C140- HAZ LO QUE TENGAS QUE HACER.
—¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara?
Lucien, con un suspiro profundo, pasó una mano por su cabello y la miró fijamente.
—La llamada era de Kate, una amiga que es policía. Ella trabaja como agente.
Grace asintió lentamente, esperando que él continuara. La inquietud crecía en su pecho, pero necesitaba saber más. Lucien tomó aire y siguió:
—Kate me contó algo que su colega, un guardia de la estación, escuchó.
La ceja de Grace se frunció.
—¿Qué escuchó?
—Un guardia escuchó a una mujer decir que nadie podía descubrir que estuvo detrás de lo del auto.
Grace parpadeó, aturdida. Por un instante, no entendía a qué se refería.
—Bueno, amor, pero… ¿Qué tiene eso que ver con nosotros?
—Grace… me mencionaron a mí, ¿entiendes?
Ella palideció al instante y, antes de que pudiera decir algo más, Lucien ya la estaba abrazando.
—Esto significa que podríamos tener al responsable de tu accidente —añadió Lucien—. Y esa persona es Lucrecia.
La sorpresa la golpeó como un balde de agua fría, y Grace se apartó para mirarlo atónita.
—¿Lucrecia?
Nada, absolutamente nada, la había preparado para este momento. Durante unos segundos quedó congelada, antes de que su incredulidad se transformara en una rabia intensa. De repente, su respiración se aceleró y sintió cómo la furia la recorría como un incendio.
—¡Esa mujer…! —exclamó, apretando sus puños con fuerza—. ¡Es un monstruo! ¿Cómo pudo? ¡Yo nunca le hice nada!
Lucien se quedó en silencio, observándola mientras ella se desahogaba. Su mirada era firme, pero al mismo tiempo comprensiva. Grace negó, todavía tratando de procesarlo, y su voz se elevó con la furia que la consumía:
—Siempre me miraba como si yo fuera menos, como si no mereciera nada. ¡Pero esto! ¡Esto es demasiado! ¿Qué clase de persona hace algo así?
Sus palabras casi alcanzaron a gritar, pero se detuvo para no alertar a los trillizos. Intentó calmarse, aunque su respiración seguía agitada.
—Yo pensé… pensé que solo me odiaba, que era cruel porque sí. Pero esto… esto es maldad pura, Lucien —dijo entre sollozos—. Es un monstruo.
Él se acercó despacio y la rodeó con sus brazos; fue firme, pero suave. Ella le correspondió buscando el consuelo que necesitaba para procesar la noticia.
—Grace, no tienes que entenderlo. Hay personas que eligen hacer daño, sin importar las consecuencias. Y Lucrecia es una de ellas.
Grace cerró los ojos y dejó que esas palabras calaran, aunque la rabia seguía mezclada con una profunda decepción.
—No puedo creerlo… —susurró con la voz temblorosa—. ¿Quién se prestaría para hacer algo tan cruel?
Lucien tomó su mano y la apretó suavemente, pero con determinación.
—Escúchame, nena. Si esto es verdad, si ella realmente tuvo algo que ver con el accidente, que estoy seguro de que sí, voy a asegurarme de que pague por lo que hizo.
Grace asintió sin dudar.
—Hazlo, Lucien. Haz lo que tengas que hacer —dijo ella con voz decidida—. Es bueno que ella le haga compañía a su hija en la cárcel.
Lucien asintió, con la mandíbula tensa, dejando claro que no descansaría hasta llegar al fondo del asunto. Mientras que Grace volvía a abrazarlo, tratando de calmarse. Ambos sabían que este era solo el comienzo, pero estaban listos para enfrentarlo juntos y llevar a Lucrecia a la cárcel.
Dos días después, Lucien y Grace entraron a la oficina del inspector Rivas. Un hombre de mediana edad con cabello entrecano y mirada aguda los esperaba detrás de su escritorio. Al verlos, su rostro adoptó una expresión de interés mezclada con duda.
—Lucien, Grace, tomen asiento. Me dijeron que tienen algo importante que decirme.

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