C168- AMANECER DEL CAOS.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y rosados mientras el sol despuntaba en el horizonte, anunciando un nuevo día en la costa. Lucien y Enzo estaban agazapados entre la maleza que rodeaba la imponente casa de playa de Doménico. La brisa salada del mar apenas podía calmar la tensión que se respiraba entre ambos hombres. Habían pasado dos días planificando cada detalle, y ahora, al amanecer, estaban listos para ejecutar su plan.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Enzo, ajustando el silenciador de su arma.
—No hay vuelta atrás —respondió Lucien, con los ojos clavados en la mansión. Su voz era firme, pero sus puños apretados traicionaban la furia contenida que lo había traído hasta allí—. Hoy saco a mi mujer de allí.
Enzo levantó una mano, dando la señal. Y un segundo después, la explosión controlada resonó como un trueno, sacudiendo la tierra y rompiendo la calma de la mañana. Una sección del muro de la mansión se desplomó, levantando una nube de polvo que cubrió el área. El caos había comenzado.
En el interior de la mansión, Doménico sostenía una taza de café humeante, pero su calma se rompió abruptamente cuando la explosión hizo temblar las paredes.
—¡Maledizione! —gruñó, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco. Y se levantó de inmediato, con el rostro endurecido por la certeza—. Enzo… parece que llegaste.
Uno de sus hombres irrumpió en la habitación.
—¡Señor! ¡Han atacado el sector sur! ¡El muro ha caído! ¡Hay hombres armados entrando!
Doménico se giró hacia él.
—Reúnan a todos. Quiero a cada hombre armado y en posición. No dejen que pasen del patio. Y ustedes dos —señaló a otros guardias que habían llegado jadeando—, aseguren la entrada de la casa. ¡Ahora!
Mientras tanto, en una de las habitaciones del ala este, Grace despertó sobresaltada por el estruendo. Sus ojos se abrieron de golpe, y su corazón comenzó a latir con fuerza. Se levantó de la cama, temblando, y se acercó a la ventana. La nube de polvo y el sonido de disparos a lo lejos le confirmaron lo que su corazón ya sabía.
—Sé que eres tú, mi amor… ya vienes por mí —susurró, entre el miedo y la esperanza.
En otra habitación, Adriano también había sido despertado por el ruido, pero su reacción fue completamente distinta. Se sentó en el borde de la cama y su mirada ardía con una intensidad peligrosa.
—Finalmente… nos veremos las caras, Enzo —dijo, poniéndose de pie. Comenzó a vestirse y cada movimiento era calculado, como si estuviera preparándose para este momento toda su vida.
Pero Grace había decidido actuar.
Salió de su habitación y bajó al salón principal, donde los empleados corrían de un lado a otro, nerviosos y aterrados. El caos era palpable. Y ella, aprovechando el desconcierto, comenzó a avanzar hacia la salida, sus pasos rápidos pero sigilosos. Sin embargo, apenas había cruzado el umbral del salón cuando una voz grave y helada la detuvo en seco.
—¿A dónde vas, Grace?
Se giró rápidamente, encontrándose con Doménico, que la observaba acompañado por dos de sus hombres. Su figura imponente y su mirada penetrante hicieron que un escalofrío recorriera su espalda.
—Allá afuera es peligroso, y más con lo que está a punto de pasar —añadió, dando un paso hacia ella.
Grace tragó saliva, buscando una respuesta, pero las palabras se atoraron en su garganta. Doménico frunció el ceño, notando su nerviosismo. Sus ojos se entrecerraron, como si estuviera leyendo sus pensamientos.

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