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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 129

C129- YO PUEDO EXPLICARLO.

La pequeña cafetería estaba tranquila, Lucien y Adeline estaban sentados frente a frente, cada uno con una taza humeante entre las manos. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto, pero, sorprendentemente, la conversación fluía con naturalidad, como si los años no hubieran erosionado la conexión que alguna vez compartieron.

—¿Y cómo está Zoe? Siempre me acuerdo de ella. —preguntó Lucien dándole un sorbo al café.

Adeline sonrió cálidamente, sus dedos acariciando la taza.

—Zoe está bien, creciendo demasiado rápido. Y aunque no lo creas, siempre habla de ti. Para ella, sigues siendo "su papi Lucien".

Él levantó una ceja, sorprendido y conmovido.

—¿De verdad? —Su voz sonó más suave—. No sabía que aún me recordaba así.

Adeline asintió, con una sonrisa nostálgica.

—¿Cómo no iba a hacerlo? Tú fuiste como un padre para ella, Lucien. Todavía guarda algunos de los cuentos que inventabas para dormirla. A veces, cuando tiene miedo, me dice: "Lucien me enseñó que los monstruos no son tan grandes si los enfrentas".

Lucien dejó la taza en la mesa y su mirada perdió un momento en el recuerdo de una niña pequeña aferrada a él, con esos ojos llenos de confianza.

—Zoe… siempre tendrá un lugar especial en mi corazón. Y siempre desearé lo mejor para ella. Si alguna vez me necesita, quiero que sepa que aquí estaré, sin importar qué pase.

Adeline lo observó con ternura, reconociendo el peso de sus palabras.

—Se lo diré. Aunque estoy segura de que lo sabe. Siempre habla de lo que aprendió de ti, Lucien. La marcaste, y para bien.

Él sonrió con un toque de melancolía antes de cambiar de tema.

—¿Y tú? ¿Cómo te va con Giovanni? ¿Cómo está tu matrimonio?

Adeline dejó escapar una risa ligera, como si la pregunta le trajera un recuerdo dulce.

—Soy feliz, Lucien. Giovanni es el hombre de mi vida. Me cuida, me respeta y me hace reír todos los días. No puedo pedir más.

—Me alegra tanto oír eso, Adeline. —Lucien sonrió genuinamente, inclinándose hacia atrás en su silla—. De verdad. Te mereces toda la felicidad del mundo.

Ella lo miró con curiosidad, ladeando su cabeza ligeramente.

—¿Y tú? ¿Qué tal estás? ¿Cómo va tu vida?

Lucien tomó otro sorbo de su café, como si buscara tiempo para encontrar las palabras adecuadas. Finalmente, levantó la mirada hacia ella, sus ojos estaban llenos de sinceridad.

—Antes de responder eso, quiero decirte algo. Quiero pedirte perdón, Adeline. Por cómo manejé las cosas en el pasado. Por cómo te usé… No debí hacerlo, y lo lamento de verdad.

Adeline lo observó en silencio y después de un momento, su expresión se suavizó, y una sonrisa serena apareció en sus labios.

—Eso quedó en el pasado, Lucien. Todos cometemos errores, y yo también aprendí de aquello. Lo importante es que ambos seguimos adelante. Espero que seas feliz ahora, porque eso es lo que importa.

—Lo soy. —Lucien sonrió, claramente aliviado por su respuesta—. Soy muy feliz.

Ella levantó una ceja, divertida.

—Tengo tres hijos maravillosos. Son mi orgullo y alegría. Y estoy a punto de casarme con su madre, Grace. Ella es la mujer más increíble que he conocido… me cambió la vida. Me enseñó lo que es el amor verdadero, lo que significa ser un hombre de verdad.

Adeline lo miró conmovida.

—Me alegra tanto escucharlo, Lucien. De verdad. Se nota en tus ojos que estás enamorado.

Lucien sacó una pequeña caja de su abrigo y la colocó sobre la mesa. La abrió lentamente, revelando un anillo de compromiso brillante, y empujó la caja hacia ella.

—¿Qué opinas? Necesito una opinión femenina. ¿Crees que le gustará?

Adeline tomó la caja y examinó el anillo con cuidado.

—Es un anillo precioso, le encantará. Pero más allá de eso, estoy segura de que ella estará feliz de casarse contigo. No por el anillo, sino por el hombre que eres.

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