto que si no me dejas opción, voy a hacerlo. Piénsalo: morirás y... ¿quién cuidará de tu hermano? Porque, bueno... tu padre ya es comida para gusanos.

Los ojos de Adriano se abrieron de par en par.

—¿Está muerto?

—Así es. Le metí una bala en el cerebro —confirmó Lucien con frialdad.

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