C131- TÁMESIS.
Los trillizos estaban en la sala, sentados en el enorme sofá con sus piernas balanceándose sobre el borde.
—Mamá, ¿podemos ir contigo a comprar el regalo del abuelo? —preguntó Emma, juntando las manos como si estuviera suplicando.
—Sí, por favor, mamá. ¡Prometemos portarnos bien! —añadió Olivia.
James, más directo, cruzó los brazos y agregó con su voz decidida: —Yo puedo cargar las bolsas. Ya soy fuerte.
Grace sonrió y caminó hacia ellos, agachándose para quedar a su altura. Les dio un beso en la frente a cada uno, deteniéndose un poco más en James, quien fingió estar molesto pero terminó sonriendo de lado.
—Mis pequeños ayudantes, saben que me encantaría llevarlos, pero tienen sus lecciones. Y si no las hacen, el abuelo se va a enterar… y ustedes saben cómo se pone.
Los tres hicieron un puchero sincronizado que habría derretido a cualquiera, pero Grace sabía mantenerse firme cuando era necesario. Justo en ese momento, la nana apareció en la puerta, con su característico delantal blanco y una sonrisa cálida.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó mientras se acercaba.
—Mamá no nos deja ir con ella —respondió Emma, arrastrando las palabras.
La nana soltó una risa suave y se inclinó hacia ellos, como si estuviera compartiendo un secreto.
—Bueno, ¿qué les parece si hacemos algo especial? Estoy pensando en preparar un lemon pie como el de la semana pasada. ¿Quién me ayuda a batir la crema?
Los ojos de los trillizos se iluminaron al instante, y las quejas quedaron olvidadas.
—¡Yo quiero batir! —gritó Olivia, levantando la mano.
—¡Yo puedo hacer la base! —añadió Emma emocionada.
—Y yo pruebo si está bueno —dijo James, ganándose una mirada divertida de la nana.
Grace suspiró de alivio y le dedicó una mirada llena de gratitud a la nana, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias por salvarme… otra vez.
Cuando salió, Lucien ya estaba esperándola apoyado casualmente contra su auto. Llevaba unos jeans oscuros, una camiseta negra que se moldeaba a su cuerpo, y una chaqueta de cuero que parecía hecha para él. Grace lo miró de arriba abajo, intentando no sonreír demasiado.
—Mmm… ¿siempre te ves tan apetecible, o es que hoy estás intentando distraerme? —bromeó, acercándose para darle un beso rápido en los labios.
Lucien arqueó una ceja y le sonrió con esa expresión encantadora que tanto le gustaba.
—Si quieres, podemos detenernos en un hotel antes de comprar el regalo…
Ella puso una mano en su pecho, fingiendo indignación.
—¡Lucien, qué descarado! Eres un completo pervertido.
Él se rió y la atrapó por la cintura, acercándola de nuevo.
—Con mi futura esposa, soy todo lo que ella quiera que sea.
Grace le guiñó un ojo y, soltándose de sus brazos, caminó hacia el garaje.
—Hoy quiero estrenar mi auto —dijo, mientras sacaba las llaves de un flamante Aston Martin negro.
Lucien silbó, claramente impresionado.
—Vaya, ¿un regalo de papá?

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