C132-VIVOS.
El auto seguía ganando velocidad, deslizándose sin control por la pendiente que conducía directamente al río Támesis.
—¡Lucien, no podemos pararlo! —gritó Grace, con los nudillos blancos por la fuerza con la que aferraba el volante. Las lágrimas nublaban su vista, pero no se atrevía a soltar el control del auto, aunque fuera inútil.
Él, con los músculos tensos y la mente trabajando a toda velocidad, miró hacia adelante. El puente que cruzaba el Támesis estaba a solo unos cientos de metros, y el auto se dirigía directamente hacia la barandilla. Sabía que si no actuaban rápido, el impacto los lanzaría al río.
—Grace, escúchame —dijo con calma, aunque su voz temblaba ligeramente—. Cuando te lo diga, gira el volante hacia la izquierda con toda tu fuerza. ¿Entendido?
—¿Qué? ¡No vamos a poder girar! ¡Es demasiado tarde! —gritó ella, desesperada.
—¡Confía en mí! —insistió, colocando una mano sobre la de ella en el volante—. ¡Ahora, gira!
Grace, con un último aliento de esperanza, giró el volante bruscamente hacia la izquierda. El auto respondió con un chirrido de neumáticos, desviándose justo en el último momento antes de chocar contra la barandilla del puente. Sin embargo, la velocidad era demasiado alta, y el auto comenzó a derrapar, girando en círculos fuera de control.
—¡Agárrate! —gritó Lucien, abrazando a Grace y protegiéndola con su cuerpo.
El auto golpeó la barandilla lateralmente, deteniéndose abruptamente. La fuerza del impacto hizo que el vidrio trasero estallara en mil pedazos, y el airbag del conductor se desplegó con un sonido ensordecedor. Grace gritó, pero Lucien la mantuvo firme, absorbiendo la mayor parte del golpe.
Por un momento, todo quedó en silencio, excepto por el sonido del motor que tosía y el goteo de líquido del radiador. Grace, temblando, abrió los ojos y miró a Lucien.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz apenas un susurro.

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