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LOS TRILLIZOS DEL MAGNATE: ¡mi niñera es mi mami! romance Capítulo 102

C102- SOY SU ESPOSA.

EN OTRA PARTE DE CHICAGO.

Kate despertó con la luz de la mañana colándose a través de las gruesas cortinas que cubrían la habitación. Se incorporó lentamente en la cama, dejando que sus ojos recorrieran el lugar. Al pie de la cama, su ropa estaba cuidadosamente doblada, y en el baño contiguo, los artículos de tocador nuevos estaban dispuestos con una precisión casi obsesiva.

"¿Cuánto tiempo llevó a Aaron planear todo esto?", se preguntó mientras se lavaba el rostro, tratando de ordenar sus pensamientos.

Con pasos cuidadosos, salió al pasillo. El departamento era un intrincado laberinto decorado con arte moderno. En su exploración, se topó con Tilda, el ama de llaves: una mujer mayor de mirada penetrante que, a pesar de su semblante severo, le dedicó una cálida sonrisa.

—Buenos días, señora. ¿Quiere desayunar ahora o prefiere más tarde? —preguntó Tilda con amabilidad.

Kate abrió la boca para responder, pero las palabras parecían no salir, sintiéndose un poco fuera de lugar.

—Yo…

Tilda, sin esperar más, la guió hacia el comedor.

—Debe tener hambre. Espere aquí, le traeré algo delicioso.

Poco después, Tilda regresó con un desayuno digno de un banquete: frutas frescas, croissants perfectamente dorados y café servido en porcelana fina.

—G-gracias… —murmuró Kate, esbozando una tímida sonrisa mientras tomaba un sorbo de café para disimular el rubor en sus mejillas.

Sin embargo, su mente no podía dejar de divagar. ¿Dónde estaba Aaron? Estaba a punto de preguntar cuando Tilda rompió el silencio con una observación inesperada.

—Mi niño Aaron no suele traer a nadie aquí, ¿sabe? Usted es la primera mujer —comentó mientras limpiaba una copa con parsimonia.

Kate levantó la mirada, tratando de descifrar el tono de Tilda. ¿Era un comentario casual o una advertencia velada? Fuera lo que fuera, no hizo más que aumentar su incomodidad.

De pronto, Aaron apareció. Impecablemente vestido, había algo distante en su andar. Se acercó a la mesa, depositó un beso en la frente de Kate y tomó una fresa del platón antes de mirarla directamente.

—¿Dormiste bien? —preguntó con suavidad.

Kate tragó saliva y respiró hondo, intentando agradecerle por su hospitalidad, pero él no le dio mucho tiempo.

—Tengo que salir de viaje —anunció, acomodando un mechón de su cabello con gesto cariñoso—. Tilda se encargará de prepararte la comida y mantener el departamento en orden. No tienes que preocuparte por nada.

—¿De viaje? —repitió Kate, desconcertada.

—Sí, surgió algo importante. No sé cuándo regresaré.

Kate se quedó sin palabras. Hacía apenas unas horas, Aaron le había pedido que vivieran juntos, que formaran un matrimonio real, y ahora se marchaba de repente.

—Ey, volveré pronto —dijo Aaron, como si pudiera leer sus pensamientos. Su expresión parecía reflejar más de lo que decía—. Necesito encontrar a mi hermana, Kate.

Su tono se tornó serio.

—Algo no está bien con su matrimonio. Tengo que hablar con su esposo, quiero saber qué está pasando.

Kate frunció el ceño, pero al mismo tiempo sintió alivio. No estaba huyendo; estaba actuando como un hermano preocupado. Una cálida emoción inundó su pecho.

—Está bien —susurró con una sonrisa.

Aaron le devolvió la sonrisa y la acompañó con un beso. Fue un beso suave, lento, profundo, cargado de amor.

—No vayas a ningún lado, señora Anderson —dijo, delineando sus labios con los dedos—. Quiero que, cuando regrese, mi hermosa esposa esté aquí… esperándome.

Con esas palabras, desapareció por la puerta principal, dejando a Kate con el corazón latiendo a mil por hora y un enjambre de mariposas en el estómago.

Más tarde, mientras Kate estaba inmersa en una lectura, el timbre de la puerta la sacó de su concentración. Al abrir, se encontró cara a cara con una mujer rubia, cuyo cabello decolorado brillaba bajo la luz del pasillo. La recién llegada se quedó paralizada por un instante, claramente sorprendida de encontrar a Kate allí.

—¿Necesitas algo? —preguntó Kate con calma, rompiendo el silencio.

La rubia apretó los labios. Era Madison, la asistente de Aaron. Llevaba años sintiendo algo por él, desde aquella cena en la que lo conoció. Aunque siempre había mantenido las apariencias, sus sentimientos iban mucho más allá de lo profesional.

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