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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 117

C117- CAMPAMENTO.

Después de la reunión de accionistas, Grace tomó una decisión que le pesaba en el corazón pero que sabía era necesaria. Abandonó la mansión Stanton, y varios empleados se reunieron para despedirla. La señora Hargrove no podía dejar de llorar, aferrándose a los trillizos.

Lucien, por su parte, sintió un nudo en el estómago al ver a sus hijos partir; era la primera vez que se separaba de ellos. Sin embargo, los trillizos estaban llenos de emoción y curiosidad. La idea de vivir en la casa de su abuelo, un duque nada menos, les parecía una aventura.

Cuando el auto se detuvo frente a la enorme propiedad, Emma y James fueron los primeros en bajar, llenos de entusiasmo.

—¡Woooaa! ¡Qué casa tan grande! —exclamó James, mirando las enormes ventanas.

—Sí, parece de cuentos de hadas —añadió Emma con los ojos brillando.

El chiquillo la miró con las manos en las caderas, como si fuera un pequeño adulto.

—No seas tonta, Emma. ¡Estas son mejores! Mira ese jardín, es tres veces el de papá.

—¡Y esa fuente! Es rara... aunque no me gusta, esa mujer no usa ropa —dijo Emma, señalando la estatua de mármol en el centro del jardín.

De repente, la puerta principal de la casa se abrió. Alexander apareció acompañado de Mateo. Sus ojos brillaron al ver a los pequeños, y una sonrisa cálida iluminó su rostro. Olivia, que sostenía la mano de Grace, lo miró con curiosidad.

—¿Ese es nuestro abuelito, mami? —preguntó apretando más fuerte la mano de su madre.

Grace tragó saliva, sintiendo una mezcla de nervios y emoción que le llenaba el pecho.

—Sí, mi amor... él es tu abuelo.

Mientras Alexander y Mateo se acercaban, una emoción indescriptible se apoderó de Grace, era como si por fin estuviera en el lugar al que siempre había pertenecido. Alexander se detuvo frente a ellos y miró a los niños con una ternura que parecía envolverlos.

—Así que ustedes son mis nietos —dijo con una voz amable y profunda—. He esperado mucho para conocerlos.

Los trillizos lo miraron con curiosidad, pero sus sonrisas empezaron a asomarse al ver la calidez en sus ojos. Luego, Alexander levantó la vista hacia Grace, su sonrisa se volvió paternal.

—Pensé que cambiarías de opinión.

Ella negó con la cabeza, tratando de mantener la calma.

—No... te dije que te daría la oportunidad. Bueno... aquí estoy.

Alexander sonrió, y de repente Mateo, aplaudió emocionado.

—¡Bueno! ¿Quién quiere un poco de chocolate? —preguntó mirando a los niños—. El tío Mateo pidió que prepararan un delicioso pudding con chocolate, ¡y es solo para mis lindos sobrinos!

Los trillizos saltaron y gritaron emocionados.

—¡Sí, sí! ¡Tenemos el mejor tío del mundo! —gritó James, mientras Emma y Olivia aplaudían.

Todos no pudieron evitar reír al verlos tan felices. Mateo se inclinó hacia ellos con una sonrisa traviesa.

—Bueno, entonces vengan conmigo, porque les confieso que yo también amo el chocolate. ¡Pero cuidado! ¡El que llegue de último se queda sin nada!

Los niños salieron corriendo como un torbellino hacia la gran casa, mientras la nana de Grace los seguía apresurada.

—¡Esperen, niños! ¡No tan rápido! ¡No coman en exceso o les dolerá la panza! —les advirtió, moviendo las manos.

Grace y Alexander se quedaron atrás, observando a los trillizos con una sonrisa en los labios.

—Son hermosos —dijo Alexander.

—Sí, pero te volverán loco. Creo que tienen el doble de energía de los niños comunes.

Alexander suspiró, pero su sonrisa no desapareció.

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