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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 167

C167- LUCHAR POR REGRESAR.

Adriano miró fijamente a Grace, sus ojos analizándola con precisión. No necesitó mucho tiempo para entenderlo. La tensión en sus hombros, la forma en que evitaba el contacto visual con Doménico, la rigidez en su postura...

Ella estaba allí en contra de su voluntad.

Sus instintos como agente, siempre alerta, y su humanidad le gritaban que debía ayudarla. Pero sabía que cualquier movimiento precipitado podría ponerla en peligro. Así que, con una calma fingida, desvió la mirada y habló con indiferencia.

—Despáchala. Tenemos que hablar.

Doménico alzó una ceja, intrigado por la actitud de su hijo. Lo estudió por un momento antes de volver su atención a Grace.

—Ve a la habitación de tu futuro esposo y encárgate de él —ordenó, su tono frío como el hielo.

Grace sintió una oleada de frustración, pero no podía permitirse mostrarlo. No ahora, no frente a Adriano. Así que asintió con docilidad, bajando ligeramente la cabeza.

—Con permiso —murmuró, girándose para marcharse.

Mientras se alejaba, sintió la mirada de Adriano quemándole la espalda. Había algo en sus ojos, algo que no podía descifrar del todo, pero que la inquietaba.

—No tienes oportunidad con ella —dijo Doménico con burla, rompiendo el silencio—. La necesito para tu hermano.

Adriano apretó los dientes, conteniendo la repugnancia que le provocaban las palabras de su padre. El jamás traicionaría la memoria de su esposa. Por lo menos no en ese sentido, podría acostarse con mujeres, pero nunca volvería a interesarse por otra.

Sin embargo, su expresión permaneció neutral, aunque por dentro hervía de rabia.

—Vamos al estudio —dijo, ignorando el comentario.

Doménico le lanzó una mirada fría antes de empezar a caminar. Adriano lo siguió, pero no pudo evitar que su mente volviera a la joven que acababa de marcharse.

Cuando entraron al estudio, la tensión era tan densa que parecía llenar cada rincón de la habitación. Doménico, con una copa de whisky en la mano, miraba a Adriano con una frialdad que podía congelar el aire.

—¿Y bien? —gruñó, sus ojos oscuros clavados en los de su hijo—. ¿Vas a decirme qué mierd@ haces en mi casa?

Adriano respiró hondo, recordándose que estaba allí por Alessandro, pero no pudo evitar pensar que su padre bien merecía una bala en el trasero por todo lo que había hecho. Sin embargo, no podía ignorar el hecho de que, a pesar de todo, seguía siendo su padre.

—Tengo información —dijo finalmente —. Enzo Bianchi está en España. Y viene por ti.

El rostro de Doménico se endureció al instante. Se puso de pie con un movimiento brusco, dejando la copa sobre el escritorio con un golpe seco.

—¿Enzo...? ¿Enzo Bianchi?

Adriano asintió, cruzándose de brazos mientras observaba la reacción de su padre.

—Sí, papá. Mis informantes son confiables. Aunque, para ser honesto, me sorprende que haya esperado tanto. El accidente de Alessandro tiene siete años. ¿Por qué esperar? ¿Para rematarlo a él... o para matarte a ti?

Doménico frunció el ceño y sus pensamientos corrieron a toda velocidad. Y por un momento, la idea de que Enzo pudiera estar allí por Grace cruzó su mente, pero rápidamente la descartó. Para él, Lucien no era más que un empresario sin agallas, alguien que jamás se atrevería a enfrentarlo.

—¿Y viniste hasta aquí para eso? —espetó con desdén—. Pude haberlo descubierto por mi cuenta, Adriano. Además, entrar aquí no es fácil. Morirá antes de que ponga un pie en mi propiedad.

Adriano bufó, con la paciencia agotándose. La arrogancia de su padre no había cambiado en absoluto.

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