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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 136

C136- LA MASCOTA PERDIDA.

La fiesta en el salón transcurría con la elegancia de siempre. Los invitados conversaban animadamente mientras la música de cuerdas llenaba el aire. Entre canapés, copas de champán y risas educadas, todo parecía perfecto… al menos en apariencia.

Porque en un rincón del enorme salón, los trillizos, aburridos como siempre en eventos de adultos, se habían refugiado detrás de una cortina. Emma, Olivia y James observaban todo con ojos traviesos, buscando algo con lo que entretenerse. Fue entonces cuando lo vieron: el enorme gran danés del abuelo, descansando junto a la chimenea.

—¡Miren! ¡Es Duque! —susurró Emma, señalando al perro, que bostezaba perezosamente.

—¿Por qué Duque está aquí si no puede divertirse? —preguntó Olivia, frunciendo el ceño.

—¡Es injusto! ¡Él también debería disfrutar de la fiesta! —añadió James, cruzándose de brazos.

La idea surgió casi al mismo tiempo en las tres pequeñas cabezas.

¿Por qué no "invitar" a Duque a unirse a la diversión? Sin dudarlo, se acercaron al perro, que levantó la cabeza y los miró con curiosidad. Emma encontró un lazo rojo gigante que había sido utilizado para decorar un regalo y, entre risas, lo ataron alrededor del cuello del galgo.

—¡Ahora sí está listo para la fiesta! —dijo Olivia, admirando su obra.

—¡Vamos a pasearlo un poco! —propuso James, emocionado.

Pero cuando intentaron sujetar la correa, el gran perro, emocionado por tanta atención, saltó hacia adelante, soltándose de las manos de los niños. Y antes de que pudieran detenerlo, el animal salió disparado hacia el salón principal, con el lazo rojo ondeando como si fuera un estandarte.

—¡Estamos fritos! —exclamaron los tres al unísono, antes de correr detrás de él.

Duque irrumpió en el salón como un torbellino, derrapando sobre el suelo de mármol pulido. Su entusiasmo era contagioso, pero también desastroso. En su camino, derribó una mesa llena de copas de champán, haciendo que el líquido burbujeante volara por los aires y aterrizara sobre los invitados. Una dama de cabello perfectamente peinado gritó horrorizada:

—¡Mi vestido! ¡Es seda francesa!

El gran danés, sin darse cuenta del caos que estaba causando, continuó corriendo entre las mesas. En un salto épico, derribó una bandeja de canapés que un camarero llevaba con mucho cuidado. Los bocadillos volaron como proyectiles, aterrizando en las cabezas de las damas y en los trajes de los caballeros.

Los trillizos, que habían llegado al salón, intentaron atrapar al perro, pero su presencia solo empeoró las cosas. James tropezó con un mantel, tirando una jarra de limonada sobre uno de los invitados que, indignado, exclamó:

—¡Esto es un desastre!

—¡Duque, ven aquí! —gritó Olivia, mientras Emma y James reían sin control.

—¡Corre más rápido! ¡Nos va a ganar! —dijo Emma, entre carcajadas.

El animal, como si entendiera que todo era un juego, decidió que era hora de perseguir a los niños. Los trillizos salieron corriendo, esquivando mesas y sillas, mientras el perro los seguía de cerca, moviendo la cola con entusiasmo.

En medio del caos, Lucien y Grace entraron al salón. Ambos se quedaron paralizados al ver la escena: Duque persiguiendo a los niños, los invitados intentando esquivar al perro, y el suelo cubierto de copas rotas, canapés aplastados y trozos de pastel.

—¡Santo Dios! —exclamó Grace, con los ojos abiertos como platos.

—¡Por todos los cielos! —añadió Lucien, negando con la cabeza.

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