C166-¿QUIÉN ES ELLA?
El ama de llaves de la mansión Abbadelli miró hacia los lados, asegurándose de que no hubiera nadie cerca. Cuando confirmó que el pasillo estaba desierto, hizo una rápida señal a Grace para que entrara en la oficina donde estaba el teléfono.
—Ahora, entra rápido —susurró con urgencia.
Grace salió de las sombras, con la respiración entrecortada y sus manos temblando ligeramente.
—Gracias... —murmuró.
—No me des las gracias, solo date prisa —replicó la mujer, mirando de nuevo hacia el pasillo vacío con una expresión tensa.
Grace no perdió tiempo. Se dirigió al teléfono antiguo que descansaba sobre el escritorio de la oficina. Sus dedos temblorosos marcaron rápidamente el número de Lucien, rogando en silencio que él contestara.
En otro lugar, Lucien estaba sentado frente a una mesa larga; a su lado, Enzo observaba en silencio, mientras un grupo de hombres de aspecto rudo discutía en voz baja. Eran los exmilitares que habían contratado.
—La mansión de Doménico está fuertemente vigilada —dijo el líder del grupo, señalando un mapa extendido sobre la mesa—. Aquí, en el lado este, hay un perímetro de guardias armados. Pero este punto —indicó un área cerca de los jardines traseros— es más vulnerable. Es nuestra mejor opción para entrar, pero requerirá una distracción.
—¿Una explosión? —sugirió uno de los hombres, su tono práctico.
—Demasiado ruido. Necesitamos algo más sutil —replicó otro, inclinándose hacia el mapa.
Lucien escuchaba en silencio, cuando el sonido de su teléfono rompió la concentración del grupo. Sacó el dispositivo con rapidez, su corazón latiendo con fuerza al ver el número. Contestó al instante.
—¿Hola?
—Soy yo... —dijo una voz femenina al otro lado.
Lucien cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de alivio. Su corazón se llenó de emociones al escucharla.
—Grace... Dios, ¿estás bien? ¿Te han hecho daño?
—Lucien... —La voz de Grace temblaba—. Solo escucha, por favor.
Él guardó silencio, con la mandíbula apretada mientras su mente se llenaba de mil posibilidades.
—Estoy en una mansión... una mansión lujosa en la costa —continuó Grace, su voz quebrándose—. No sé exactamente dónde, pero está en un acantilado. Doménico... él... tiene gente vigilándome todo el tiempo. No sé cuánto tiempo más podré...
Lucien sintió una mezcla de alivio y furia ardiendo en su pecho. Su voz fue un susurro intenso, pero cargado de determinación.
—Voy a sacarte de ahí, mi amor. Te lo juro. No importa lo que tenga que hacer. Aguanta un poco más.
—Lo sé... confío en ti... —dijo ella entre lágrimas—. Y te amo.
Pero antes de que pudiera decir más, Grace escuchó pasos acercándose. Su corazón se detuvo un instante.
—¡Alguien viene! —susurró con urgencia—. Tengo que irme. Por favor, ten cuidado.
—Grace, espera...
—Te amo, Lucien. —Su voz era un susurro apurado antes de colgar.
Grace dejó el teléfono exactamente como estaba y salió de la oficina con prisa. Su corazón latía con fuerza mientras veía al ama de llaves esperándola en el pasillo. Tenía la cara pálida y llena de preocupación.
—Estamos perdidas —dijo la mujer en voz baja, con un temblor en los labios—. Es el jefe.
Grace negó con la cabeza, tratando de calmarla.
—No, sigue mi juego, ¿ok? Solo finge.

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