C115- ¿QUIERES COMPARTIR LA CAMA CON TU CUÑADO?
Lucy dejó el teléfono sobre la mesa, pero su mano temblaba ligeramente. Sentía un peso en el pecho, como si cada decisión que tomaba la hundiera más en un terreno que no podía controlar. Cuando se giró, los ojos de Eros ya estaban sobre ella, esos ojos grises que parecían leer cada uno de sus secretos.
—¿Le enviaste el mensaje? —preguntó él, acercándose con pasos firmes, casi felinos.
Lucy asintió.
El calor subió a su rostro, aunque no estaba segura de si era por el nerviosismo o porque su presencia llenaba la habitación de una forma que la hacía sentir vulnerable.
—Sí, lo hice.
Eros se detuvo a un paso de ella, inclinando ligeramente la cabeza mientras sus ojos la estudiaban.
—No veo por qué tenías que comunicarle nada. Dijiste que tu familia no te ayudaría.
La proximidad hizo que Lucy sintiera su perfume, una mezcla sutil de madera y especias, y ese simple detalle desestabilizó su concentración. Se obligó a enfocarse en las palabras, no en la manera en que él la hacía sentir.
—Aaron es diferente —contestó—. Él se preocupa por mí. Estoy segura de que mamá ya tuvo que haberle dicho que... que Ezra me está buscando. Lo mejor será hablar con él y tranquilizarlo.
Eros asintió, pero no parecía convencido. Sus ojos se suavizaron solo un momento antes de que su mano se alzara hacia la mejilla de Lucy. La tocó con una ternura que desarmaba, y por un segundo, ella se permitió respirar. Pero entonces, su cuerpo reaccionó de forma involuntaria, tensándose por el reflejo del miedo. Eros lo notó, y una sombra oscura cruzó su rostro.
Ezra.
El nombre de su hermano resonó en su mente como una maldición. ¿Cuántas veces la había lastimado? ¿Cuántas veces le había robado a Lucy la oportunidad de sentirse segura? La furia creció en su interior, una ira fría que lo hacía querer enfrentar a su hermano y terminar de una vez por todas con su miserable existencia. Pero ahora no era el momento.
—Entonces... —dijo Lucy, rompiendo el silencio con una voz más temblorosa de lo que le habría gustado—, aún no me has explicado cómo es eso de fingir ser tu esposa. ¿Y por qué?
La pregunta lo sacó de sus pensamientos. Retiró la mano y se giró hacia su escritorio, acomodándose como si ese simple movimiento le devolviera el control.
—Supongo que podemos hablar sin tapujos, ¿no? Ya sabes cómo funciona este negocio.
Lucy asintió, aunque por dentro el miedo y la confusión luchaban con algo más. Algo que no quería admitir. Porque cada vez que estaba cerca de él, había un tirón en su pecho que no sabía cómo controlar. No era solo miedo; era atracción. Y eso la avergonzaba profundamente. Él era su cuñado, después de todo.
—Hay una sociedad secreta —dijo Eros, encendiendo un puro con movimientos lentos y precisos—. Solo los más poderosos están ahí, los que controlan todo. Pero hay una regla: cada miembro debe estar casado.
Levantó la vista hacia ella justo en el momento en que soltaba el humo.
—Y bueno... mi hermano te consiguió antes.
Lucy frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que ya me conocías?
Eros exhaló una risa baja, cargada de ironía.
—Solo de foto, chérie. ¿Crees que no sabía de los movimientos de mi hermano? No soy idiota. Él se encargó de restregármelo en la cara, su “poderosa” alianza con los Stanton.
Ella cruzó los brazos, intentando protegerse de la incomodidad que la invadía. Pero incluso ese gesto no la protegía de la intensidad de Eros.
—Aunque, sinceramente, los ingleses me parecen pomposos y absurdos —añadió él con una sonrisa ladeada.

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