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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 158

C158- PESADILLA.

La tensión en la iglesia se volvió insoportable. Grace, con los ojos abiertos como platos, miraba fijamente a Doménico, su mente retrocedió rápidamente siete años atrás, cuando William le había hablado de un hombre poderoso con quien quería casarla. Las piezas finalmente comenzaron a encajar.

—¡Tú...! —exclamó, llevándose una mano a la boca. Su respiración se volvió errática—. Tú eres... el hombre del que mi padre hablaba. El que quería que... —no pudo terminar la frase.

El shock la paralizaba, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Alexander se levantó de su asiento, con el rostro enrojecido por la furia. Avanzó hacia Doménico con paso firme, señalándolo con un dedo acusador:

—¿Qué diablos estás haciendo aquí, Doménico? ¡Explícate ahora mismo! ¿Quién te crees que eres para interrumpir esto?

Él no se inmutó. Y con una frialdad que helaría el alma de cualquiera, miró a Alexander y respondió:

—Cierra la boca y guarda silencio, viejo. Esto no te concierne.

Su tono era tan cortante que Alexander se detuvo en seco, pero no por miedo, sino por la sorpresa de la audacia del hombre.

Grace, viendo cómo la situación escalaba, intervino rápidamente.

—¡Padre, por favor, no hagas nada! —luego se giró hacia Doménico, sus ojos llenos de desesperación—. Doménico, recapacita... No puedes hacer esto. Esto es una locura. ¡Estamos en la casa de Dios!

El cura, que hasta ahora había permanecido callado y nervioso, dio un paso al frente, intentando apelar a la razón de Doménico.

—Señor, por favor, esto es un lugar sagrado. No profane este momento con violencia. Piense en lo que está haciendo. Dios está observando.

Doménico se rió, fue un sonido frío y carente de humor. Miró al cura con desdén:

—Dios puede observar todo lo que quiera. Hoy no es el día en que Él decida lo que pasa aquí.

Luego, su mirada se clavó en Grace, y su voz se suavizó, pero no perdió su tono amenazante.

—Grace, sabes de lo que soy capaz. Sabes que no es la primera vez que alguien muere por mi mano. Así que piensa bien en tu decisión.

En ese momento, Lucien dio un paso al frente, su postura era firme, su voz resonante y llena de autoridad.

—Grace es mi mujer. Y no permitiré que nadie, mucho menos tú, se interponga en nuestro matrimonio. Si quieres llevártela, tendrás que pasar sobre mi cadáver.

Sus palabras fueron una promesa, un desafío que Doménico no pudo ignorar. Sonrió, haciendo una mueca fría y calculadora. Y de repente, sacó un arma de detrás de su espalda y la apuntó directamente al pecho de Lucien.

La iglesia entera contuvo la respiración.

—Perfecto —dijo, su voz tranquila pero cargada de peligro—. Aprovechemos la casa de Dios para que te encuentres con San Pedro.

Grace gritó, aterrorizada.

—¡No, por favor! ¡Baja eso! —Sus manos se extendieron hacia Doménico, como si pudiera detenerlo con solo su desesperación.

Doménico la miró, y su expresión no se suavizó.

—Mi paciencia se acaba Grace… estoy a limite ahora.

—Doménico... ¿qué diablos quieres? ―Alexander, aún furioso pero ahora también asustado, intentó razonar con él ―¡¿Quién eres realmente?!

En ese momento, un grupo de hombres armados irrumpió en la iglesia, rodeando a todos los presentes. Doménico sonrió, satisfecho.

—¿Quién soy? —repetió, burlándose—. Bueno... tu futuro yerno, Alexander. —Luego, su mirada se clavó en Grace, y su voz se volvió un susurro peligroso—. Tienes que elegir, Grace. Y lo harás ahora. Vienes conmigo voluntariamente, o mato al padre de tus hijos… aquí mismo.

El arma seguía fija en el pecho de Lucien, y la tensión era palpable. Grace miró a Lucien, luego a Doménico, y finalmente a su padre. Las lágrimas caían libremente de sus ojos mientras intentaba encontrar una salida a esta pesadilla.

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