C119- UN OSO Y SEGUNDAS OPORTUNIDADES.
Desde aquel día, todo cambió entre Lucien y Grace. Ella solo le hablaba cuando era estrictamente necesario, con un tono frío y distante que lo hacía sentir como un extraño en su propia vida. Cada vez que sus ojos se cruzaban, él podía ver la barrera que había levantado. Lo había arruinado, y lo sabía.
Sentado en su oficina, Lucien pasó los dedos por su cabello, frustrado. No podía concentrarse. Sus pensamientos giraban siempre alrededor de ella, de lo que había perdido. Había sido un idiota, lo sabía. Había dejado que sus inseguridades se apoderaran de él, viendo amenazas donde tal vez no las había. ¿Pero cómo no hacerlo? Solo la idea de que alguien más pudiera acercarse a Grace lo volvía loco. Ella era la única persona capaz de desarmarlo, y su miedo a perderla había convertido ese amor en algo tóxico. Grace tenía todo el derecho de estar enojada.
El timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos. Contestó sin ganas:
—¿Sí?
Del otro lado, su secretario suspiró, mirando con resignación la enorme estantería de peluches en la tienda.
—Señor, ¿está seguro de que quiere un oso? Quizás unas flores serían mejor.
Lucien se enderezó en su silla y respondió con firmeza:
—No, las flores son demasiado cliché. Quiero el oso. Y asegúrate de que diga exactamente lo que pedí.
El secretario tragó saliva, preguntándose por qué no buscaba un trabajo menos estresante. Después de todo, ¿quién en su sano juicio pedía un oso de peluche que dijera: "Lo siento, soy un idiota"? Pero, aun así, respondió con profesionalismo:
—Está bien, señor. Le avisaré cuando sea enviado.
Lucien ni siquiera se molestó en dar las gracias; simplemente colgó.
Durante toda la semana había estado pensando en cómo disculparse. No era el tipo de hombre que hacía esto, y mucho menos con un peluche. Pero estaba desesperado. Enviar el oso sería un inicio... y, con suerte, el oso no regresaría sin cabeza. Después de eso, podría buscar a Grace y hablar con ella cara a cara.
Una pequeña sonrisa se formó en sus labios ante lo absurdo de la situación. Él, Lucien, un hombre acostumbrado a manejar negociaciones complicadas y enfrentarse a situaciones límite, estaba nervioso por el perdón de una mujer. Pero no era cualquier mujer; era Grace. Su Grace. Su amor.
Y así, el peluche del perdón fue enviado esa tarde a casa de Grace.
La sala de la casa Blackwell estaba en completo silencio, salvo por el sonido de las hojas que Grace pasaba entre sus dedos. Los documentos frente a ella contenían toda la información que necesitaba para la próxima reunión, una que había conseguido después de horas de conversaciones con el presidente de la empresa. Después del desastre con el inversor, había decidido que no podía rendirse. Su trabajo y su reputación estaban en juego, y aunque el incidente con Lucien había complicado las cosas, todavía había una oportunidad de salvar el proyecto.
El presidente de la empresa, un hombre con visión y, afortunadamente, buen juicio, le había ofrecido una nueva reunión, esta vez en la sede principal en Grecia. Grace había aceptado sin dudarlo, aunque aún no le había comunicado nada a Lucien. No estaba segura de cómo reaccionaría, pero sabía que esta vez las cosas debían hacerse de manera diferente.
Dejó escapar un suspiro mientras se recargaba en el respaldo de la silla. Su mirada se perdió en el techo mientras su mente regresaba al momento en que todo se había salido de control. Sabía perfectamente que el inversor había cruzado la línea con sus comentarios y su actitud. Lo había sentido desde el principio, pero había decidido soportarlo, mantener la compostura y seguir adelante por el bien de la negociación. Sin embargo, lo que realmente la había enfurecido de Lucien no era que interviniera, sino que pareciera pensar que ella podría siquiera considerar prestarle atención a los avances de un hombre como ese.
«¿Es que no confía en mí?», pensó, apretando los labios.
Pero, mientras más lo analizaba, más se daba cuenta de que su enojo había sido una reacción instintiva. En el fondo, sabía que Lucien no había actuado por desconfianza en ella, sino por temor a perderla. Y aunque no se lo había dicho, nunca había hablado en serio cuando mencionó reconsiderar la boda.
Ella quería casarse con él.
Siempre lo había querido, incluso cuando él la sacaba de quicio.
Un suave toque en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Señorita —dijo Leonora, una de las empleadas—. Hay un regalo para usted.
Grace parpadeó, sorprendida.
—¿Un regalo? —Dejó los documentos sobre la mesa y se puso de pie—. ¿De quién?
Leonora se encogió de hombros.
—No lo sé, solo dijeron que era para usted. Está en la entrada.
Intrigada, Grace caminó hacia la puerta principal, y lo que vio la dejó sin palabras. Frente a ella, un enorme oso de peluche, casi de su tamaño, la esperaba con los brazos abiertos. Sus ojos se abrieron como platos, y una sonrisa involuntaria curvó sus labios.
—¿Y esto? —preguntó, acercándose al peluche con una mezcla de asombro y diversión.
El repartidor, que estaba esperando con una libreta en la mano, le tendió una tarjeta.
—Debe firmar aquí, señorita.
Grace tomó la tarjeta, firmó rápidamente y luego, con cierta dificultad, cargó el enorme oso en sus brazos. Era suave, esponjoso y absolutamente adorable. Sus ojos brillaban mientras lo miraba de cerca.
—Ay, qué bello... —murmuró, acariciando la suave tela del peluche. Su corazón latía con fuerza, porque ya sabía, en el fondo, quién había enviado semejante regalo.
Con una mezcla de curiosidad y emoción, abrió la tarjeta. La letra de Lucien era inconfundible, y el mensaje que había escrito la hizo sonreír aún más:
"Grace,
Lamento no haber confiado en ti como debía. Sé que puedo ser un idiota (y probablemente lo soy más de lo que debería), pero, por favor, no dejes que mi torpeza arruine lo que tenemos. Te amo más de lo que soy capaz de expresar, y no quiero perderte.

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