C163- SUMISIÓN FINGIDA.
15 DÍAS DESPUES…
El cuarto parecía más denso con cada minuto que pasaba y la mente de Grace seguía aferrándose a los recuerdos.
A Lucien.
Sus hijos.
¿Estarían bien?
Su corazón se debatía entre la esperanza y el miedo.
La puerta se abrió de golpe, haciendo que levantara la mirada con un sobresalto. Su cuerpo se tensó, esperando ver la figura imponente de uno de los guardaespaldas, pero en su lugar, apareció una mujer mayor, con el rostro surcado por la preocupación. Era el ama de llaves. En sus manos llevaba una bandeja con comida que dejó con cuidado sobre una mesa cercana.
—Debes comer algo, señora —dijo la mujer, su voz temblando de compasión—. Si te desmayas, no habrá nadie que pueda ayudarte.
Grace la miró con desconfianza, sin mover un músculo hacia la comida. Su voz salió débil, pero cargada de firmeza.
—¿Por qué te importa? Todos aquí sirven a Doménico. ¿Por qué arriesgarte?
El ama de llaves se acercó a la cama, dudando por un momento antes de responder. Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y resignación.
—No todos aquí estamos de acuerdo con lo que hace Doménico. Pero no tenemos opción. Él controla todo… incluso nuestras vidas.
Grace vio una oportunidad en esas palabras. Si había grietas en el dominio de Doménico, tal vez podría encontrar una salida.
—¿Qué sabes de él? —preguntó, su mirada fija en la mujer—. ¿Por qué hace esto? ¿Qué clase de monstruo puede destruir familias sin remordimientos?
La mujer pareció debatirse consigo misma, como si cada palabra que estaba a punto de decir pudiera condenarla. Finalmente, habló, su voz cargada de una tristeza que parecía haber acumulado durante años.
—Doménico… no siempre fue así. Hubo un tiempo en que amaba profundamente. Especialmente a sus hijos.
Grace frunció el ceño, sorprendida por la revelación.
—¿Hijos? ¿Doménico tiene otros hijos?
La mujer asintió lentamente, sus ojos brillando con una melancolía que no podía ocultar.
—Sí. Tuvo dos hijos. El mayor era… brillante, fuerte. Doménico lo adoraba, pero… algo ocurrió. Algo que cambió todo. Después, solo quedó Alessandro.
Grace se incorporó un poco, ignorando el mareo que amenazaba con derribarla. El ama de llaves negó con la cabeza, bajando aún más la voz, como si temiera que las paredes pudieran escucharla.
—Alessandro es su hijo menor. Su hijo mayor es… Adriano. Él… bueno, él abandonó todo. Se enamoró de una mujer que su padre no aprobó, así que dejó a la familia. Hace años que no sabemos nada de él. Después de eso, Doménico cambió. Se volvió más frío, más cruel. Alessandro intentó salvar lo que quedaba de su familia, pero…
Grace sintió que su corazón se aceleraba. Había algo en esta historia que resonaba en lo más profundo de su ser.
—¿Pero qué? —interrumpió, su voz cargada de urgencia.
El ama de llaves la miró con seriedad, como si las palabras que iba a pronunciar fueran un peso que había cargado durante demasiado tiempo.
—Pero Doménico lo moldeó a su imagen. O al menos lo intentó. Alessandro no es como él, pero está atrapado. Siempre lo ha estado. Y con su accidente… el señor se puso peor.
De repente, la mujer se levantó apresuradamente, sus ojos dirigidos hacia la puerta. Pasos resonaban en el pasillo, acercándose. El pánico se apoderó de ella.
—No puedo decir más. Si Doménico sabe que te he contado esto, me matará.
Grace la agarró del brazo, su mirada suplicante.
—Espera. Por favor… ¿hay algo más que deba saber?
La mujer la miró con lágrimas en los ojos, liberándose suavemente del agarre de Grace.
—Solo ten cuidado, señora. Mi niño Alessandro no es tu enemigo… pero tampoco es libre.
Y antes de que pudiera decir algo más, el ama de llaves salió del cuarto. La puerta se cerró dejando a Grace sola en la inmensa habitación. Sus pensamientos se arremolinaban, confusos y contradictorios.
«¿Domenico tiene dos hijos?»
La revelación la había tomado por sorpresa, pero lo que más la inquietaba era la mención de uno de ellos, el que se había marchado. Se cruzó de brazos, mirando al vacío, y susurró para sí misma:
—Quizás... quizás él no sea como su padre. Quizás... es bueno.
Pero luego sacudió la cabeza, como si el pensamiento fuera un veneno.

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