C118- LA PROPUESTA DEL INVERSOR.
Lucien había invitado a Grace a salir un par de veces desde aquella noche en el campamento. Eran citas pequeñas, discretas, pero que los iban acercando más y más. Sin embargo, Grace todavía no terminaba de darle el “sí”. Y aunque Lucien había dicho que podía ser paciente, una cosa era decirlo y otra muy distinta era hacerlo.
Aquella mañana, ambos tenían una reunión con un inversor importante. Grace, como representante de Alexander, trabajaría codo a codo con Lucien. Por eso él la esperaba en el vestíbulo, revisaba su reloj por décima vez, cuando un elegante auto negro se detuvo en la entrada.
Un guardaespaldas con un porte imponente salió primero, abriendo la puerta del coche con movimientos firmes. Era un hombre alto, musculoso y con una expresión seria, de esas que intimidan al instante. Pero cuando Grace salió del auto, la seriedad del hombre flaqueó.
Ella estaba deslumbrante. Llevaba un vestido rojo ceñido que le llegaba justo por encima de las rodillas, con un corte que destacaba su figura, pero sin perder elegancia. Sus tacones resonaron en el suelo y su cabello suelto caía en ondas perfectas.
Lucien no pudo apartar los ojos de ella… ni del guardaespaldas. Para su gusto, la mirada del hombre hacia Grace era más admirativa de lo que debería ser. Luego lo vio sonreírle cuando ella le dijo algo, y fue la gota que colmó el vaso.
—Ah, no, musculoso. Encuéntrate la tuya —murmuró antes de ir hacia ellos.
Se aclaró la garganta justo al llegar, obligando a ambos a mirarlo. Y Grace se giró sorprendida.
—Buenos días, querida —dijo Lucien, bajando un poco la voz y rodeándola por la cintura de manera posesiva. Luego miró al guardaespaldas y, con una sonrisa que no era del todo amable, añadió—: ¿Quién diría que mi prometida iba a necesitar tanta escolta?
Grace abrió los ojos como platos y miró al guardaespaldas, claramente avergonzada.
—¿Lucien? ¿Qué estás haciendo? —le preguntó entre dientes.
Pero él no respondió. En cambio, sus ojos seguían fijos en el guardaespaldas y, para colmo, le palmeó el hombro con fuerza.
—Ya puedes irte, grandulón. Yo me encargo de escoltarla desde aquí.
El hombre lo observó con una expresión estoica, como si estuviera calculando si debería o no hacerle caso. Finalmente, dirigió su mirada hacia Grace, buscando su aprobación.
Ella suspiró, resignada.
En realidad, no quería un guardaespaldas, pero su padre insistió en que lo necesitaba ahora que todo el mundo sabía que era su hija.
—Gracias, Milon. Voy a estar bien —dijo con una leve sonrisa.
El hombre asintió con la cabeza y se retiró. Pero apenas estuvieron solos, Grace se giró hacia Lucien con una mirada de reproche.
—¿Qué fue eso?
Lucien, lejos de sentirse intimidado, le dio una de esas sonrisas que hacían que su estómago revoloteara.
—Solo estaba cuidando lo que es mío. Ese grandulón te miraba demasiado bonito para mi gusto.
Grace puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, aunque sus mejillas tenían un leve rubor.
—No estamos en la selva, ¿sabes?
Lucien dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre los dos, y le rodeó la cintura con una mano. Su voz bajó, volviéndose más grave y coqueta.
—Esta empresa es mi selva y yo soy el único que tiene derecho a devorar a la presa más hermosa.
El corazón de Grace dio un vuelco por la cercanía. Lucien bajó la cabeza, como si fuera a besarla, y sus labios casi se rozaron. Pero antes de que lo hiciera, ella habló.
—¿Ya llegó el inversor?
Él se detuvo, mirándola fijamente, y luego sonrió con un destello de diversión en los ojos.
—Sí, cariño. Nos está esperando.
Grace se apartó suavemente, sonriéndole antes de caminar hacia el ascensor.
—Bueno, entonces debemos darnos prisa.
Lucien la observó mientras se alejaba, sin molestarse en ocultar su descarada mirada. Luego dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza. Una vez más, Grace lo dejaba con las ganas, pero eso no lo desanimaba. Si algo le quedaba claro, era que, cuando por fin estuviera en sus brazos, no pensaba soltarla tan fácilmente.
Cuando llegaron a la sala de juntas, el representante de la empresa inversora ya estaba allí. Al verlos entrar, el hombre se puso de pie de inmediato, y sus ojos brillaron al posarse en Grace.
—Señorita Blackwell, es un honor conocerla —dijo con una sonrisa demasiado amplia, extendiendo su mano.
Grace avanzó con profesionalismo y le estrechó la mano, pero el apretón del hombre duró un segundo más de lo necesario. Su galantería no pasó desapercibida, especialmente para Lucien, que observaba cada movimiento con el ceño fruncido.
—Es usted incluso más encantadora en persona de lo que había imaginado —añadió el hombre, inclinándose levemente hacia ella.
Lucien no pudo soportarlo más y dio un paso adelante, colocando deliberadamente una mano en la parte baja de la espalda de Grace.
—Permítame presentarla apropiadamente —dijo con voz firme, mirando directamente al inversor—. Grace es la hija de Alexander, nuestro socio mayoritario.
El hombre levantó las cejas, sorprendido, pero no dejó de sonreír.
—Ah, claro, claro. Todo un placer, señorita Grace.
Tomaron asiento, y Lucien inició la reunión desplegando documentos y explicando las proyecciones financieras de la inversión.
—Como puede ver, nuestra propuesta asegura un retorno del 15% anual, además de posicionar a su empresa en un mercado más amplio. Este acuerdo es beneficioso para ambas partes —explicó.

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