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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 116

C116- CONFÍA EN MÍ.

Aaron se detuvo frente a la imponente puerta de madera tallada. Apenas levantó la mano para tocar el timbre, esta se abrió automáticamente, revelando un pasillo iluminado por candelabros de cristal que colgaban como joyas del techo. Su corazón latía con fuerza, pero no era momento de vacilar. Respiró hondo y cruzó el umbral, decidido a encontrar respuestas.

El camino de piedras lo guió a través de un jardín perfectamente cuidado, con rosales en flor y fuentes de mármol que murmuraban suavemente. La mansión, majestuosa y de ensueño, parecía sacada de un cuento de hadas francés. Todo en ella gritaba poder, dinero y exclusividad, pero también lo hacía sentir fuera de lugar.

¿Qué hacía Lucy allí? ¿Quién era el dueño de ese lugar?

Al llegar a la entrada principal, un hombre mayor, impecable en un traje negro y guantes blancos, lo esperaba con una postura rígida y casi intimidante.

—¿Señor Anderson? —preguntó con voz grave.

Aaron asintió, tragando saliva.

—Por aquí, por favor —indicó el hombre, girándose con precisión militar para guiarlo.

Aaron lo siguió a través de un recibidor que parecía más un museo que una casa, hasta llegar a una gran sala. De repente, una voz familiar rompió el silencio:

—¿Aaron?

Se giró rápidamente y allí estaba ella.

—¡Lucía! —exclamó, corriendo hacia ella sin pensarlo.

Lucy apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Aaron la envolviera en un abrazo fuerte, casi desesperado. Hundió el rostro en su cabello, dejando besos llenos de ternura.

—Gracias a Dios estás bien —susurró, apretándola contra él—. Tuve tanto miedo, Lucy, miedo de que te sucediera algo.

Ella cerró los ojos y correspondió al abrazo, sus manos temblaban mientras se aferraba a él.

—Estoy aquí, Aaron. Estoy bien —murmuró, aunque su voz llevaba un tinte de tristeza que no pasó desapercibido.

Aaron la apartó un poco, lo justo para sostener su rostro entre sus manos. Sus ojos, llenos de preocupación, buscaban respuestas en los de ella.

—¿Qué está pasando, hermana? Dime, ¿qué sucede?

Antes de que Lucy pudiera responder, una voz fría y controlada interrumpió desde las escaleras.

—Veo que nuestro huésped ha llegado.

Aaron giró hacia la fuente de la voz. Un hombre descendía lentamente, su porte altivo y su expresión seria, casi arrogante.

—Diría que es un gusto tenerte aquí, pero... ya ves, no he tratado mucho con los Stanton —dijo el hombre con una sonrisa carente de calidez.

Aaron, instintivamente, tomó la mano de su hermana con fuerza, protegiéndola como siempre lo había hecho. Sus ojos nunca se apartaron del hombre.

—Lucy... ¿quién es él?

El hombre esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y, al llegar al último escalón, se acercó hasta quedar a un paso de Aaron. Extendió la mano con una confianza desbordante.

—Eros Dervishi —se presentó con voz firme.

La sorpresa de Aaron fue instantánea. Su mirada alternaba entre Eros y Lucía, buscando desesperadamente respuestas.

—¿El cuñado de tu hermana? —añadió Eros, disfrutando visiblemente de la confusión que acababa de sembrar.

Aaron necesitó varios segundos para procesar lo que acababa de escuchar. Su mandíbula se tensó y su mirada se clavó en Lucía, esperando una explicación.

—Te lo voy a explicar todo, ¿de acuerdo? —dijo ella, tratando de calmarlo.

Eros dejó escapar una breve risa antes de suspirar con exagerada paciencia.

—Bueno, si va a haber charla familiar... será mejor que nos pongamos cómodos.

MOMENTOS DESPUÉS

—¡¿Te volviste loca?! —Aaron se levantó de golpe. Su hermana, su dulce y frágil Lucy, acababa de confesarle algo que lo dejó helado. Era como si no pudiera reconocerla.

Lucy permanecía sentada, sus manos temblorosas descansaban sobre su regazo mientras intentaba mantener la compostura. Lo había dicho. Finalmente lo había dicho.

—No, Aaron, no estoy loca —respondió, mirándolo directamente—. Es lo que debo hacer. Es la única manera de salir de ese horrendo matrimonio.

Aaron negó con la cabeza, dando un paso hacia ella, como si con su proximidad pudiera hacerla entrar en razón.

—No, no es la única salida. Puedes...

—¿Divorciarse? —interrumpió Eros desde su lugar, con una sonrisa burlona—. Vamos, hombre... ¿Crees que tipos como nosotros aceptamos un divorcio? Puedo asegurarte de que mi hermano la prefiere enterrada antes que verla con otro.

Aaron apretó la mandíbula y se giró hacia él, pero antes de que pudiera decir algo, Eros continuó, esta vez con un tono más oscuro.

—Además, no sabes la otra parte.

El aire se volvió más pesado en la sala. Lucy bajó la mirada, su rostro se tornó rojo de vergüenza y sus dedos se aferraron con fuerza al borde de su blusa. Aaron alternó la mirada entre ella y Eros, su confusión creciendo con cada segundo.

—¿Qué está pasando?

Lucy tragó saliva, su corazón latiendo a toda velocidad. No quería que Aaron lo supiera. Temía su reacción, pero también el simple hecho de decirlo en voz alta la hacía revivirlo, y eso dolía más de lo que podía soportar.

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